lunes, 24 de noviembre de 2014

Burladero Baudelaire (VII)

Capítulo V
Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I 

Pero había otra pregunta, aún más severa, que yo evitaba hacerme entregado en cuerpo y alma a aquellos voluptuosos aquelarres. ¿Cuál era el verdadero interés de des Saintes? ¿Por qué se había fijado en mí y me había abierto de par en par las puertas de sus paraísos artificiales? Desde luego mi posición social no le era indiferente, y no por mi fortuna, saneada, pero no demasiado briosa, sino como un honorable habitante del Primer Distrito, huérfano de un embajador plenipotenciario de Napoleón III. Pues ni guillotinas ni barricadas han podido jamás derribar los muros, más altos que tronos, que separan los barrios de París. Faustin sabía bien cómo barajar las cartas del tarot y no le faltaba ninguna figura de la baraja. Sin la indolente anuencia de algunos burgueses respetables, de algunos clérigos descarriados  y el brillo estrafalario de ciertos militarotes no podría apuntalar la telaraña que cada día hilaba con más precisión alrededor de aquel hervidero de artistas, de aquel enjambre de polillas ciegas que revoloteaban por salones, galerías y cabarets.

Quizá por una pura cuestión biográfica guardaba una especial predilección por los expatriados a quienes meticulosamente lograba rebautizar como perfectos parisinos, apoyándose para ello en su guardia de corps de pura sangre gala en la que yo me había integrado inopinadamente, inmerso en el exotismo oriental de nuestro BURLADERO. Así encajaban las piezas de es este puzzle diabólico, cuyas más brillantes adquisiciones últimas eran el andaluz Picasso y el semipolaco Apollinaire.

Estaba fascinado y obsesionado con Picasso a quien sabía destinado a los más altos y perversos objetivos, lo adoraba y lo temía. “Superará a Baudelaire”, me decía con devoción, “tendrá al mundo a sus pies”. Sin embargo ningún historiador del arte ha acertado jamás a explicar -aunque quizá esto también forma parte del triunfo de des Saintes- la verdadera raíz de la tauromaquia picassiana. Los cuernos del minotauro y los cuernos de la cabra, y toda esa explosión de llanto y sangre que siempre los acompañan, significan otra cosa, son el mejor souvenir, de aquellas kermeses heroicas.


“Tenemos que hacer algo, pinta demasiado bien”. Este fue el primer encargo que me hizo  des Saintes, asustado por los cuadros rosas y sentimentales de saltimbanquis y arlequines con los que Picasso estaba “perdiendo el tiempo”. Durante varias noches me apliqué a la tarea de componer una coreografía salvaje sobre el tableau con la ayuda de nuestras amiguitas. La genialidad de las máscaras africanas fue del propio Faustin. A mí aún me pueden ver en uno de los bocetos que se han conservado, yo soy el estudiante que sale por la izquierda, separando los telones de seda roja, con algo parecido a unos libros o una calavera. El resultado nos dio a todos un poco de miedo y el cuadro se escondió un tiempo. Yo desaparecí, por fortuna, de la versión final. Pero el objetivo se había conseguido. Para entretenernos empezamos a maquinar luego el robo de la Gioconda. A fin de cuentas el Louvre estaba al lado de casa, en el Primer Distrito de París.

[Continuará...]





lunes, 17 de noviembre de 2014

Let it be

“When I find myself in times of trouble,
 Mother Mary comes to me” 

Fueron tres años de éxitos,
tocábamos el cielo con las manos,
la multitud nos aclamaba
y llenábamos siempre.

Nuestra presentación en una boda
extendió nuestra fama:
nos llamaban de todas las ciudades
y no cabía un alfiler
ni en plazas, ni explanadas.

Hasta la playa se quedaba chica.

Nos tiraban de la ropa,
nos seguían los niños y los jóvenes.

Era cosa de locos.

No faltaron los críticos
ni el escándalo público,
pero poco importaba,
porque por fin habíamos alcanzado la gloria.

A veces discutíamos sobre tal o cual tema,
pero nunca temimos
que aquello se nos fuera de las manos.

Nuestro sonido era puro.

¿Y cómo acabó todo?

No estoy aún muy seguro:
antes de la gran noche
crecía la tensión
y la cosa se fue poniendo peligrosa,
alguien pidió dinero
y quiso abandonar el grupo.

Pasamos tres días horribles,
algunos escondidos,
otros de calabozo en calabozo.

El resto de la historia es conocida:
yo me enteré camino de Emaús.

martes, 11 de noviembre de 2014

"Platero y yo, el tiempo recobrado" en el Ateneo el viernes

Este viernes 14 de noviembre, a las 20.00h se presenta el libro de Rocío Fernández Berrocal"Platero y yo, el tiempo recobrado", un conjunto de ensayos sobre el Platero de JRJ, publicado por "La Isla de Siltolá". Será en la sala "Sales y Ferré" del Ateneo de Sevilla, en la calle Orfila. 





lunes, 3 de noviembre de 2014

Ébola

[Variación africana sobre "El Gigante Egoísta" de Oscar Wilde]

Habían declarado la capital libre del virus. Tras cinco años de desolación y otro año más de prudente cuarentena una gran conferencia internacional había escenificado el final de la plaga. Jefes de gobierno, ejecutivos de empresas farmacéuticas y una babel de gerifaltes de todas las oenegés del mundo habían posado ante los flashes del planeta. La efectividad de la vacuna era absoluta. Ahora era hora de coger el avión y de volver a casa. La carretera de tierra fangosa que conducía al aeropuerto era un hervidero atascado de coches viejos y carros tirados por animales casi prehistóricos. Una columna informe de mercancías salvajes, arrastradas por hombres y mujeres semidesnudos avanzaba por las cunetas. Había que armarse de paciencia. A uno y otro lado los palmerales se reflejaban sobre los humeantes tejados de zinc de las chabolas, aún mojados por la lluvia. El calor resultaba sofocante, pero con un poco de suerte en un par de horas, tres como mucho, estaría sobrevolando el Atlántico. Fin de la pesadilla. Para aplacar su impaciencia intentó consultar las cotizaciones, pero, como siempre, no había cobertura. Entonces lo vio. Aunque quizá viera antes el vacío. El espacio enorme alrededor del niño. No más de siete años. Avanzaba tambaleándose, con el vientre hinchado y el rostro consumido por la fiebre. Desde el coche oficial y a pesar de los cristales tintados podía incluso distinguir las indudables pústulas. Pobre, pensó, al tiempo que azuzaba al conductor para que aligerase el tránsito. Volvió a mirar. Ahora yacía en el suelo solo, exánime. Alrededor el gran vacío, la nada. Por un caso no habrá que preocuparse, se dijo. El zumbido de un mensaje lo atrajo mecánicamente otra vez a la pantalla. Sobre la negra y fría superficie, como una pieza de obsidiana, vio el reflejo impoluto del cuello de su camisa, la perfecta corbata con la que había abandonado la convención.  Cerró los ojos y sintió la sequedad en su garganta. Ahora tenía cinco años y una enfermera le ponía un termómetro, mientras su madre sonreía y, un poco más apartados, veía llorar a su padre y sus abuelos. Era extraño, nunca había recordado esos días que tanta angustia provocaron a los suyos y que, como una ola, volvían de repente remontando el tiempo tan llenos de amor. El coche apenas avanzaba, parado junto al gran vacío del niño que apenas pugnaba por alzarse del suelo. Entonces abrió la puerta de repente y salió en su busca. Nadie en el mundo sabía o podía saber mejor que él lo que aquel abrazo implicaba y, mientras acunaba al niño sobre su regazo aguardando la muerte, grandes flores blancas caían de las palmeras.




lunes, 27 de octubre de 2014

Última Navidad en la Mengstraße


                                           [Cfr. Buddenbrooks, Parte VIII, Cáp VIII]

Todos han muerto, pero están aquí,
como los dulces de mazapán
o la hilera de velas que arde en el salón.

Porque es el nuestro, sabemos el final,
aún así, honremos a Jesús.

Elisabeth tenía lacitos de satén,
y en los ojos de Gerda, rodeados de azul,
brillaban las hogueras rojas de Tristán.

Hija de Sión, regocíjate.

(Alguien lee en la Biblia familiar
el Evangelio de la consolación.)

Ahora que la nieve ha ungido la ciudad
con un manto de luz
cantemos reunidos otra vez
bajo el árbol sagrado de la Navidad.
Todos han muerto, pero están aquí,
también aquí el teatro de cartón
y las carpas regadas con los vinos del Rhin.

O Tannenbaum.

Este coro de sombras te está llamando a ti,
sube de lo profundo con una sola voz,
pregunta por la puerta que nadie puede abrir.

Porque es el nuestro, sabemos el final,
el vacío y la nada y la aniquilación.

O Tannenbaum.
O Tannenbaum.







miércoles, 22 de octubre de 2014

El jueves JRJ en la Casa de la Provincia


La Asociación Colegial de Escritores de España, sección autónoma de Andalucía, ACE-Andalucía, dentro de la Programación de Otoño 2014 "Espacios de pensamiento y literatura" en Sevilla, organiza la mesa redonda bajo el título: 

Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí: fuego y sentimiento. Compromiso y exilio. De la ética a la estética

Día 23 de octubre, jueves, 19h 30m, Casa de la Provincia, Plaza del Triunfo, 1. Sevilla

Con la participación de Rocío Fernández Berrocal, Ana Recio Mir, Manuel Ángel Vázquez Medel y Carlos Vaquerizo. Presenta y modera Pedro Luis Ibáñez Lérida. Organiza ACE-Andalucía. Entrada libre.


miércoles, 8 de octubre de 2014

Ciclo de conferencias sobre "Platero y yo" en el Ateneo de Sevilla

Mañana a las 20:00h en la Calle Orfila, en Sevilla.
Jueves, 9 de octubre
Rocío Fernández Berrocal
Platero y yo: "burro robado". Primeras ediciones.


Más información aquí:

http://www.ateneodesevilla.es/index.php/programacion-cultural-ateneo-sevilla/item/1334-ciclo-de-conferencias-sobre-platero-y-yo-coordinado-por-jose-vallecillo-lopez

lunes, 6 de octubre de 2014

Burladero Baudelaire (VI)

Capítulo V
Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I 

Como ya he adelantado había una pregunta que se cernía sobre la figura de des Saintes y que toda su corte de aduladores tratábamos de evitar en público para no ser víctimas de su desprecio o su ira. Una pregunta inquietante para la que ninguno de nosotros lograba una respuesta satisfactoria que, en caso de existir, resultaría no menos inquietante que la pregunta en sí: ¿cómo era posible que el hijo de un matarife de la campiña de Sevilla, prácticamente un analfabeto, sin más educación que la de su brutal ministerio de banderillero, pudiera ejercer tan amplia autoridad sobre la inteligencia francesa? ¿Y cómo era posible, además, que esta influencia se pudiera extender unas décadas atrás en el tiempo? Pues a menudo hablaba con familiaridad de escritores y artistas desaparecidos en días en los que él aún no habría podido ser más que un ambicioso y negligente becerrista por los resecos campos de España.

Porque desde su fantástico antro de de perdición se determinaban no solo las modas literarias y pictóricas, de las que apenas divisábamos la punta del iceberg en el pequeño barrio bohemio en las alturas de Montmartre, sino que también se dispensaban despachos y sinecuras, obispados y abadías.

Todo era oscuridad y tiniebla alrededor de des Saintes desde la tarde aciaga en que el toro lo apartó del mundano cogollito de París, donde ejercía de amante a tiempo parcial de las más frívolas y casquivanas hijas de la aristocracia exiliada o de la burguesía emergente, la misma que abarrotaba los teatros donde Sarah Bernhardt entornaba los ojos hasta el éxtasis romántico revestida de pedrería bizantina.

Había un indicio, sin embargo, un mínimo vestigio que enlazaba al gallardo Faustino con el lisiado Faustine: poco después de la tragedia, una joven modistilla del Barrio Latino, de nombre Marguerite, había aparecido muerta en el atrio de la iglesia de Saint Sulpice. Los noticieros especularon dos o tres semanas sobre el hecho y el nombre de des Saintes, con quien al parecer había convivido, volvió a sonar en los cafés y mercados de París. La Gendarmería no llegó a confirmar, como se rumoreaba, si la muchacha estaba embarazada o no, pero a todas luces parecía un caso claro de suicidio por despecho erótico y el juez no dio más relevancia a la nota que encontraron en sus manos, la transcripción del célebre poema XXVI de las Flores del Mal: “Sed non Satiata”[2]. El asunto, según costumbre, se deshizo en la espuma de los días y nada se volvió a saber por un tiempo largo de des Saintes.

Cuando mucho después supe de esa historia empecé a entender algunos fenómenos que hasta la fecha, si no había dado por naturales, los había atribuido al desorden verdoso de la absenta. Aunque aún estaba lejos de la verdad pues me cegaba la insaciable concupiscencia que el BURLADERO alimentaba cada día con su aparatosa puesta en escena: algunas veces, en algún momento en mitad de la fiesta se apagaban de repente las luces y una brisa fría cortaba la estancia. Dos o tres copas se rompían contra el suelo y un silencio helador, que contrastaba con la jauría de voces que un instante antes había aullado sin tasa, se adueñaba de todos nosotros. Solo una lúgubre vela iluminaba las cabezas de los toros que parecían alzar la testuz y mugir desde el fondo de los siglos. En el viejo tablado sonaba una guitarra y una voz invisible crecía cargada de cuchillos. No era de este mundo. ¿De dónde procedía aquel cactus erguido que hendía sus espinas contra la carne mortal y miserable como un veneno puro? ¿Y qué puerta se abría hacia qué círculo hondo allí donde una hoguera de fósforo y ceniza proclamaba la angustia y la heredad de la pena? Yo oía el llanto de los niños, yo veía pasar pequeños animales y serpientes de hielo, yo podía ver el espectro alucinado de Baudelaire, sus cabellos de fuego y de hachís, su faz desencajada, su llanto milenario.

Amanecía entonces y un rocío extraño nos mojaba, aparecíamos sentados en corro, bajo los árboles del bosque de Bolonia y un sol extraño hermano del azufre. Sentíamos vergüenza. Nos quitábamos los disfraces que arrojábamos al fuego casi extinto y en silencio nos marchábamos, cada cual por su camino y en silencio.

[Continuará...]




[2] Incluimos el soneto de Baudelaire y su traducción según la edición más arriba citada.

Sed non satiata

Bizarre déité, brune comme les nuits,
Au parfum mélangé de musc et de havane,
Oeuvre de quelque obi, le Faust de la savane,
Sorcière au flanc d'ébène, enfant des noirs minuits,

Je préfère au constance, à l'opium, au nuits,
L'élixir de ta bouche où l'amour se pavane;
Quand vers toi mes désirs partent en caravane,
Tes yeux sont la citerne où boivent mes ennuis.

Par ces deux grands yeux noirs, soupiraux de ton âme,
Ô démon sans pitié! verse-moi moins de flamme;
Je ne suis pas le Styx pour t'embrasser neuf fois,

Hélas! et je ne puis, Mégère libertine,
Pour briser ton courage et te mettre aux abois,
Dans l'enfer de ton lit devenir Proserpine!

Sed non satiata
Rara deidad, oscura cual la noche, de aroma
mezclada de tabaco y de almizcle, que un obi
haya creado, Fausto de la sabana, oh bruja
de ébano, criatura de negras mediasnoches,

al opio y al constance, y al nuits siempre prefiero,
el licor de tu boca donde el amor se jacta;
cuando a ti mis deseos en caravana parten
tus ojos son la acequia donde bebe mi hastío.

Por tus ojazos negros, troneras de tu alma,
¡demonio sin piedad!, viérteme menos fuego,
no soy, para abrazarte nueve veces, La Estigia,

ni, ¡qué lastima!, puedo, oh lasciva Megera,
si quiero someter tu ardor y acorralarte,
en tu lecho infernal hacerme Proserpina.





Burladero Baudelaire (V)

Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I 

Creo que estuve a punto de perder el juicio. Sumido en una lenta y vaporosa embriaguez me despertaba mucho después del mediodía, acuciado por el campanario de la Iglesia de Saint Germain  l'Auxerrois que atronaba en mi cabeza como si llamara cada tarde a una nueva noche de San Bartolomé. No comía y apenas soportaba ver mi rostro en el espejo. Inyectados en sangre por el humo y el vicio, me parecía advertir en mis ojos un incómodo reflejo verde en el que mi madre o los sirvientes de la casa hubieran podido escrutar hasta el último detalle de nuestras nocturnas bacanales como en el cinematógrafo de los Lumière. Abandoné las clases de leyes en la Sorbona y hasta la puesta de sol me dedicaba a leer los libros herméticos que Faustine des Saintes había prescrito como materia primordial de mi noviciado.

Pero ni el mesmerismo o la telequinesia, con cuyo poder controlaba mi mentor a sus dulces y dóciles pupilas (y sospecho que a mí mismo), excitaban tanto mi imaginación como la Poesía, a la que atribuía yo el imperio de mis aventuras galantes y de la que me convertí en delirante y vehemente adorador. Yo, que apenas había pasado de puntillas por Víctor Hugo y reducido mis lecturas adolescentes a las francachelas de los mosqueteros de Alejandro Dumas. Yo, que creía que ya lo conocía todo de las humanas pasiones por haber aprendido par coeur el Código Civil…

Una letanía saturnal de poetas malditos, a algunos de los cuales Faustine des Saintes se jactaba de haber conocido e incluso iniciado (¿pero era esto posible?), orbitaba alrededor de mi cerebro hasta que los últimos rayos de sol se posaban sobre las góticas vidrieras de Saint Germain y los frisos dorados de los almacenes de la Samaritaine, cuyas guirnaldas de flores esmaltadas preludiaban los carnívoros misterios del crepúsculo que, a esta hora y desde mi cuarto, hacía reverdecer un humoso horizonte de buhardillas de zinc.

Me marchaba sin despedirme de nadie por la escalera de servicio aunque mi voz bajaba retumbando:

Entre tant de beautés que partout on peut voir,
Je comprends bien, amis, que le désir balance;
Mais on voit scintillier en Lola de Valence
Le charme inattendu d’un bijou rose et noir.

Pues entre los poetas míos tenía Charles Baudelaire un altar[1].




[1] “Entra tantas bellezas que por doquier se ven, / comprendo bien, amigos, que vacile el deseo; más brillar puede verse en Lola de Valencia / la gracia inesperada de un joyel negro y rosa”.  Este poema fue excluido expresamente por Baudelaire de “Las flores del mal”, a nuestro juicio evidencia el gusto castizo e indelicado de nuestro héroe que habrá que atribuir, en cualquier caso, al pernicioso influjo del señor des Saintes. La traducción es de Luis Martínez de Merlo, según la Edición de Cátedra de 2009, al cuidado de Alain Verjat y del propio Martínez de Merlo. NOTA DEL EDITOR.








lunes, 29 de septiembre de 2014

Burladero Baudelaire (IV)

Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I 

-Bienvenido a mi guarida, ¿Monsieur…? ¿A qué debemos su visita?

Sobre un rostro duro y enjuto, curtido por el sol, cristalizaba un rictus histriónico y mordaz que medía mi silencio a cuenta gotas.

-¿No tienes nada que decir? ¿Prefieres que pregunte a tus dos lindas amiguitas?

Más mundano que elegante, tocado con un largo sombrero de ala ancha bajo el que se afilaba una mirada tabernaria y turbia, aquel insólito petimetre hacía pasar junto a mi cuello, muy despacio mientras me hablaba, la afilada punta de un estoque que cumplía para él las funciones de bastón.

Volví atrás la vista en busca de ayuda o compasión, pero solo alcancé a divisar el chispazo fugaz de dos risas libidinosas. Ante mí, y cada vez más cerca, brillaba la levita morada, festoneada por imposibles arabescos y entorchados de oro debajo de la que brillaba un chalequillo de radiante moaré. El conjunto ejercía en mí un efecto hipnótico que mitigaba, por algún inexplicable mecanismo de compensación, el terror que me desolaba. 

Cada vez más lejano, durante un segundo me pareció que el retrato de Baudelaire me impartía su bendición.

- Évêque et or.

-¿Cómo?-Logré apenas balbucir.

-Obispo y oro. Parece que el joven tiene buen gusto –añadió mientras se giraba en una pirueta para mostrarme las filigranas de su casaca de seda-  Me has caído bien. Te perdono la vida.

¿Obispo y oro? Yo no comprendía nada, pero tuve razones para respirar aliviado cuando, a una palmada suya se estremecieron los techos y aun juraría que las bóvedas de la colina, mientras los tubos de un órgano siniestro e invisible repetían de forma obstinada y a manera de fuga los compases iniciales de “El Toreador” de Bizet, al tiempo que un ejército de máscaras grotescas, ataviadas con los más exóticos disfraces salía en procesión de las oscuridades, precedidas de una pareja de gigantes flabelos hechos con plumas de pavo real.

Cuando cesó la música, y como si de una salva de cañones se tratara, una tras otra empezaron a abrirse no menos de un centenar de botellas de champán cuya espuma se derramaba por los senos colosales de las sacerdotisas egipcias y los vientres febriles de las bayaderas indias cuyo insaciable contoneo se prolongaría más allá del amanecer.


Fue así cómo caí en las garras de Faustin des Saintes, acaso el hombre más depravado de París: Faustino de todos los Santos, natural de Fuentes de Andalucía, banderillero de Frascuelo y enrolado en todas las cuadrillas que desde el inicio de la Exposición Universal y más tarde en la plaza del bosque de Bolonia, habían toreado a la orilla del Sena para delicia de los franceses y de la exiliada corte española de Isabel II, con cuyas damas de compañía había compartido más de un desliz, hasta que, según se decía, un toro de la Camarga lo había dejado impedido, sumiéndolo en el más doloroso y tenaz de los olvidos.

[¿Continuará...?]



domingo, 28 de septiembre de 2014

Sísmica sueca

La otra noche se desplomó un mueble en el salón. A la vista del estruendo y de los desperfectos ocasionados el seísmo debió de alcanzar una magnitud no inferior a 8,5 en la escala de Richter, pues fueron más que notables. Gracias a nuestra excursión veraniega a Portugal estábamos al tanto del protocolo de emergencias apropiado al caso y en consecuencia aplicamos la célebre máxima del Marqués de Pombal cuando el terremoto de Lisboa: “dar de comer a los vivos y enterrar a los muertos”. Como de lo segundo no había, nos aplicamos a lo primero y terminamos de darles la cena a las niñas. Una vez acostadas iniciamos las tareas de desescombro. Solo hay una cosa más difícil en este mundo que ensamblar un mueble del IKEA, desmontar un mueble de IKEA. Quiero decir: sin sucumbir al furor vikingo del desguace, pues dado lo alto de la hora resultaba del todo inapropiado echar mano del infalible martillo de Thor que todo español de bien guarda del salón en el ángulo oscuro de la caja de herramientas. Una vez logramos poner orden en aquel amasijo inestable de maderas que ponían en peligro la república independiente de nuestra casa, aún quedaba por delante la tarea faraónica de su evacuación. Quien alguna vez se haya admirado del inexplicable traslado de los bloques de piedra por los constructores de pirámides o la enigmática ubicación de los Moai en la Isla de Pascua, por no hablar de Machu Picchu o Stonehenge, es porque no me ha visto a mí, en la honda noche, acarreando monolitos de madera nórdica. Ellos tenían, además, toda la Historia para hacerlo, no como yo, que me tenía que levantar a las seis de la mañana. Durante la operación lamenté no haber jugado más al Tetris, principalmente en la fase del ascensor, y no haber ejercitado más la flexibilidad de mis extremidades, lo que me hubiera resultado muy útil para abrir la puerta de la calle sin soltar la carga, evitándome algunos bucles melancólicos más propios de un hámster. Finalmente opté por un procedimiento satisfactorio de ensayo y error, aunque, para ser honestos, no fuera este el orden de los términos. La del alba sería cuando pude poner punto final a la mudanza. Además de una escoliosis profunda y un lumbago pertinaz esta sin par aventura me ha dado la ocasión de revisar mis equivocadas opiniones sobre la doctrina filosófica del Eterno Retorno, pues  no en vano para aliviar los síntomas de mi maltrecho esqueleto me han prescrito una tabla diaria de gimnasia sueca.





martes, 2 de septiembre de 2014

Burladero Baudelaire (III)

Capítulo I 
Capítulo II

Una profusa carpintería rodeaba la estancia cuya similitud con un coso taurino yo solo podía inferir de algún grabado exótico y vagamente oriental exhumado en las cajones de los bouquinistas. Mis conocimientos sobre la tauromaquia no iban más allá de las fantasías románticas de Gautier y los crepusculares telones de “Carmen” en la Opéra Comique.

Renuncio en consecuencia a intentar explicar con detalle la sucesión de estructuras más o menos estables que componían las gradas y los palcos donde, a medida que la penumbra invadía mi espíritu, empecé a distinguir una secreta e intermitente asamblea de mujeres que agitaban pequeños abanicos sobre sus hombros desceñidos. Creo que fue entonces cuando perdí de vista a mis dos angelicales compañeras.

Yo aún estaba en la arena. En el centro, ante mí, una barra en forma de doble anillo desplegaba una selva de licores y frutas escarchadas, pero no atendía nadie por lo que yo mismo me serví una larga copa de Sauvignon que alcé a lo alto como en un brindis. Antes de que pudiera farfullar ningún deseo celestial o maligno me detuvo la mirada triste y envenenada de Charles Baudelaire.

Bajo una marquesina de cristal surcada por verdes serpientes de hierro colado, que se entrelazaban formando una especie de palio o de hornacina, la imagen del poeta presidía la plaza como un emperador romano, rodeado de grandes y lóbregos ramos de jacintos y girasoles junto a los cuales dos tenues faroles de gas empezaba a florecer. Era, a mayor escala, una reproducción pintada de los famosos y codiciados daguerrotipos de Nadar.

-Viens, mon beau chat, sur mon coeur amoureux.

Una voz cavernosa susurraba a mi espalda como un escalofrío, aunque apenas podía distinguir su reflejo sobre el azogue gastado del bar:

-Bienvenido a mi guarida, ¿Monsieur…? ¿A qué debemos su visita?


(*): Ven, mi hermoso gato, a mi corazón amoroso

¿Continuará?

domingo, 31 de agosto de 2014

Lección de Astronomía

La noche del sábado pasado nuestro amigo Luis Fernández nos llevó a ver las estrellas al Aljarafe, quede como recuerdo este poema de circunstancia, siendo la circunstancia que jamás podremos olvidar cómo vimos los anillos de Saturno.

Saturno, 23 de agosto
Lección de Astronomía

El telescopio
como una pipa de opio
que fumáramos por turnos
hendía el cielo nocturno
con ímpetu de trombón.

Las estrellas de neón
rugían desde el abismo
[-para abismo, el de uno mismo
como avisara Pascal-],
y bajo el cielo orbital
el eco de un cataclismo
refutaba el ateísmo:
tocan Dios y su big band,
fuera el mecanicismo.

No solo el swing del big bang
miramos por la mirilla:
el firmamento en Sevilla
tiene un color espacial.

El catastro de los astros
como astrónomos caldeos
listamos uno por uno
no mejor que Zoroastro
ni peor que Galileo
(¡música de "2001"!).

El taciturno Saturno,
el arzobispo planeta,
nos daba a besar SU anillo
(¡lejos Frodos y Sigfridos!)
con sabor a Peta Zeta
y a cine de serie B
cuando Dios era Yahvé,
Charlton Heston, su profeta.

[Me equivoqué de sesión:
yo vi en fase de ataraxia
“La guerra de las galaxias”,
¡qué magnífica explosión!
Esa Estrella de la Muerte,
tan semejante a una @,
plena de materia inerte
igual que una supernova].

Vimos varias nebulosas,
estrellas dobles, gigantes,
luengos cúmulos errantes
con forma de mariposa…
En fin, un sin fin de cosas
que no habíamos visto antes.

Aunque no vimos la luna
que era nueva y no salía
hasta después de la una:
¡cosas de la astronomía!

Selfie astronómico, 23 de agosto



domingo, 24 de agosto de 2014

Lisboa antiga

Miro girar los tranvías
sobre la curva
                    amplia
                             de la calle
esmaltada de luz y ropa blanca.

Algo gira en el alma al mismo tiempo:
un puñal amarillo de tristeza.

Y sube a la garganta y a los ojos
esa lenta nostalgia de haber sido
y no volver a ser,
que no es la muerte
sino algo más o menos parecido.

Todo es tan claro ahora,
mientras gira el tranvía junto a los azulejos
y la vieja fachada del café,
como el reflejo
de ese heterónimo viejo
que ves y ya no ves.

Lisboa, 20 de julio

.





Una década de almanaques

Hoy, coincidiendo con el 115 aniversario de Borges, se cumplen exactamente 10 años desde que empecé a escribir EL LECTOR DE ALMANAQUES [www.jmjurado.org]. La historia de la gestación de esta obra ya la he contado en TABLERO DE SUEÑOS, donde se ofrece una selección de 50 hojas del calendario. En rigor aquel 24 de agosto fue mi big-bang literario, yo llevaba años de escritura intermitente y guadianesca, pero hasta entonces no "había soltado la mano", en expresión de un inolvidable escritor y crítico literario, ya ido,  que fue quien me dio la pista, no tan obvia, de que la escritura ha de acontecer todos los días. Ingenuamente pensé que en un año acabaría el proyecto, una olimpiada después, como contaba por aquí, llevaba "solo" 245 hojas volanderas, seis años más tarde aún me quedan 10: no es solo que el ritmo se haya ralentizado, surgieron otros proyectos y libros, la mayoría inéditos, (esta "Columna Toscana", "La Gran Temporada",  "Cuaresma", "El Partido", "Cuentos barrocos"..., presentaciones, lecturas, prólogos), creció la familia (aquí y aquí) y no menguó, más bien al contrario, el trabajo alimenticio (laus Deo). A menudo me preguntan sobre su publicación, pero yo pienso que aún me voy a dar otra década para acabar las fechas que faltan, ¿quién querría pasar al papel esta etérea materia hecha de sueño y tiempo?

Gracias a los miles de lectores de almanaques.

Hablaba de big-bang, no en vano la primera fecha, la de hoy 24 de agosto, era el recuerdo de una erupción histórica.



Erupción del Vesubio. Noche de San Bartolomé.

Noche. Noche reventada por el trueno. Frente al televisor mi padre imploraba de rodillas la clemencia de Júpiter, pero los dioses habían huido y en todas las ventanas el sombrero de copa de los conjurados destilaba la sangre de los Hugonotes. El cielo ardía como un horno veteado de azufre camino del embarcadero. En la huida escuchamos el aullido de los gladiadores cuyos huesos ardían al fundirse en el hierro de las corazas. Las olas despeñaban las naves contra las rocas y las arcas derramaban las perlas griegas en la bahía de Nápoles. Felix felat as: arribamos llenos de deseo, pero pronto tuvimos que marcharnos: Narcissus fellator maximus. En Pompeya hay ciento veinte casas de comida, cuarenta panaderías, dieciséis lavanderías y treinta y cinco lupanares. Destillatio me tenet. En Pompeya hay una hogaza de pan carbonizada que no sirve para la eucaristía de los Protestantes. Palabra de Google, amen.

lunes, 18 de agosto de 2014

Aquellas lecturas de verano

Mais où sont les neiges d'antan!
François Villon
En la tumbona, haciendo el holgazán
y compartiendo chismes en Facebook,
me mira de reojo Thomas Mann
y toda la familia Buddenbrook.

Me acuerdo de “La Isla del Tesoro”,
no era aún navegable el Internet,
largas noches piratas, viejo loro,
sin smartphone, ni WiFi en el chalet.

O esas siestas de Tour con los amigos:
mientras pedaleaban los atletas
terminábamos “Crimen y Castigo”
y Romeo moría ante Julieta.

Recordad el azul de la piscina,
inundados de luz en cuerpo y karma,
y a la duquesa de Sanseverina,
tan divina, en “La Cartuja de Parma”.

Y las tardes de estío junto al río
leyendo “El Extranjero” de Camus:
la vida absurda y libre el albedrío,
¿quién reparte las cartas en el mus?

Yo no era un indolente, yo era un vago,
aborrecía el tenis y el kayak,
prefería la nieve de Zhivago
y llevar en verano un anorak.

         (Où sont les neiges d'antan!)

Pero ha cambiado el mundo y aun el Rey,
ya nadie lee a orillas de la playa,
azotados por las sombras de Grey
adoramos al dios de las pantallas.


La tierra encantada: Norman Rockwell 1934



lunes, 11 de agosto de 2014

Luna llena en Piazza Navona

Bajo la sombra grave de la noche
y decrépitas calles que oficiaban
un tributo macabro a la belleza,
llegamos a la plaza y a la luna
como quien llega al mar, aquí, la muerte.

En esta elipse orbita
                                   la perfección del barroco.

Sobre el antiguo estadio de Domiciano
los palacios y fuentes se suceden,
se suceden los pórticos, las cúpulas,
y la Iglesia Triunfante glorifica
la sangre de los mártires.

No hay muchos escenarios así sobre la tierra,
pero si apartas el telón verás los huesos
apilados tras siglos de dolor.

Aún rugen en las gradas las masas poseídas
por una sed de sangre no saciada
y entre aquellas hogueras la pureza
subía hacia los cielos como un cántico.

Mirad la luna llena,
hecha del mismo mármol que los siglos
alumbrando los ojos de los muertos,
viene a pasar revista a sus legiones.

¿Por qué estamos aquí?


 Piazza Navona, Roma, 13 de julio
Caspar van Wittel - Piazza Navona, Rome

 
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