martes, 30 de junio de 2015

El terremoto de Lisboa (VII y FIN)

CAP VI
CAP. V
CAP. IV
CAP. III
CAP. II
El viento y la arena golpeaban sus rostros en fuga raudal de cabo a fin. El panorama oscilante de praderas y dunas, de corrales y sotos, de lucios y caños abrasados o henchidos, el eterno mudar de los paisajes del Coto, idéntico siempre en su perpetuo cambio, habíase visto apremiado por el temblor de la tierra y ahora, adonde quiera que miraran, crecía un nuevo mundo que tras el terror inicial parecía más libre. Bramaban los venados. Las bandadas de garzas y flamencos, unidas a la súbita estampida de todo lo creado, cubrían el cielo con sus vuelos erráticos. El camino a la playa, sometido al zarandeo implacable del planeta, a trechos no era más que una raya partida de la que emergía un fango negro y sulfuroso en cuyas arenas movedizas sucumbían los gamos y algún que otro lince por añadidura; a trechos un arenal imposible y montañoso que las mulas sobre las que cabalgaban apenas lograban evadir con más fortuna que instinto.
Árboles partidos, troncos sepultados, escombros de alguna choza y vestigios ya remotos de la antigua llanura aún guiaban su vuelo de enamorados huidizos hacia la seguridad de los mares donde aguardaría la barca roja y verde, la de las letras azules y redondas que dicen el nombre de María Niña.
Exhaustas las monturas alcanzaron por fin a divisar el barranco de arena compacta, salpicada de cardos y matojos, que precedía al océano como la vieja muralla de una Atlántida hundida.
-¿Y la torre? ¿Dónde está la torre?-se decía Rodrigo.
Aquella almenara, atalaya de berberiscos y atunes, que en tiempos no lejanos había conocido junto a ella una almadraba y una factoría de salazones y donde aún se apiñaban los pescadores para pasar las noches de naipe y luna llena, se había volatilizado, quizá como el campanario de la ermita, si acaso no habían errado las mulas la ruta archisabida.
Llegados al farallón de arenisca se dilucidó sin más el misterio, la tierra se había abierto y la torre había basculado. Vuelta al mundo, hundía ahora su cima en la arena profunda y daba al sol sus cimientos anchos y redondos, como la grupa de un caballo. No había rastro de torreros ni pescadores, que habrían huido despavoridos Dios sabe dónde. Mar adentro quizá, pues más allá del horizonte las aguas se habían retirado al infinito y tras una superficie lisa y pulida aparecían ante sus ojos alucinados los fondos marinos sembrados de pecios ancestrales, blancos como huesos, y de bancos de peces que latían aún, haciendo vibrar la limpia plata de sus escamas bajo la luz inocente de la mañana.

Rodrigo y María lograron dar con la barca y aun la empujaron con muchísimo esfuerzo hacia el borde navegable del océano, rumbo a Sanlúcar. Pero ¿cómo llegó la ola? Primero fue un rugido, luego un golpe de viento, un huracán indeciso. Luego ya la montaña blanca de espuma, la alta cordillera desplomada, los ciervos arrastrados. La ola. La ola creciente remontándose más allá de los muros de la arena, anegando la tierra, subiendo por el río, arrastrando pantalanes, quebrando jarcias y cables, haciendo entrechocar los cascos de las naves del Puerto de Sevilla, donde los Duques, que han visto mecerse a la Giralda como un junco y retumbar la catedral como un dragón, asisten ahora bajo el sol al oficio divino del día de Todos los Santos en una plaza que cambiará su nombre por la del Triunfo, mientras yo, desde mi hotel para veraneantes en Matalascañas, perfectamente acodado en la terraza de una quinta planta con una taza de café en la mano, contemplo el mar esta mañana, las densas masas que pugnan, la marejada fugaz aplastadora de sueños que golpea una torre hundida en la arena mientras una barca pintada de rojo y verde, con letras azules y redondas, se aleja hacia el poniente a la deriva.

Torre de la Higuera, Matalascañas

lunes, 22 de junio de 2015

El terremoto de Lisboa (VI)

CAP. VI
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CAP. IV
http://lacolumnatoscana.blogspot.com.es/2015/06/el-terremoto-de-lisboa-iv.html

CAP. III
http://lacolumnatoscana.blogspot.com.es/2015/05/el-terremoto-de-lisboa-iii.html

CAP. II
http://lacolumnatoscana.blogspot.com.es/2015/03/el-terremoto-de-lisboa-ii.html

CAP.I
http://lacolumnatoscana.blogspot.com.es/2015/03/el-terremoto-de-lisboa-i.html

Al cabo de una legua y poco más de una hora de camino por breñas y coscojares era completa la claridad del cielo, aunque el sol parecía mustio, velado por los cirros del otoño. Atrás habían dejado pasadizos de sauces y helechales en los pasos más angostos de los caños -siempre evitando el campo abierto- y cotos espesos de sabinas y alcornoques de cuya umbría y verdura hubiera podido apropiarse el Vizconde de Chateaubriand al colorear su Atalá cincuenta años más tarde. Llegaban ahora al Charco de la Boca como los expulsados del Paraíso, más allá de esta laguna solo había dos recorridos posibles hasta la playa, el intrincado y fangoso laberinto de los humedales o los calveros de dunas coronados de pinos. La llanura era infinita como el mar que anhelaban, a partir de aquí las monturas estarían más expuestas a indeseados avistamientos. Ahora no había vuelta atrás, ellos lo sabían y, movidos por una extraña punzada, mezcla de presentimiento y melancolía, unieron sus manos antes de proseguir y miraron en silencio la aldea desde detrás de los matorrales.
Algunas vacas famélicas ramoneaban entre los juncos y los carrizos de esta parte, algo más lejos, en la otra orilla, sobre la lámina de agua, verde y bruñida, espejeaban las humildes sombras de las chozas y las toscas empalizadas que guardaban a las yegüas que se contaban por cientos. Abrevaban en la Boca, pero hubiérase dicho que emergían de ella, elásticas y doradas, como animales mitológicos, dueñas de un secreto arcano e inexpresable, pero compartido por todos los habitantes -humanos, aves o fieras- de aquellas marcas pretéritas donde una vez creció el Jardín de las Hespérides.
-Déjame ir.
-No María, hoy hay Misa, el Capellán puede verte.
-No se ve a nadie, acerquémonos- dijo mientras besaba la medalla que se había sacado del pecho.
-No puede ser, María-. Y ambos se santiguaron al tiempo que fijaban sus ojos humedecidos en la ermita que, como un barco de ladrillo y azulejos, levantaba al cielo la vela de su espadaña y abrazaba como una madre los techos de ramas de los ranchos y el horizonte al que decían adiós para siempre.
Entonces sonó un campanazo seco, como el inmenso golpe de un martillo. Primero cedieron los arcos del campanario. Luego, entre una nube creciente de polvo, se derrumbó la techumbre del edificio y con ella los muros. Las mulas se encabritaron. Durante un instante eterno, un rugido subterráneo, igual que una serpiente ondulante levantó a los árboles y enturbió las aguas de la charca de donde las bestias salían, despavoridas y al galope, hundiéndose unas a otras en su ímpetu, ahogándose en la pugna por escapar del fango. No había rastro de las chozas, solo restos de troncos desmadejados. Amortiguados por el aire desde la aldea llegaban alaridos. El paso había quedado cortado por el agua que afloraba del suelo y no podían cruzar el vado para prestar ayuda. Arrastrados por la huida de los caballos galoparon también en dirección a las playas, muertos de miedo.




Ermita Primitiva


Ermita Primitiva en el antiguo simpecado de Villamanrique 

lunes, 15 de junio de 2015

El terremoto de Lisboa (V)

CAP. IV
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CAP. III
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CAP. II
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CAP.I
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La luz rojiza del amanecer, húmeda y deshilachada, los acechaba por la espalda, caminaban aún bajo las sombras, hacia el soto de acebuches donde él había dejado atadas las mulas; lo bastante lejos del palacio como para no alertar a nadie con sus relinchos. Ella, como él le había rogado, apenas había preparado un pequeño fardo con sus cosas que ahora Rodrigo acarreaba con miedo y delicadeza. Nadie la había visto salir a través de las cancelas y galerías. Ambos habían sentido cómo el corazón les palpitaba cada vez más fuerte, casi a punto de estallar, hasta que por fin se reunieron en el lugar convenido, junto al viejo crucero en ruinas y bajo la inmensa noche estrellada. Las lechuzas ululaban en el olivar, espectrales y remotas. Estaba cayendo el rocío  y de la tierra subía, sobre la vocinglería de las aves nocturnas, una intensa mezcla de olores -el pasto mojado, el romero, el cantueso, el mirto, la jara- que el alambique incierto del horizonte, traspasado por la brisa salobre y marina del océano, iba destilando solo para ellos, únicos habitantes del planeta.
Las bestias estaban inquietas, un vaho intermitente salía de los ollares palpitantes, igual que el fuego de las fauces de los dragones que hacían las veces del diablo en los azulejos de la capilla, y les costó mucho acomodar las alforjas.  Puesto ya el pie en los estribos, vieron pasar una piara de jabalíes que corría asustada en dirección a las marismas y temieron que las mulas se desbocaran, pero no pasó nada, antes, al contrario, tras su paso se hizo un silencio hondo y unánime, pero que apenas duró un segundo. El día crecía tras ellos y como una flecha vieron surcar el cielo a una multitudinaria bandada de gansos silvestres que poblaron la mañana de estridentes graznidos, aunque el ímpetu y majestad de su vuelo era solemne como el paisaje.
Rodrigo, arreó a los animales y añadió levantando la vista:

- Vienen del norte. Huyen del frío, como nosotros.

[Continuará...]

Olivos, Van Gogh

domingo, 7 de junio de 2015

El terremoto de Lisboa (IV)


CAP. III
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CAP. II
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CAP.I
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Sí, ella había leído su carta, una y otra vez, cientos de veces.
-¿No la habrá visto nadie más, verdad?
La muchacha no respondió, pero tampoco se sonrojó ni bajo la mirada. Era mucho lo que ambos se jugaban, prosperara su plan o no. Nada menos que un destino juntos, a miles de leguas de allí. Azuzado por la impaciencia Rodrigo quiso provocar una respuesta definitiva. La miró en silencio, fijamente a los ojos, pero ella apartó la vista hacia el cielo limpio, casi transparente. Entonces él apretó suavemente sus muñecas y ella sintió la piel áspera y firme de sus dedos, las manos seguras de un pescador, tan distintas, sin embargo, a las de su padre, que solo podía recordar con una  extraña mezcla de horror y compasión. Cuando  por fin habló, ella contestó con nuevas evasivas.
-¿Y tiene que ser  mañana?
-Mañana es fiesta, María, hay menos gente en los caminos, a primera hora todos duermen y tardarán más en darse cuenta.
-Pero hace más de un mes que no veo a mi madre, antes de que llegaran los señores… ¿Y mis hermanos, los pobres, qué será de ellos?
-No hay lugar para despedidas, María. Si no es ahora, ¿cuándo? El navío de aviso para la Habana está a punto de despacharse, al San Pedro lo están aprovisionando ya en Sanlúcar y sabes que Don Íñigo, su capitán, me debe la vida. No habrá otra ocasión como esta. Nunca.
-¿Y por qué no nos escondemos en Sevilla? Con el tiempo, quizá...
-¿Sevilla? ¿Quién nos casaría en Sevilla? ¿Y en qué podría emplearme yo honestamente allí? En menos de una semana me habrían enjaulado, si no muerto.  Además el Camino Real está todos los días atestado de arrieros y soldados, en cualquier caso siempre sería menos arriesgado subir por el río que pasar la muralla.
-¿Y los torreros? ¿Qué pasa si nos descubren los torreros?
-Mañana no hay oficiales, casi nadie vigila y todos me conocen, a mí y a mi barca, por eso no hay que preocuparse, en cuanto lleguemos a la playa de Arenas Gordas casi habremos puesto los pies en la Isla de Cuba. Además en  Torre Higuera apenas hay dos holgazanes que pasan la mitad de la guardia borrachos y la otra mitad dormidos.
El sonido de una esquila reverberó en los patios. Era ya la hora del Ángelus. Mientras le apretaba las manos en silencio María Niña le devolvió la mirada. Aunque ella era una mujer valiente y orgullosa Rodrigo podía leer en sus ojos el miedo, un miedo antiguo, azotado por las olas tristes del pasado y los presagios inciertos de la hora presente. Con todo, le pareció que una luz verde, como un faro remoto, brillaba en lo profundo. La esquila cesó su tintineo.
-Ven, ven mañana, a la hora prevista. Yo te espero- y dicho esto marchó corriendo hacia las cocinas.
Rodrigo temblaba, hubiérase dicho que no había nadie más solo en el mundo.
"El coto desde Sanlúcar", Carmen Laffón

El Ministerio del Tiempo


Digámoslo ya de una vez y sin rodeos, “El Ministerio del Tiempo” es la obra maestra de nuestra ficción televisiva. Una obra maestra española. No, no invocamos el adjetivo patrio por condescendencia, no es nuestra intención sugerir la incapacidad de nuestra industria para competir de igual a igual con la HBO.

No, “El Ministerio del Tiempo” es una obra maestra española, como lo es el Tenorio, dentro del teatro clásico o “La Verbena de la Paloma” en el repertorio lírico. Hablamos de composiciones cuyos fallos constituyen una parte, y no menor, de su éxito permanente, pues hemos aceptado disculpar cualquier error en su estructura, cualquier deslizamiento patético, con tal de que sigan ofreciéndonos el espejo melancólico de un pasado que se asemeje a la tiernamente ridícula realidad nacional, sin renunciar por ello a la aventura y la magia de lo puramente teatral.

Porque el “Ministerio del Tiempo” no es (o no solo) un artefacto calibrado para despertar en el espectador la fascinación por los viajes en el tiempo o por la Historia de España, que después de todo se nos muestra en su versión más esquemática y simple, sino que su propuesta no ha sido otra que la de trazar una radiografía nostálgica y  sentimental del fatalismo español, tal y como se nos ha enseñado en los libros de educación básica desde la instauración del régimen del 78.

No nos engañemos, los espectadores naturales de esta serie son los herederos emocionales de las noches vernáculas del “Un, dos, tres”, de los mensajes navideños del venerable Juancarlosprimero y de la mitológica e iniciática “Verano Azul”.  Esto explica la explosión de parodias y comentarios que los grandes momentos de la serie han suscitado en las redes sociales, asumiendo el papel amplificador que hubiera sido consustancial a la existencia solitaria y aglutinadora de la primera cadena y de la UHF.

Ahora que hemos cumplido ya todos los cuarenta y hemos de hacernos cargo de un país con costurones, es natural que la fatalidad genética se haya solidificado en nuestra médula. El Ministerio del Tiempo explota irónicamente esta fatalidad y para ello se apoya en varias premisas, que cabalgan, siempre, sobre un guion elástico y épico: sabemos desde Valle que, sin una trama, aunque sea la búsqueda de un billete de lotería por un Madrid bohemio y neblinoso, es imposible pintar el fresco de una época.


En primer lugar, la impecable labor en la composición del reparto, desde el eterno Jaime Blanchs como máximo responsable del Ministerio, que traza un arco parabólico entre esta serie y la prehistoria mitológica de nuestra ficción y su Estudio 1, a la incombustible Cayetana Guillén Cuervo, que ha navegado las sucesivas marejadas políticas de la Televisión Pública alcanzando cierta cuota de eternidad en la segunda cadena, solo superada por el inmortal Jordi Hurtado, cuyo cameo en uno de los capítulos resume la sustancia esencialmente irónica y sentimental de la propuesta. Este círculo lo cierra el magnífico Rodolfo Sánchez, como un Currro Jiménez redivivo, y la enorme presencia de Juan Gea (el consejero principal del Ministerio) y de Nacho Fresneda quien, en el papel de Alonso de Enterríos, aporta a la serie toda la dudosa mitología de espadachines barrocos que cierto escritor español se apropió de los libros de Dumas. Por su parte Aura Garrido, en el evanescente papel de Amelia Folch, incorpora el misterio victoriano de la Barcelona romántica y finisecular, ese mundo estremecedor, burgués y fantasmagórico de un Joan Perucho (“Las historias naturales”), largamente explotado a la sombra del viento por otro afamado autor de bestsellers.

Todos los secundarios, en su papel de eventuales personajes históricos o funcionarios más o menos chupatintas, refuerzan y dan credibilidad a una serie que consigue por la asombrosa vía de la naturalidad, levantar un mundo propio con unas coordenadas incuestionablemente asumidas por el espectador.

Hasta ahora, en el ámbito hispánico, yo solo había encontrado en Adolfo Bioy Casares esta forma tan sencilla de narrar lo fantástico, sin un átomo de retórica, aplicando el mismo procedimiento para reportar una tarde en las carreras que la destrucción del Cosmos.

En esas puertas del tiempo, que se abren y cierran como las puertas de nuestra casa, hay mucha genialidad, precisamente porque no lo parece.

Está, luego, la cuestión en sí de la Historia de España: no se puede cambiar. El Ministerio no pretende recuperar las glorias pretéritas de la patria, sino mantener un status quo, cuya consecuencia es, si bien se mira, más trágica que esperanzadora. El fatalismo español, que veníamos diciendo.

La Guerra de la Independencia, la Inquisición, la Armada Invencible, la movida de los 80, Franco y Hitler en Hendaya o la Residencia de Estudiantes, con ese Lorca que sueña con un futuro en el que la gente corre “con pijamas de colores”, ponen en evidencia que no hablamos de Historia, sino de ese carrusel de lugares comunes, de libro de EGB, de ritornello que agrade el cerebro de los cuarentones, pero no es preciso más: esa es la clave.

Y, finalmente, el Ministerio como institución y centro de trabajo. Esto roza lo excelso, pues apela a la natural aspiración que todo español medio tiene de ascender a esa forma de la grandeza de España que es una oposición, ya sea de ujier o de abogado del Estado.

En el mundo narrativo de la serie, donde los móviles y los ordenadores son una presencia activa en la trama, los espacios escénicos del Ministerio, desde la cantina a los despachos o la cartelería de los interminables corredores, se ajustan a la coreografía arquitectónica de hace cincuenta años, lo que no deja de ser una invocación al subsconsciente ibérico, con su nostalgia de pólizas, impresos y días moscosos.

Si me decidiera a opositar, ahora, en mitad del camino de la vida, optaría sin duda a una plaza en el cuerpo de guionistas de este Ministerio que imagino como una de las formas de la felicidad laboral.

Hay que agradecer a sus creadores, Javier y Pablo Olivares, tristemente fallecido en noviembre de 2014, la fundación de esta institución que nuestra memoria guardará en el mismo rincón donde sueñan su sueño el Quimicefa y los Juegos Reunidos.

La democracia de las redes sociales ha conseguido indultar la segunda temporada de esta serie, yo solo espero que en un bucle melancólico absoluto la Patrulla del Tiempo viaje hasta Nerja para salvar el barco de Chanquete.

Encadenados a las puertas de este ministerio de excelencia e imaginación: ¡No nos moverán!






Bajo las raíces (Homenaje a Antonio Colinas)

En 1979 mi tío Miguel (García-Posada) publicó en la editorial Kapelusz  la antología "40 años de poesía española", dedicada a la memoria de Blas de Otero. El primero de los nombres que figuraban en ella era el de Miguel Hernández, los tres últimos: Gimferrer, Antonio Colinas, Guillermo Carnero.


Este libro, que llegaría a mis manos hacia mis veintiún años, me causó una honda impresión, revisado hoy en perspectiva apenas detecto una ausencia o un error, entre sus muchas bondades podría señalar, por ejemplo, la significativa presencia de Juan Eduardo Cirlot o Carlos Edmundo de Ory, poetas orillados entonces por la imperante grisalla del realismo social o camuflados tras los matorrales de jaspe y serpentina del venecianismo emergente.

Lejos de ser un centón, convivían en la selección los nombres de un manual bien avisado con otros menos comunes ateniéndonos al año de publicación como los de Ricardo Molina, Fernando Quiñones  o incluso la más conmovedora y poeta (no poetisa ni infantilista) Gloria Fuertes.

De Antonio Colinas, de quien apenas había podido leer nada hasta entonces -yo estudiaba, perdonadme, la carrera de ingeniero- se daban tres poemas, los tres de "Sepulcro en Tarquinia": "Simonetta Vespucci", "Noviembre en Inglaterra"  y "Giacomo Casanova acepta el cargo de bibliotecario que le ofrece, en Bohemia, el conde de Waldstein".

Algunos años más tarde pude explorar en extensión y profundidad, pero ya como parte de sus primeras obras completas en Visor, aquel sepulcro fundacional y mítico. Porque aquellos poemas se habían integrado en mi conciencia lírica como solo lo pueden hacer las músicas amadas, hasta ser parte indisoluble de nosotros. 

Cuando Ben Clark me propuso participar en el libro-homenaje que la Isla de Siltolá iba a dedicar a los Cuarenta Años de "Sepulcro en Tarquinia", que coinciden, por cierto, con mis cuarenta años, y titulado finalmente "Bajo las raíces", 

[Toda la información AQUÍ]: 

volvieron a la memoria, otra vez y como siempre, aquellos poemas queridos, y quise imaginar a Casanova, (que no fue feliz la década larga que aún vivió en Bohemia, pues se enemistó con los lacayos y habitantes del palacio), encontrando, por casualidad, un ejemplar de "Sepulcro en Tarquinia", regresado de más allá del futuro para traerle, si no los serrallos de Estambul, al menos los cielos de Bérgamo y todo el azul de la Italia.



A continuación copio ambos poemas, pues no se entendería el homenaje sin tener presente el medallón que le da origen.

GIACOMO CASANOVA ACEPTA EL CARGO DE BIBLIOTECARIO QUE LE OFRECE, EN BOHEMIA, EL CONDE DE WALDSTEIN

Il vostro passo di velluto
E il vostro sguardo di vergine violata.

Dino Campana

Escuchadme, Señor, tengo los miembros tristes.
Con la Revolución Francesa van muriendo
mis escasos amigos. Miradme, he recorrido
los países del mundo, las cárceles del mundo,
los lechos, los jardines, los mares, los conventos,
y he visto que no aceptan mi buena voluntad.
Fui abad entre los muros de Roma y era hermoso
ser soldado en las noches ardientes de Corfú.
A veces he sonado un poco el violín
y vos sabéis, Señor, cómo trema Venecia
con la música y arden las islas y las cúpulas.

Escuchadme, Señor, de Madrid a Moscú
he viajado en vano, me persiguen los lobos
del Santo Oficio, llevo un huracán de lenguas
detrás de mi persona, de lenguas venenosas.
Y yo sólo deseo salvar mi claridad,
sonreír a la luz de cada nuevo día,
mostrar mi firme horror a todo lo que muere.
Señor, aquí me quedo en vuestra biblioteca,
traduzco a Homero, escribo de mis días de entonces,
sueño con los serallos azules de Estambul.

ANTONIO COLINAS




GIACOMO CASANOVA LEE “SEPULCRO EN TARQUINIA” EN LA BIBLIOTECA DEL CONDE DE WALDSTEIN, EN  BOHEMIA.
  
"Escuchadme, Señor, tengo los miembros tristes".

Por oscuras y umbrías galerías de libros,
bajo frescos heridos de salitres y grietas,
casi ciego y exhausto, como el sol en invierno,
aparto telarañas y acerco el candelabro
a este extraño volumen en octavo mayor.
Fuera cae la nieve sobre una tumba negra
y el bosque de Bohemia ya es cristal de Bohemia,
frágil como mis huesos, claro como mi vida
que día a día asiento en papel veneciano
sin saber aún la hora de tornar a Venecia.
Han pasado los años, los criados me humillan,
y un brochazo de sangre en los muslos de Francia
enturbia mi memoria de viejo libertino
iniciado en las logias del azar y el deseo.
Me miro en el espejo de azogues restaurados
que estas páginas nobles dispensan a mi espíritu:
de las altas colinas y las piedras de Bérgamo
desciende la armonía a mi pecho abrumado
y los cielos de Italia resurgen de los grises
paisajes que me cercan tras estos tristes muros.
Escuchadme, Señor: alguien sueña mi sueño.

JOSÉ MARÍA JURADO








martes, 2 de junio de 2015

Misa en la Soledad

Este viernes 5 de junio a las 20:30, la Misa de Hermandad de la Soledad de San Lorenzo, (Iglesia de San Lorenzo, Sevilla) será aplicada por el alma de mi padre, D. José María Jurado Prieto.



Gracias.

martes, 26 de mayo de 2015

Entre dos fotografías

La última vez que vi a mi padre, justo después de despedirme de él sin saber que nos separaba para siempre el triste Aqueronte, el insuperable [Borges], me encontré con el almendro en flor de la fotografía. Yo imploré para nosotros el milagro pagano de la primavera, el que nunca se ha verificado desde que Antonio Machado anotara la gracia verdecida de aquel olmo partido por el rayo, quiero decir desde que el hombre es hombre. Abril fue, luego, el mes cruel del que yo me había burlado otro año más, y bien que se vengó partiendo nuestra vida en dos mitades. T.S. Eliot no se equivoca nunca y en eso, bien mirado, radica también, gracias a Dios, nuestra esperanza: pues todo tiempo es presente, como nos recuerda la persistencia de la memoria y esa suplantación de la memoria que son las viejas fotografías.


Entre dos fotografías

                          José María Jurado Prieto, in memoriam
                          (27.VIII.1945-14.IV.2015)

Cáceres, marzo, 2015
Aquel almendro en flor ya lo sabía
y quiso bendecirte con sus rosas,
nadie debe morir en primavera.

Ahora tú eres ceniza y yo una sombra
que persigue tu luz en los retratos
bajo la ausencia en sepia del recuerdo:

nunca hubiera podido levantarte
con el amor con el que tú me alzabas
en el verano del setenta y cuatro.

Son sagrados los restos de la vida
y aunque nada hay de ti en esta urna,
pues gozas de la gloria de los justos,

yo la levanto al sol y digo padre,
padre mío que estás en los cielos
ahora y en la hora de mi muerte.

Sevilla, julio, 1974



domingo, 3 de mayo de 2015

El terremoto de Lisboa (III)

En capítulos anteriores:

CAP.I
http://lacolumnatoscana.blogspot.com.es/2015/03/el-terremoto-de-lisboa-i.html

CAP. II
http://lacolumnatoscana.blogspot.com.es/2015/03/el-terremoto-de-lisboa-ii.html


María Niña salió de su celda cuando por fin se hubo disuelto la algarabía y pudo acercase a Rodrigo sin temor a ser vista por las otras mujeres, que ya se aprestaban a preparar la comida. La muchacha, que no llegaba a los veinte, era trigueña y de tez pálida, con grandes ojos negros y profundos, como una Inmaculada de Murillo. Y es verdad que había algo de aparición en su presencia: dulce, menuda y con propensión a las melancolías, su paso eran tan quedo que parecía atravesar los muros. Sus padres la habían traído al Palacio del Rey con la esperanza de que los señores la llevaran con ellos, a  servir al Alcázar de Sevilla o incluso a la Corte, lejos de aquellos lugares inficionados y lacustres.
Rodrigo era siete años mayor que ella; dos veces a la semana, y hasta cinco cuando los Duques organizaban partidas de caza, traía el pescado que apresaba en los caños y lucios o casi en la misma orilla del mar, donde siempre dejaba fondeada su barca en la que unas letras redondas y azules, mecidas por las aguas, repetían el nombre de la angelical criatura que desde hacía uno meses ocupaba todas las horas de su pensamiento. Durante la primavera se empleaba en las almadrabas y en general prefería vivir en las chozas que los pescadores tenían en la playa que en la abandonada y vieja casa familiar de Almonte, donde crecían las ortigas. Había quedado huérfano muy joven y al cargo de un hermano que, como toda la marinería del Condado, se enrolaba más o menos forzosamente en las irregulares flotas que pasaban a Indias, siempre menguadas de tripulación. Él mismo, cinco años atrás, había llegado al Panamá, pero aunque había tenido oportunidad, como tantos, de desertar tras muchas aunque no mal pagadas penalidades, había decidido regresar al Coto con la idea de no embarcarse en un galeón nunca más, porque si en algún lugar se hallaba el paraíso del que hablaban los curas en sus sermones, no era en aquellas sierras exuberantes y volcánicas, colmadas de palmeras y animales extraños, sino en aquella llanura de plata, donde el sol se ponía más despacio, bajo las grandes bandadas de pájaros entre alcornoques y pinos.
Todo había cambiado, sin embargo, desde que había conocido a María. Ahora se encontraban bajo el arco discretamente oculto por las enredaderas, en el último patio del Palacio. Pronto las dudas de Rodrigo se despejaron para dar paso a otros vértigos mayores:
Sí, ella había leído su carta.
[Continuará...]
Sorolla, "Jardín"

martes, 28 de abril de 2015

La tauromaquia en los tribunales o Lorenzo Clemente en Sevilla

Si te gustan los toros o si te gusta el Derecho, e incluso y sobre todo, porque de todo hay en la Viña del Señor, si te gustan a la vez los toros y el Derecho, no deberías perderte al Gran Maestro Lorenzo Clemente que torea la tarde del jueves 30 en el Círculo de Labradores de Sevilla a las 20.00h.


http://www.realcirculodelabradores.com/index.php/noticias-culturales/663-conferencia-la-tauromaquia-en-los-tribunales


Conferencia | La Tauromaquia en los Tribunales

Para finalizar el mes de abril y, siguiendo la actividad cultural de esta primavera 2015, tendrá lugar la tercera conferencia promovida por el Real Círculo de Labradores de este año.
Con el título ‘La Tauromaquia en los Tribunales’D. Lorenzo Clemente Naranjo, abogado, disertará sobre la Tauromaquia desde un punto de vista jurídico y nos ilustrará con su experiencia en este ámbito no tan conocido por el gran público.
La ponencia se desarrollará el jueves, día 30 de abril en el Salón Real de Pedro Caravaca a las 20.00 horasEntrada libre y gratuita.

jueves, 23 de abril de 2015

Un libro ideal para san Jorge

Aquí mi recomendación para el día del libro en el cuaderno de Noches Áticas: 
Caballería Roja de Isaak Babel.

Recupero, igualmente, el homenaje que desde EL LECTOR DE ALMANAQUES hicimos en su día a Babel:




La rosa de San Jordi es roja como la caballería que cruza los desolados páramos de Ucrania y Polonia en la obra maestra de Isaak Babel. De la más alta brutalidad y destrucción moral que han conocido los siglos este judío de Odessa hizo brotar los últimos pétalos del simbolismo que son, al unísono, las aceradas puntas del primer metálico cardo suprematista. Un intelectual fatiga los devastados escenarios de la guerra ruso polaca y atiende y comprende la superioridad ética de quienes han aprendido el odio y han violado a la pobreza. Son poco menos que bestias, pero están en el hondón de lo humano. El más alto lirismo y la iluminación de la palabra cabalgan aquí sobre la grupa de la gran épica eslava, desde los abismos de Dostoievsky a los laberintos evangélicos de Tolstoi: Babel es un Chéjov irradiado por rayos gamma capaz de hacer fosforecer la belleza. Fiel al Partido y al Gobierno que no le arrebató “el privilegio de escribir bien”, firmó con estos cuentos su sentencia de muerte. Siempre que un poeta dice la verdad y la belleza, arden de sangre los colmillos de Stalin.


Y lo dicho en este mismo cuaderno:

jueves, 2 de abril de 2015

El jardín prodigioso

[La Candelaria en los Jardines de Murillo]

Ha despertado la bella durmiente y en el jardín que selló la maleza hay un clamor de luz vegetal. Espinos, zarzas, cardos y acantos enroscados en las verjas con su escuadra inextricable de púas y corazas de leño, ceden ahora el paso a una lluvia malva de glicinias, de guirnaldas de rosas y pámpanos de oro. Las campanillas tintinean y un ascua de plata azul reverbera en la gruta prerrafaelita. A lo lejos aún ruge el dragón abatido. Bajo el encantamiento de una luna creciente somos caballeros del Grial y entramos en el templo ungidos de pureza, con la cota de malla y la espada de fuego.


(Estampados, William Morris, 1834-1896)

Entre viento y madera

Oigo lo que veo, dijo Stravinsky, y Miles Davis levantaba el largo alambique de su saeta. La inverosímil arquitectura de la ciudad excesiva te ha atraído a esta esquina, a este juego de espejos y callejas cubistas, para que veas la música. Suena la noche y su campana fúnebre, suena el naranjo y su dulce fagot, suena la cera de los clarinetes y el fuego salvaje de los saxofones, suena el balcón vacío como arpa del tiempo. En el hondo equilibrio de sonidos y espacios, con su amplia tramoya de casas encaladas y prodigiosas máquinas igual que galeones, otra vez te preguntas por la obra de arte y buscas un sentido a la lágrima hueca que te vela los ojos. Quieres ver más allá de las puertas del mundo, más allá del teatro y escenario barroco que te ocultan la luz. Pero no te está permitido cruzar al otro lado de las sombras porque aún te veda el paso la música exaltada de la vida.



Sevilla, 1921. El coreógrafo ruso Diaghilev y al compositor Igor Stravinski asisten a los defiles procesionales de la Semana Santa. 

miércoles, 1 de abril de 2015

Air Requiem

El hermano de un amigo muy querido de la familia ha perdido la vida en el vuelo 4U9525. Estas palabras van dedicadas a su memoria y a las de todas las víctimas.

AIR REQUIEM

[4U9525]


Ingrávidos,
durmientes,
eternamente ajenos,
transitáis el abismo de las nubes.

Como un planeta,
a la deriva entre las cumbres
y los hielos perpetuos,
surcáis el horizonte hacia el ocaso.

Pasajeros del cielo.

Así la tierra que os recibe
orbita por los siglos de los siglos
bajo la bóveda radiante,
entre un rayo de sol
                             y otro rayo.

Y aunque nada sabemos,
aguardamos la luz.




"Ven dulce muerte", J. S. Bach orquestado por Leopold Stokowski


En el concierto del jueves pasado, el Maestro Halffter incluyó esta propina, creo yo que como homenaje a las víctimas del 4U9525, a mí me conmovió en lo más hondo, por su solemnidad, espiritualidad y recogimiento.

domingo, 29 de marzo de 2015

Capricho ruso del Domingo de Ramos

Para el Doctor Lutgardo Zhivago, que abrió las puertas del tiempo.


El azahar de todas las rusias impera en callejas y patios. Ungida por la nieve, la ciudad narcótica alza las cúpulas de sus naranjos al ortodoxo cielo de la plaza. Aún penden de las ramas los luminosos frutos como esmaltados huevos de Fabergé, pero pronto la noche blanca anunciará la aurora sobre el farallón de ladrillo rosa cortado a plomo en San Basilio. La iglesia del Divino Salvador hará tañer la balalaika inmensa de su fachada y tronarán los campanarios de la estepa: mañana se va abrir la gran puerta de Kiev y a lomos de un pollino el Cristo de la taiga bendecirá desde la rampa del icono la tierra colmada de almendros en flor.

Y acaso la belleza salve al mundo.[1]





[1] (Cfr. “El Idiota”, Dostoivesky)













sábado, 14 de marzo de 2015

El terremoto de Lisboa (II)

El otro día se decía...


Agachado junto a la reja, mientras lanzaba piedrecitas contra el ventanuco de María, podía escuchar al coro de mujeres que trajinaban cerca del pozo:

-Pues ha pintado su nombre en la barca.
-Y tú qué sabrás, si no bajas nunca a la playa.
-Yo solo sé que esa mosquita muerta lleva ya tres días encerrada y que aquí faltan manos para tanta faena.
-Pero el ama dice que está enferma.
-¿Enferma? ¡Ja! La única enfermedad que tiene esa tonta es haber mordido el anzuelo.
-Como se entere su padre la mata.
-¿Y cómo no se va a haber enterado, si todo lo que aquí se dispensa lo lleva la brisa a Villamanrique en un decir "Jesús"?
-¿Sabéis que el padre de María y el padre de Rodrigo se acuchillaron hace veinte años en la almadraba de Torre Higuera?
-Niña, ¿y a ti quién te cuenta esas cosas?
-Es que esta también anda en tratos con el guardián.
Todas rieron, el guardián de la finca, medio ciego y sordo, rondaba ya los setenta años, todos los días se sentaba a dormitar en la puerta trasera del palacio, junto a su perro, casi tan viejo como él, como una parte más y no la menos importante del encalado y desgastado blasón de los Sidonia
-¡Pero qué jaleo es este!– La guardesa irrumpió en mitad de la faena, atraída por las sonoras carcajadas que a través de los pasillos y bóvedas habían resonado en las habitaciones de los señores, donde dirigía las labores de  guardarropía.
-¡Mirad que os quedáis mañana sin fiesta! Venga sacad agua ya de una vez.
Pero ni aún así cesaron las risas, el joven Rodrigo que se había apartado prudentemente del muro hacia las plantas más altas del huerto, veía a las muchachas a través de la tupida red púrpura de las últimas buganvillas del año, como un siglo y medio después hubiera podido ver Proust a las muchachas en flor en el balneario de Balbec.  
Un grito sordo y el unísono estallido de un cántaro rompieron la felicidad de la mañana.
-¿Qué te pasa Lucía? Estás temblando.
-¡No hay agua en el pozo, madre! Yo lo he visto, se ha ido a lo hondo. ¡Es como si la hubiera sorbido el diablo!
Sorolla, "Alberca del Alcázar"



 
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