jueves, 11 de febrero de 2016

Presentación de "Gusanos de Seda" en Cáceres

Por muchas razones, todas afectivas, y no la menor de ellas el hecho de que mi padre -a quien pertenece este libro- naciera y muriera en esta vieja y tranquila ciudad del Oeste, la première universal de Gusanos de Seda será el próximo viernes 19 a las 20.30h en la librería Baba-Yaga de Cáceres, en la Calle Roso de Luna nº 20.

Abrirá plaza el Maestro Santos Domínguez y confirmará la alternativa el "impagable" amigo Pablo Pámpano, luego yo os echaré unos versos y nos iremos a tomar unas hojas de morera.

No deberías perderte este evento, una oportunidad única para hacerte con el libro, tanto es así que en los mentideros literarios ya es conocido como el SILK FRIDAY.

viernes, 5 de febrero de 2016

10 juguetes 10

No son todos, sí la mayoría, del 2015, pero en cualquier caso estos han sido -y son- mis diez juguetes favoritos del año pasado:

"Sésamo y lirios" de John Ruskin, Ed. Cátedra.
"Cuentos completos" de Marcel Schwob Ed. Páginas de Espuma.
"Rilke, el vidente y lo oculto" de M. Wiesenthal Ed. Acantilado.
"Los orígenes del Doktor Faustus" de Thomas Mann Ed. Dioptrías.
"Cuentos completos", Chéjov. Tomo III, Ed. Páginas de Espuma.
"Lo que nos cuentan las imágenes", E. H. Gombrich Ed. Elba
"Civilización", Kenneth Clark Ed. Alianza
"El Reino", Emmanuel Carrère Ed. Anagrama.
"Goethe" de Rüdiger Safranski, Ed. Tusquets.
"Perpetuar la belleza", Ingres, Ed. Casimiro.
(Excluyo, salvo en el caso de Wiesenthal, autores españoles y libros de poesía: otro día)

Ingres, "La condesa de Haussonville", 1845

lunes, 25 de enero de 2016

Ínclitas razas ubérrimas X

En capítulos anteriores:
Plaza de España
Capítulo IX: aquí
Capítulo VIII: aquí
Capítulo VII: aquí
Capítulo VI: aquí 
Capitulo V: aquí 
Capítulo IV: aquí 
Capítulo III: aquí 

Capítulo II: aquí.
Capítulo I: aquí


La prudencia  aconsejaba descansar en prevención de las emociones que aquellas citas nocturnas hubieran de depararme, pero la juventud es intrépida y una vez liberado por mi afortunada incompetencia de los programas oficiales no pude renunciar a pasar toda la tarde entre los pabellones de la exposición, dejando nuevamente para mejor hora la cuestión de mi alojamiento. Si había sobrevivido a un parapsicólogo, a una princesa Muisca y a una conspiración internacional no era cosa ahora de perder el tiempo en menudencias. Que los dioses de las junglas me amparasen.
Antes de aventurarme por aquel muestrario exuberante de edificios, apenas vislumbrados en mi raudal carrera hacia el vacío, sentía no obstante la necesidad casi fisiológica, de volver a poner un pie en tierra conocida.
La plaza de España, bajo el sol impetuoso de aquel día, abría sus brazos como una columnata ibera de Bernini que pretendiera abarcar a toda América, pero dados mis recién adquiridos conocimientos geopolíticos aquellas masas brillantes de ladrillo y cerámica se me antojaban dos inmensas pinzas de cangrejo rojo, inquietantemente imperiales. Frente al romántico parque de María Luisa, de altas copas y parterres secretos, la inmensidad de aquel espacio, solo interrumpido por una fuente triunfante, era inaudita y uno se sentía transportado a un palacio de otro mundo, lejano y misterioso, como los escenarios que aparecían en las novelas de Julio Verne[1]. Asustado o decepcionado por el pujante vigor de la patria me marché pronto de allí y deambulé de uno a otro pabellón, esparcidos sin un criterio claro a lo largo y a lo ancho de los terrenos más cercanos al río, lo que obligaba a acometer una larguísima caminata cada vez que se cambiaba de frontera.
No me atreví a acercarme siquiera al de Colombia, un terror sagrado me frenaba, yo era plenamente consciente de mis limitaciones y aunque no puedo negar que me atraía la libidinosa expectativa de cumplir con la misión encomendada por la raza como orgulloso descendiente de Balboa, solo la noche y sus embelecos, profusamente acompañados de licores, podría infundirme el ánimo preciso para continuar esta empresa misteriosa. Disculpará acaso mi lector por esta causa que apenas guarde recuerdo de lo visto en la exposición, las impresiones tan fuertes que luego me abordaron, sumadas a las que ya son conocidas, borraron para siempre memoria de esa mañana.  Apurando la niebla de las evocaciones sé que estuve frente a la gran fragata Sarmiento de Argentina, espiando de lejos los corrillos militares cuyos ojos sentía clavados en mi alma. Muy parecido a un velero, e igual en blancura y ligereza, era el alcázar que habían levantado los poderosos hermanos de la pampa, si bien vacío por dentro como casi todos los edificios, en los que lo más interesante siempre parecía suceder fuera. No faltaba un tipo singular o extraño, cuando no toda una tribu -en el sentido exacto de la palabra- alrededor de las construcciones, algunos ejecutando danzas selváticas, otros ofreciendo por un precio inmoderado, chocolates y brebajes capaces de romper cualquier estómago. Cerca del pabellón de Chile, una mole rocosa y rosácea, como un Aconcagua en miniatura, crucé algunas palabras con un guardia de la facción andina, cuyo rostro me resultaba extrañamente conocido, pero que pese a mi insistencia negaba haberme visto antes:
-Lo siento amigo, yo soy un cóndor de paso, nací en Valparaíso y espero volverme a mi tierra cuanto antes, no hay quien se entienda con estos sevillanos, que apenas nos visitan. Yo creo que por eso los países se han ido llevando las colecciones de arte y los objetos preciosos. Para que no los vea nadie, mejor que se vuelvan a casa. ¿No le parece? Ahora, no se puede imaginar –añadió confirmando mis sospechas- cómo eran estos palacios hace apenas cinco meses, cuando las inauguraciones: en todos los pabellones rebosaban el oro y la plata precolombinos, como si no hubiera más cosas preciosas que exhibir y todos nos hubiéramos puesto de acuerdo en traer nuestro oro a la Torre del Ídem. Pero en nuestras salas, usted ya lo habrá visto, no queda ni el cobre.
En mitad de nuestra conversación se escuchó un fuerte silbido y hubimos de apartarnos precipitadamente, una pequeña y trepidante máquina de tren, a la que había engarzados varios vagones en miniatura de perfecta ejecución con seis o siete personas apretadas en cada uno, pasó junto a nosotros  arrojando octavillas al suelo. En los pasquines figuraban horarios y paisajes, como en un pequeño Baedeker.
Ustedes comprenderán que esbozara una sonrisa, mezcla de miedo y beatitud, cuando comprobé la hora del último convoy, con parada a las 23:30 en el Monte Gurugú.





[1] Cfr. Star Wars

Plaza de España de Star Wars

Ravel, La alborada del gracioso. Dir. Barenboim, Orquesta West–Eastern Divan 

domingo, 24 de enero de 2016

Rosa damascena

Ha florecido el rosal de Damasco
en el jardín colgante de mi casa,
partió de Samarcanda hace mil años
y permanece intacto su perfume.

Hechas de seda rosa y cachemira
¿son turbantes o cúpulas las flores?
La lenta rotación de las corolas
se asemeja a la danza de un derviche.

Desde el Oriente ignoto su misterio
atravesó desiertos y cruzadas:
las profundas espinas de sus tallos
han besado la sangre de los reyes.

En la penumbra de las abadías
alabaron al Dios de los ejércitos
y dijeron el nombre de María
sobre el libro de horas de los siglos.

Ahora colman de aroma mi balcón,
henchidas como frutos, silenciosas.

La rosa en mi balcón, abril de 2015













Rosal de Damasco, abril de 2015


sábado, 23 de enero de 2016

Julieta

"What's in a name?"
                                            (Shakespeare, Romeo y Julieta)

Tu nombre es un tapiz en donde crece
un arbusto de espinas aceradas
junto a un arco ojival y una vidriera.

Sobre la agreste sombra de las ramas
han brotado las flores como gemas
para tu larga cabellera rubia.

Acaricio los nudos de esta tela
y los pétalos pasan a mis manos
de tus manos dormidas de doncella.

Por las salas umbrías del museo
donde siempre ha crujido la carcoma,
ebria de trementina y alcanfor,

hay un rastro de rosas de Inglaterra,
cuando olvidé mi nombre en tu mirada
y supe que el amor no tiene nombre.
                                                             
William Morris, papel tapiz




"Gusanos de Seda" en RNE

El pasado domingo, en el programa "La Noche en Vela", Alicia Mariño leyó un poema del libro: "Canto de siega chino". Lo podéis escuchar en el minuto diez del enlace que sigue.

Muchas gracias, Alicia !!



lunes, 18 de enero de 2016

Antonio Rivero Taravillo lee "Gusanos de Seda"

En XYZ, el periódico crítico sevillano: PINCHAR AQUÍ,

Gracias, Antonio.

sábado, 16 de enero de 2016

GS en la Librería Céfiro de Sevilla

Ya podéis encontrar "Gusanos de Seda" en la Librería Céfiro, en el centro de Sevilla.

En el número 1 de la Calle Virgen de los Buenos Libros, ¿dónde si no?, junto a la Plaza de la Gavidia.

http://cefiro-libros.com/

¡Gracias, amigos!

jueves, 14 de enero de 2016

GS en la Librería El Buscón de Cáceres

Ya está disponible Gusanos de Seda en la librería EL BUSCÓN de Cáceres.

En la Calle Médico Sorapán nº 19.

También podéis solicitarlo en la dirección: gusanosdeseda2016@gmail.com

PVP: 12€ SIN GASTOS DE ENVÍO (Territorio español)



jueves, 7 de enero de 2016

Pedidos "Gusanos de Seda"

Para facilitar y agilizar los pedidos hemos creado esta cuenta de correo:

gusanosdeseda2016@gmail.com

Gracias a todos.

martes, 5 de enero de 2016

Regalo de Reyes

Ya están aquí...



RESERVAS: ver entradas anteriores.

De momento, y como son de papel, los estoy aplacando a base de grabados e ilustraciones.


domingo, 3 de enero de 2016

Primera visión de "Gusanos de seda"

El poeta y crítico Santos Domínguez ha levantado antes que nadie la tapa de esta caja de cartón con agujeros y ha echado la primera mirada a los Bombices mori.

La podéis leer aquí:

http://santosdominguez.blogspot.com.es/2016/01/gusanos-de-seda-un-anticipo.html

Anticipa un poema de los 33 que lo integran, recuerdo de una tarde en Trafalgar frente a la Historia.

Gracias, Santos.

También ha reproducido la portada, contracubierta y solapas, diseño de Pablo Pámpano, con las generosas palabras con las que los poetas Antonio Colinas y Luis Alberto de Cuenca han saludado estos poemas, vaya para ellos también mi gratitud.


[NOTA: En breve contactaremos con quienes habéis tenido la amabilidad de reservar vuestro ejemplar para acordar el envío]


viernes, 1 de enero de 2016

Gusanos de Seda

No sé si será el primer niño del año, pero mirad qué comilones me han salido estos gusanos. 

Levanto por última vez la vieja copa de  Haendel y os deseo un 2016 lleno de morera.


GUSANOS DE SEDA

33 poemas de

José María Jurado García-Posada



DISEÑO e Ilustración de cubierta: 

Pámpano Vaca

PVP: 12 euros (gastos  de envío incluidos en territorio español)


Pedidos:Aquí


jueves, 24 de diciembre de 2015

Cuentos de Jerusalén (III)


[III]

Cuento de Navidad

El extranjero golpeó tres veces la puerta, cada vez más fuerte, pero nadie salía a recibirlo. Aquella era su última esperanza de encontrar albergue. En vano había visitado todas las posadas del barrio viejo. Un enjambre de peregrinos ocupaba hasta la última de las habitaciones y se esparcía por los corrales y establos. En la ciudad no cabía un alfiler. Atardecía y hacía frío. Enfermo, exhausto y viejo, no hubiera podido sobrevivir una noche más a la intemperie. Alzó la vista al cielo, sucio y oscuro, sin estrellas. Aún recordaba su fulgor, pero había perdido la cuenta de los años que duraba ya su travesía. Una noche, extraviado en las profundas soledades del desierto de Arabia, bajo una implacable tormenta de arena y angustiado por una sed extrema, a punto había estado de poner fin a su viaje por su propia mano. Pero entonces el astro había caído en su interior alumbrando las cavernas de su alma.  Después de aquella hora había padecido el robo, la prisión y la tortura, pero nada lo había inquietado hasta el día hoy cuando, tras cruzar la puerta de David, la oscuridad había hecho nido en su corazón. Volvió a llamar y una voz surgió de lo profundo de la casa:

-En el letrero dice que no hay posada, ¿a quién buscáis?

-Vos lo sabéis mejor que yo

-Marchaos extranjero, la locura se instaló en estas habitaciones cuando dimos morada a vuestros hermanos de raza y la sangre inocente se derramó por su causa. Yo mismo hube de enterrar el cadáver de mi hijo y tres días después el de mi mujer. ¡Fuera de aquí!

-Lo comprendo y os suplico perdón por ello, en mi nombre y en el suyo. Me marcho ya, pero aceptad antes mi ofrenda.

El posadero abrió la arquilla de mirra perfumada que aquel hombre negro, anciano y corpulento le extendía.

-¿Acaso sois el ángel de la muerte?  ¿A quién habremos de embalsamar en esta hora?

-Vos lo sabéis mejor que yo.

Justo en ese instante el suelo se estremeció a sus pies y todo se oscureció más, hasta casi hacerse de noche. Frente a ellos un barrio completo yacía sepultado y, un poco más lejos podían divisar ahora, alumbradas por una estrella solitaria, tres cruces sobre el monte que llaman de la Calavera.

Doré: los Reyes Magos

NOTA BENE: [Debemos a Henry Van Dyke (1852-1933) el relato de Artabán, el cuarto Rey Mago ]

jueves, 17 de diciembre de 2015

Cuentos de Jerusalén (II)

[II]

Sentado bajo la parra el venerable Natanael, héroe de Israel tres veces herido por los las legiones de Roma, cuenta siempre la misma historia a los niños y las mujeres de Betania que quieran escucharlo antes de que caiga el sol para dar comienzo al Shabat: 

“Aquel fue el día más feliz de mi vida y aunque hace ya muchos años, tantos como nuestro padre Moisés anduvo en el desierto, me acuerdo como si fuera hoy. Entonces aún hubiera sido posible romper nuestro yugo." –Y mientras decía esto señalaba las hogueras que a lo lejos aún humeaban en la colina de la ciudad sobre el solar demolido del Templo-. Se acercaba la Pascua y la ciudad era un polvorín a punto de estallar. Solo esperábamos una señal para iniciar la conjura. Los romanos, avisados por los fariseos, inspeccionaban casa por casa y yo permanecí una semana escondido debajo de un jergón. Mi madre recibía las consignas por las calles y en el mercado. Supe por ella que nadie estaba seguro del paradero de nuestro general. Unos decían que había entrado triunfalmente en la ciudad, acompañado de palmas y ramas de olivo, otros que estaba preso en el pretorio desde hacía varias semanas y no faltaba quien lo hubiera visto discutiendo en secreto con los sumos sacerdotes. Por fin nos dieron la alerta. Con el cuchillo en el cinto y una antorcha en la mano salimos ya de noche por las calles. Éramos como una marea de fuego desbordada que avanzaba hasta romper en los muros del palacio. Luego vendrían los días de la lucha despiadada y la sangre vertida de los leones de Judá, pero en verdad os digo que nunca alcancé mayor plenitud que cuando aclamamos al futuro Rey de Israel ante los mismos ojos del procurador. Hasta los días de mi vejez llega aún el eco unánime de nuestros bramidos haciendo retumbar los muros. Yo puse toda mi alma en ello y grité, grité hasta quedarme afónico y no hay todavía día en que no repita su nombre como un eco de aquella noche de gloria: 

¡Barrabás, Barrrabás, Barrabás!"


Nuevo Testamento, Doré

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Cuentos de Jerusalén (I)

[I]

El viejo Efraín, vecino del barrio bajo de la ciudad y de profesión cestero, se abría paso penosamente por el angosto y escarpado sendero que conducía hasta la Puerta de las Aguas. Una polvareda blancuzca se levantaba del suelo rocoso. La muchedumbre que peregrinaba se confundía con los artesanos y agricultores que subían desde el valle del Cedrón para ofrecer sus mercancías. Las bestias, con las albardas henchidas, avanzaban a duras penas, tropezando a veces. Efraín, que caminaba muy despacio con su carga al hombro de mimbres y juncos recién cortados en la ribera, sintió que alguien lo llamaba por su nombre hasta tres veces, pero no pudo distinguir quién. Arriba a la derecha relucían las torres del templo, doradas y esmaltadas. Reanudó el paso y poco antes de cruzar la muralla divisó entre el gentío a un hombre vestido con una túnica blanca que le hacía señas desde un recodo, se acercó a él pero, justo cuando iba darle alcance, volvió a desaparecer. A su espalda la misma voz dijo:
-Tú hija coronará a un Rey.
Pero detrás de él solo había una mula cargada de cántaros de leche. En aquel tiempo, sin embargo, no era infrecuente que los ángeles hablaran con los hombres y el bueno de Efraín, muerto de miedo, sintió crecer su corazón mientras meditaba sobre el augurio que había anunciado el final de su pobreza. Aceleró el paso hacia su casa por un laberinto de callejuelas estrechas y malolientes que reptaban por los taludes y muros de las fortificaciones de la ciudad. Cuando por fin llegó resolvió quedarse fuera y permanecer sentado en el umbral, orando bajo la higuera. Al cabo de un tiempo en silencio, un objeto extraño llamó su atención, en ese instante su hija abrió la puerta:
-Padre, es usted, pensaba que eran los soldados que volvían a por su encargo. Dicen que pagarán bien y ellos mismos han traído las zarzas.
Algunos afirman que Efraín cayó desplomado en ese mismo instante, otros dicen que aún soportó tres días de temblores y fiebres.
Entre las canastas y las pajareras, apoyada en uno de los mostradores de piedra de su humilde taller, como una serpiente agazapada, latía una corona de espinas.

Doré, el Empíreo, grabado del Paraíso de la Divina Comedia



[NOTA: He titulado esta serie de cuentos cortos a la manera de aquella narración tan exótica de Poe: "Cuento de Jerusalén", con la que comparte escenario y cuyo simbolismo de estirpe vagamente prerrafaelita acaso le haya servido de modelo]

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Ínclitas razas ubérrimas (IX)

Capítulo VIII: aquí
Capítulo VII: aquí
Capítulo VI: aquí 
Capitulo V: aquí 
Capítulo IV: aquí 
Capítulo III: aquí 
Capítulo II: aquí.

Capítulo I: aquí


Un ruido atronador, como el derrumbe de un edificio, me atravesaba el cráneo a intervalos regulares mientras mi conciencia pugnaba en vano  por evadirse del sueño profundo en que lo habían sumido los mágicos vapores de la noche anterior.  Cuando al fin pude desasirme de aquella pesadilla cíclica me resultó imposible identificar el lugar donde me hallaba. Un catre de hierro riguroso, como de convento u hospital, y un suelo ajedrezado, de baldosas toscas y pequeñas, sobre el que una luz muy blanca, pero ya alta, daba saltos de caballo tras unos visillos breves, no invocaban, precisamente, la aparatosa puesta en escena de los aposentos del Alfonso XIII. Aturdido por la resaca me asomé a la ventana a tomar aire justo en el instante en que, accionado por un ignoto resorte, se volvía a repetir el estrépito que me había despertado. Un carrusel enorme pasaba a la altura de mi habitación, de alguna forma el “cuerpo consular” colombiano se las había arreglado para instalarme en  uno de los austeros hoteles de servicio para los trabajadores de la Exposición y yo debía de estar ahora en el recinto del parque de atracciones, frente a la célebre montaña rusa donde hasta la Reina Victoria Eugenia había disfrutado de un augusto pase.[1]
Miré el reloj y nuevamente el mundo se desmoronó al compás de los carritos alpinos: según el programa oficial de actos el homenaje a Rubén Darío, única razón contrastada de mi viaje, había empezado hacía media hora.  A la vista de la distancia entre el lugar del evento y el hotel, conforme al plano de la guía oficial, que alguien había tenido la bondad de dejar abierto junto a mi cama con cuatro puntos marcados en rojo, yo debía abandonar cualquier esperanza de llegar a tiempo. A pesar de todo, y para intentar salvar el honor de nuestra congregación literaria, me eché un vaso de agua en la cara, me atusé el pelo y mitigué como pude las maltrechas arrugas de mi traje, castigado por la noche de pendencias y destemplanzas. Salí corriendo a la calle. Frente a un sol prodigioso me perdí a toda velocidad en un laberinto de pagodas chinas, de toboganes de agua, de fantásticos tiovivos y galerías de espejos y palacios tropicales que celebraban al unísono, de manera jubilosa y trepidante, el día de la Raza. Finalmente, y tras recorrer no menos de la mitad de la kilométrica avenida principal de la Exposición dejando a uno y otro lado los exóticos pabellones coloniales, alcancé a atisbar a la banda municipal que se alejaba al paso tocando pasodobles y marchas militares.
Luego leí en la prensa que el niño Andresito Hurtado, con "atiplada y bella" dicción, había recitado de memoria la “Salutación del Optimista” arrancando el aplauso unánime de los asistentes y que todos los próceres, locales y panamericanos, con sus bandas cruzadas, sus fajines de raso, sus escarapelas y espadines, sus entorchados, se habían mostrado muy ufanos de la categoría y dignidad del acto que otorgaba a la poesía de Darío el lugar que por “derecho propio” merecía en el glorioso parnaso de la lengua de Cervantes.
Recuerdo que entonces, exhausto por la carrera, frente a aquel monolito de piedra caliza y mármol laureado con guirnaldas de frutos y flores esculpidas, pensé en la gloria literaria: frente a mí, una gitana vieja robaba las flores de las coronas para revenderlas luego, a la noche, a los señoritos que las prenderían en los senos de sus queridas en las tugurios iluminados por lámparas de acetileno[2]. Nos miramos a los ojos. Sin duda ella se reía de mí, de mi facha esmirriada y paliducha, coronada por unas gafas de culo de botella. ¡Otro que escribe versos! – se diría-. A lo lejos se desvanecían los trombones y timbales, luego, fuese y no hubo nada.
Bueno, nada del todo, tampoco,  tenía el plano y cuatro puntos marcados en rojo sobre él: el monumento a Rubén y el hotel de donde había venido corriendo, estos dos sin más indicaciones; luego figuraban el Monte Gurugú en el parque de María Luisa y, por último, el Pabellón de Colombia,  en cada uno de estos aparecían anotadas las siguientes horas, 23:30 y 23:59. En el último, además, estaba tachada la palabra “Colombia” y en su lugar figuraba, en trazo grueso, “Cundinamarca”.





[1] Por razones no bien esclarecidas el descubridor de este manuscrito lo encontró en el arcón de  un piso de estudiantes en la actual calle de Chaves Rey en Sevilla, ubicado casi enfrente del hotel, aún en pie y convertido en bloque de viviendas, donde discurre esta parte de la historia. Al parecer iba dentro de un sobre sin remitente y todavía sin abrir, con sello de Madrid y fecha de entrada en correos de mayo de 1968. No es insensato suponer que un cambio de numeración diera lugar a la confusión en la entrega, pero por qué y para qué quiso el autor que la historia retornara a su geografía inicial, carece de explicación o al menos nosotros no se la hemos encontrado (N. del E.)

[2] Cfr: Flores de las tinieblas. Villiers de L'Isle Adam



Montaña rusa y parque de atracciones, Expo 29




NOTA BENE: imagen actual del emplazamiento de la montaña rusa, tomada el 21 de septiembre de 2015 por el descubridor de este manuscrito. Obsérvese la subestación eléctrica y el hotel de trazas regionalistas reconvertido en bloque de viviendas (C/Chaves Rey, esquina Av de San José)


Tema original de "El tercer hombre" por los Indios Tabajaras.



jueves, 26 de noviembre de 2015

Antonio Praena lee "Una copa de Haendel"

El poeta Antonio Praena ha hecho una lectura serena y perspicaz de una Copa de Haendel

La podéis encontrar aquí.


Muchas gracias, Antonio.




lunes, 23 de noviembre de 2015

Ínclitas razas ubérrimas (VIII)

Capítulo VII: aquí
Capítulo VI: aquí 
Capitulo V: aquí 
Capítulo IV: aquí 
Capítulo III: aquí 
Capítulo II: aquí. 
Capítulo I: aquí.


Al llegar a este punto ella se puso orgullosamente en pie, alta la frente y el rostro inflamado, transfigurada, como una esfinge indígena. Descubrió teatralmente los  brazos  y continuó: “por las venas de esta princesa de Cundinamarca que hoy se ofrece a tus ojos indignos no corre la sangre azul de las podridas monarquías europeas ni la sangre roja de los feroces eslavos, un río de oro puro me desborda, una corriente ancha que conduce al reino legendario que codiciaron Pizarro y Cortés y que apenas atisbaron Orellana y Alvarado. El oro y las esmeraldas que enloquecieron al sanguinario Lope de Aguirre aguardan aún en la oscuridad de la jungla el retorno de la balsa del los Muiscas que habrá de portar al Psihipqua, el príncipe heredero único del Zipazgo, el seguro sucesor de Tisquesusa a quien yo tendré el honor sagrado de concebir y alumbrar.” 
Frente aquella rotunda criatura enardecida no fui capaz de juzgar con la conveniente lucidez el exacerbado dramatismo de la escena que hubiera exigido un temperamento más firme y moderado o al menos la aplicación de algún criterio racional, impropio de mi naturaleza fantasiosa y debilitada, no se olvide, por los alcoholes y la brumosa lógica de los sucesos de una noche encantada. En resumidas cuentas digamos que me dejé llevar y, sin apenas interrumpir su discurso profético, asistí a una extravagante lección de futurología política que más o menos puedo abreviar así: 
La guerra en Europa no tardaría en hacerse presente a una escala inaudita en menos de una década, el desarrollo tecnológico presagiaba batallas titánicas, liberaciones descomunales de energía de resonancia planetaria que, por comparación, dejarían los terribles enfrentamientos de hace quince años en simples escaramuzas fronterizas. En lo concerniente a España el destino era inminente y trágico, lo previsto es que nuestro país fuera el detonador de una explosión en cadena, algo así como la bala que malogró al Archiduque Francisco Fernando en Sarajevo. El marqués de Estella[1], que se alojaba desde hacía unos minutos también bajo estos muros, tenía los días contados y la monarquía española se tambalearía en menos de dos años como un castillo de naipes, el mismo Hotel que ahora nos albergaba, tachonado de escudos y banderas borbónicas, haría borrar su nombre. En previsión de tan aciagos acontecimientos un grupo de militares había decidido asegurar el futuro de la nación española cuya persistencia histórica pasaba necesariamente por estrechar las relaciones con las repúblicas americanas. Los países hermanos aportarían las riquezas necesarias para afrontar la barbarie y encauzar una victoria en la que no se negaría a nuestro país el liderazgo histórico, siempre que aceptaran las vindicaciones políticas de una pléyade de pueblos oprimidos por las jerarquías gringas y criollas desde Río Grande a la Tierra del Fuego.
Los indígenas liderarían la causa. Y para liderar la causa hacía falta el oro, mucho oro. Esta era la auténtica razón de ser de la Exposición y la explicación de los tesoros arqueológicos expuestos en los pabellones que día a día mermaban ante la vista gorda de las implicadas autoridades, como de hecho había sucedido aquella noche en el teatro. Sí, habían denunciado el robo de las joyas, pero nadie se iba a preocupar demasiado por ellas, pues ya estaban a buen recaudo, engordando la caja de caudales de la Gran Iberia. Sin embargo era necesario más, mucho más. Por más riquezas que hubieran sido blanqueadas en la Exposición, el choque de trenes que se aventuraba exigía una ingente cantidad de capitales. Aquí es donde entraba en juego el ofrecimiento de la confederación Muisca, dispuesta a entornar las puertas de El Dorado si eran restituidos en su grandeza. La princesa Aquiminza era la última esperanza de un linaje para cuya continuidad era necesario un heredero. 
A esta altura del relato los ojos de la mujer llameaban y toda la frialdad se había evadido de su semblante. Las rodillas me temblaron cuando me informó de que ambas facciones para sellar un vínculo perdurable a la altura de los tiempos, por encima del océano y la jungla, habían determinado que el hombre que habría de engendrar al nuevo Zipa habría de ser un español, un descendiente por línea directa de los conquistadores y que previamente habría de superar una prueba mortal e iniciática. 
Aquí me desmayé, no sé quién se hizo cargo de mí, supongo que conducido como un fardo alguien me depositaría en los asientos traseros de alguno de los coches que apostados como cucarachas de acharolados élitros seguían haciendo guardia al pie del hotel, por encima del cual y a lo lejos, una Giralda difusa acababa de dejar de ser iluminada, sumiendo a la ciudad en la oscuridad y la niebla. 
Esto es lo último que recuerdo de mi primera noche en Sevilla antes de mi desvanecimiento cuya explicación no habría que atribuir en exclusividad a los estupefacientes. Aún no les he revelado mi primer apellido, Balboa. Mi abuelo, oriundo de Jerez de los Caballeros - pero nosotros nunca habíamos dado crédito a esos cuentos de adarga antigua- aseguraba ser tataranieto por línea directa de sucesión del descubridor del Pacífico, quien había tomado posesión de los mares del Sur el 25 de septiembre de 1513, en nombre de la reina doña Juana de Castilla.

[1] Primo de Rivera

Núñez de Balboa

Plaza de España
 
España: Rapsodia para Orquesta. Emmanuel Chabrier.

martes, 10 de noviembre de 2015

Ínclitas razas ubérrimas (VII)

Capítulo VI: aquí
Capitulo V: aquí
Capítulo IV: aquí
Capítulo III: aquí
Capítulo II: aquí. 
Capítulo I: aquí.

Con un gesto sencillo me invitó a tomar asiento junto a ella en la cama al tiempo que dejaba de prestar atención al trasiego de gentes que todavía a esa hora arribaban al hotel. Por alguna oculta razón ahora respiraba aliviada. Bajo la bóveda estucada de la alcoba, que remedaba las fantasías mudéjares del Alcázar de Sevilla, me contó su historia desde el principio. Hipnotizado por aquella voz cadenciosa perdí otra vez el sentido del tiempo. Imagino que en algún momento ella debió añadir algún narcótico a mi bebida, aunque no hubiera sido imprescindible para sus propósitos, pues yo no hubiera podido oponer nunca resistencia a aquellos ojos fijos que lentamente escrutaban mi alma como una nueva Sherezade:
“Cundinamarca o provincia del cóndor, es la inmensa y fértil región que se extiende a los pies de las últimas estribaciones al norte de la gran cordillera de los Andes. Es una provincia indómita y rebelde. La tierra de los Muiscas. Nunca inclinó la cerviz, ni ante los españoles, bajo cuyo codicia supimos ocultar nuestros inmensos tesoros y nuestras costumbres ancestrales; ni ante las huestes mercenarias y sangrientas de Bolívar, quien hubo de aceptar, a pesar del cruento asedio con el que castigó a nuestra capital Bacatá –la ciudad que ustedes ignominiosamente habían renombrado tres siglos antes como Santafé- que nuestra nación dirigiera la construcción de una nueva confederación panamericana: la Gran Colombia. Centenares de guerreros chibchas,  con los poderes conferidos por el oro sagrado, aseguraron para sí el honor y el deber de esta restauración en Boyacá regando con su sangre el campo de batalla. Pero no tardó mucho nuestra estirpe en ser  traicionada por las oligarquías criollas, más devastadoras para mi pueblo que la avaricia de los españoles. No tardaré en decirlo más, mi nombre vernáculo es Aquiminza y soy heredera por línea matriarcal del último Zipa legítimo, el venerable Tisquesusa, aquel a quienes sus sacerdotes habían profetizado la muerte ahogado en su propia sangre a manos de unos extranjeros venidos de tierras lejanas. Tisquesusa, el último emperador chibcha, que aún cubrió su cuerpo venerable con un velo de polvo de oro en la laguna sagrada de Guatavita. Tisquesusa, dueño y señor de El Dorado.”


La "Balsa Muisca" y El Dorado, Museo del Oro de Bogotá.

Sevilla, 1929: Plano de la Exposición



Sansón y Dalila: Bacanal. Gustavo Dudamel y la Orquesta Sinfónica de Berlín.
 


 
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