miércoles, 27 de abril de 2016

Los Gusanos de Seda se dejan flequillo en "El Cubo"

El próximo 29 de abril a las doce del mediodía y coincidiendo con el inicio de la Feria del Libro de Sevilla, los escritores de mi empresa, (SANDETEL) en la que coincidimos -al menos- dos novelistas, Silvia Hidalgo y Rafael Alcoholado y el escribidor que suscribe, presentaremos nuestras últimas obras en la Sala Ágora de EL CUBO, el antiguo pabellón de Francia que compartimos con la aceleradora tecnológica de Telefónica y la Junta de Andalucía.

El libro de Silvia es "Dejarse flequillo" y lo publica la editorial PezSapo. Es una novela, en apariencia destinada a un público juvenil, pero con mucha fuerza y una expresividad heredera del "Guardián en el Centeno" y el mejor Bukowski. Trufada de música y de cine, en la mejor tradición indie y beat, con ambición literaria  y un mundo y unos personajes propios y vivos.

http://www.pezsapo.com/editorial/dejarse-flequillo/


Rafael Alcoholado nos ofrece una novela histórica: "El imperio de las cenizas", que estoy deseando leer.

A los Gusanos de Seda ya los conocéis:


Es una bonita ocasión para volver a pasar por el antiguo Pabellón de Francia de la Expo92, al término del acto se firmarán los libros y nos tomaremos unas hojas de morera, según costumbre. Os dejo una foto de nuestro CUBO. 

Espectacular, ¿verdad?



Además de las presentaciones se ha dispuesto un mercadillo solidario de libros en el que por 1Kg puedes adquirir libros de Faulkner, porque en El Cubo es verdadera devoción la que hay por William Faulkner.

PS: Dado lo complicado de la hora, los recolectores de morera tenemos otra cita el próximo 1 de junio en el Real Círculo de Labradores, allí el poeta Lutgardo García hará los honores de presentar en sociedad a estos gusanos que, para la fecha, ya habrán mutado en mariposa. Más detalles próximamente en sus televisores.


Danza eslava

[Dvorak - Danza Eslava No. 2 in Mi menor op. 72]

Bajo la fronda umbría de los árboles
y la estatua de bronce de un poeta
caído en una insurrección romántica
mirar el horizonte sobre el río
mientras bajan muy lentas las gabarras
cargadas de carbón y de tristeza
por el cauce del Elba o el Danubio.

En la vieja ciudad de verdes cúpulas
pensar en nuestro amor como el reflejo
de las luces cambiantes de la orilla
o las turbias fronteras del Imperio
que las aguas redimen con un brillo
fugitivo y mortal, pero constante.

Contemplar, abrazados al crepúsculo,
cómo crecen las sombras y la nieve.

Estatua de Sändor Petöfi, Budapest

Dvorak - Danza Eslava No. 2 in Mi menor op. 72
Violin: Itzhak Perlman-Cello: Yo-Yo Ma-Director: Seiji Ozawa

lunes, 25 de abril de 2016

Tartesia linda

Siguen llegando retoños a casa.

"TARTESIA LINDA, Un paseo por la Sevilla de Juan Ramón Jiménez", de Rocío Fernández Berrocal.

Colección biblioteca de temas sevillanos, n. 83.
Servicio de Publicaciones del Ayuntamiento de Sevilla.


Próximamente en las mejores librerías.

Jardín colgante con pensamiento amarillo juanramón

sábado, 26 de marzo de 2016

A solas con mi túnica


Madre de los jacintos,
                                   alza tu réquiem blanco,
inunda la ciudad con tu silencio,
expande los espacios con la música
que no se puede oír y es la más dulce.

Son los trinos del alma los que hacen
las verdades amargas transparentes;
a ti no he de engañarte que vas sola
y en lo profundo miras y me encuentras.

Tengo miedo, señora, en este trance
de horror y soledad con mi vacío al hombro.
La primavera canta en los balcones,
pero arriba los astros están mudos.

Madre de los jacintos,
                                   ahora que atardece
concédeme el descanso, a solas con mi túnica,
y déjame sentir el roce de las sombras,
que tus manos apartan en silencio.

Soledad de San Lorenzo.

                                Réquiem de G. Fauré


Cuento de Jerusalén (IV)

Excavada la tumba de Jesús de Nazareth y anunciadas al mundo las últimas e irrefutables verdades científicas, el equipo de arquélogos regresaba al aeropuerto internacional por las calles angostas de la Ciudad Vieja. Mientras el taxi daba tumbos por las últimas estribaciones de la Vía Dolorosa, como un viejo camello renqueante, entre chanzas y veras los jóvenes investigadores se jactaban de haber librado a la humanidad de la más pertinaz de sus supersticiones. Ante sí y a lo lejos apareció un instante el Monte de los Olivos, pero ellos apenas se percataron, atentos a su gloria en las pantallas que hasta el último confín del mundo repetían sus descubrimientos. El coche se anudaba como una soga a cada esquina hasta que por fin pudo liberarse de aquel estrecho dédalo de muros y mercados. Enfilaban ahora la autovía y en breves minutos llegarían a su parada. Pagaron con un billete de cien shekels, pero algo bloqueó las puertas cuando se disponían a salir, mientras la directora de la expedición recogía el cambio. La mano huesuda del conductor, cuyo rostro permanecía oculto, y del que apenas distinguían en los reflejos del retrovisor una barba venerable, un turbante ceñido por un broche de oro y un pectoral anacrónico, fue dejando caer lentamente, una por una y mientras  las contaba, hasta treinta monedas de plata, como aquellas que habían encontrado en el sepulcro.


PS: Si hubieres llegado aquí, caro lector, acaso supongas, no erradamente, que esto es un intento, ¿fallido? de dar otra vuelta de tuerca y ultratumba, a las tres versiones del Judas borgiano.

Gustavo Doré, "El valle de los huesos secos",  Ezequiel, 37.

"Encantamientos del Viernes Santo", Parsifal, R. Wagner






martes, 22 de marzo de 2016

Lunes Santo: "Las Penas de San Vicente"

Con un llanto en Bruselas.


Bajo el arpa lejana de la luna, casi llena y rasgada por las nubes, la Iglesia del Salvador es un piano vertical.  Rosa de resonancia y fuego breve, el ala de la música se ha posado sobre la escala marfileña de los cirios en flor, sobre las negras teclas del ruan. Suena Chopin. La marcha fúnebre. Y yo aprieto la mano de mi hija mientras  la Virgen de los Dolores ha borrado los míos. Hoy estallan las bombas en Bruselas, omnium fortissimi sunt Belgae, “de todos, los más fuertes son los belgas", dijo Julio César cuando estuvo en las Galias combatiendo a los bárbaros; Julio César, a quien la leyenda atribuye la construcción de la invisible muralla de esta ciudad narcótica. Pero, ¿podrá el Amor, alzar por fin la inexpugnable escala de nuestra salvación?

Las Penas de San Vicente a su paso
 por el Salvador, fotografía JMJ


jueves, 17 de marzo de 2016

Inclítas razas ubérrimas (XIII y FIN)


Capítulo XII: aquí
Capitulo XI: aquí
Capitulo X: aquí
Capítulo IX: aquí
Capítulo VIII: aquí
Capítulo VII: aquí
Capítulo VI: aquí 
Capitulo V: aquí 
Capítulo IV: aquí 
Capítulo III: aquí 

Capítulo II: aquí.
Capítulo I: aquí


Llovía sobre las altas rocas de Despeñaperros y sus lentos rebaños de encinas encrespadas. Camino de Madrid, con la sien apoyada en la ventana de un vagón de tercera, y tras dos noches de vigilia alucinada, ahora entraba y salía de la bruma del sueño como un buzo. Divisaba entre luces desplegarse el paisaje lo mismo que bajo la niebla humosa de los cinematógrafos. La  imponente realidad de aquellos hondos abismos, lejos de abrumarme, consolaba mi espíritu. Apenas recordaba nada después de mi desfallecimiento, pero he de suponer que la misma cuadrilla que se había hecho cargo de mis transportes perdularios por la ciudad nocturna se había tomado la molestia de devolverme a casa a las primeras del alba.
No he vuelto a poner un pie en Sevilla, pero aún guardo mi última visión de la ciudad: bajo la luz encarnada de la Estación de Córdoba -aquel palacio moro hecho de hierro colado y de ladrillo rojo-, justo antes de desplomarme en la banqueta de madera de mi vagón, la vi pasar de nuevo, estoy seguro, como una aparición su estela verde, la ancha pamela tocada de plumas tropicales ocultando aquel rostro de diosa que había podido contemplar tan de cerca, junto a los grandes ventanales del Hotel Alfonso XIII. Tras ella desfilaba un séquito  de hombres y mujeres de inquietantes semblantes y aspecto conocido. La sombra militar de Millán Astray, fácilmente distinguible entre la turbamulta de curiosos y pasajeros, certificaba mis presagios. Quien quiera que fuera aquella extraña princesa a la que ahora el general despedía al pie del andén, viajaba a Madrid en el mismo tren que yo, junto a una guardia pretoriana de indios enigmáticos y torvos saltimbanquis.
Mis nervios estaban rotos, lo mismo que  mi memoria, así que renuncié a hacerme más preguntas y me arrojé tan pronto como pude otra vez en los brazos de Morfeo. Como en un carrusel regresaron en sueños las imágenes inciertas de aquellas dos jornadas. En algún momento sentí o creí sentir una mano suave en mi hombro y una voz que venía de un lugar muy lejano, más allá del amor, más allá del deseo, más allá de la laguna de Guatavita y que dulcemente me decía al oído: “Balboa…”
Me desperté sobresaltado, ante a mí, el revisor cuyo rostro me resultaba vagamente familiar, me devolvía mi billete troquelado al tiempo que me tendía un sobre:
-Tome. Me lo ha dado ella para usted.
Pero yo ya no tuve fuerzas para abrirlo.
Llegamos de noche a la Estación del Mediodía, a lo lejos, en los primeros vagones se había desatado un pequeño tumulto y parecían relampaguear lámparas de magnesio. Un mozo de cuerda me informó de que varios reporteros de distintos medios internacionales, esperaban a la bellísima actriz colombiana Margarita Salvados, embajadora de su patria en la Exposición de Sevilla, adonde se había desplazado con toda su compañía teatral y que en seguida regresaría a América para protagonizar una película en los Estados Unidos y contraer matrimonio con el célebre torero mejicano Mario Balboa, el Conquistador.
Al día siguiente, como todos los lunes por la tarde, me presenté en la tertulia, sobre el blanco velador de mármol mis colegas habían dispuesto un retrato solemne de Rubén Darío, con todos los entorchados de su rango diplomático, junto a un jarrón de flores. Con todo, lo que más llamaba la atención era el enorme cartel que colgaba entre las dos columnas de pórfido rojo del café que repetían nuevamente los versos de la “Salutación del optimista”: ínclitas, razas, ubérrimas, pero no había terminado de leerlo cuando, en medio de sonoras carcajadas, alguien tiró de un cordel y en letras floridas y tropicales pude leer sobre una sábana: “Viva Hamlet, príncipe de Cundinamarca”.
No esperaba menos, aquellos eran tiempos heroicos, y hasta los tristes y famélicos poetas sabían en qué fiestas merecía la pena gastarse los dineros. Sonreí, bajo mi chaleco, aún con restos de perfume y de carmín, llevaba el retrato de Aquiminza.

Aquiminza, la princesa muisca a la que hice mía en un crepuscular hotel de la Gran Vía dos semanas antes del crac del 29.

-FIN-

El cartel de la exposición sobre la Expo del 29 (Fuente: ABC)

Monumento a Rubén Darío en el Parque de María Luisa (fuente http://www.unaventanadesdemadrid.com/)


Salvador Bacarisse - Romanza del concertino para guitarra y orquesta.

martes, 1 de marzo de 2016

Académica


Medida por medida

[Declaración universal sobre la integridad de la Coca-Cola]



Los sumilleres y los adictos sabemos que no existe una fórmula secreta. A diferencia de otros hidrocarburos como el petróleo, con el que está ligeramente emparentada, la producción de Coca-Cola está vinculada al único yacimiento encontrado hasta la fecha en Atlanta, en 1886. Todas las prospecciones posteriores han resultado fallidas. Pese a los denodados esfuerzos de Pepsi, cuyos sondeos en geografías tan inciertas como Alaska o la Antárdida repercutieron en aquel engendro transparente denominado Pepsi-Crystal, la hacendosa competidora de la matriz georgiana ha tenido que seguir conformándose con la adulterada sobreexplotación del afloramiento secundario de Carolina del Norte; apenas un venero ramificado a través de la complicada y laberíntica galería de acuíferos que conecta ambos estados, y que perjudica estrepitosamente el sabor original como consecuencia de la sedimentación de azúcares de aluvión.

Fue durante la Gran Depresión, y para evitar la especulación que hubiera podido derivarse de un acopio descontrolado de reservas, lo que hubiera podido hacer tambalearse al monopolio, cuando se circuló la idea de que la producción de la bebida, cuyo sabor y efectos ninguna compañía lograba reproducir, tenía una base alquímica. Numerosos imitadores despistados por esta verdad universal, han intentado remedar infructuosamente desde entonces una receta imposible.

Aquellos fueron los mejores años para The Coca-Cola Company, cuyos cuarteles centrales, firmemente asentados sobre el gran oleoducto que bombeaba incesantemente la chispa de la vida, hacían inexpugnable el yacimiento a la comunidad científica y mitigaban, con una gran inversión publicitaria en desinformación, todo conocimiento sobre los efectos secundarios del preciado néctar, cuya magnitud aún se ignora.

En la década de los setenta aparecieron los primeros signos de agotamiento de la explotación, profundos estudios estimaron que la vida útil del yacimiento, que antes se consideraba prácticamente ilimitada, apenas se prolongaría tres décadas más. Extraños movimientos tectónicos habían reducido a extremos alarmantes la bolsa de crudo.

Ante lo desesperado de la situación se ideó una estrategia que aún padecemos y a la que adictos y sumilleres hemos asistido inermes.

A principio de los ochenta apareció la aciaga Coca-Cola Light a la que luego sucedieron la Coca-Cola sin cafeína y, posteriormente, la inexplicable Coca-Cola Zero, además de toda una legión de derivados formados por la combinación y permutación de estos productos rebajados.

Mediante un proceso de destilación y refinado, que no tuvo nunca en cuenta el paladar del público, los ingenieros de The Coca-Cola Company lograron multiplicar por cinco el rendimiento de las extracciones y ampliar la vida útil estimada en, al menos, cinco décadas más. Es cierto que para ello hubieron de promover nuevos estilos de vida, denominados “saludables”, pero no era un reto nuevo para quienes habían conseguido fagocitar los sueños infantiles del pueblo americano mediante el colorado emblema de Papa Noel.

Este plan, ejecutado en los últimos treinta años, alcanza ahora su fase final, cuando, prácticamente inencontrable la Coca-Cola íntegra, se han camuflado los envases sometidos a una ceremonia de la confusión en sus embalajes que impide, en cualquier circunstancia, asegurar una provisión legítima.

Es por esto que adictos y sumilleres hemos decidido hacer pública, no la fórmula -sí la combinación- que permita restituir en todo caso la Coca-Cola primigenia con la plenitud de sus cualidades organolépticas, en el convencimiento de que no podemos ceder a las pretensiones uniformadoras de quienes se ha enriquecido mediante la sobreexplotación de un bien natural escaso.

Así, en caso de necesidad, y como nunca habrán de faltar derivados en el entorno doméstico, se deberá disponer de las siguientes cantidades: un tercio de Coca-Cola Light, un tercio de Coca-Cola Zero, un tercio de Coca-Cola sin cafeína que, convenientemente agregadas, agitadas y removidas, retornarán una medida de Coca-Cola íntegra en todo su esplendor.

En el caso de disponer de derivados de segundo orden, como la Coca-Cola Zero sin cafeína o la Coca-Cola Light sin cafeína o cualquier otro brebaje, conocido o por conocer, la combinación debe afectarse por el coeficiente oportuno, siempre múltiplo o cociente de dos, en función de la suma de medidas disponibles.

Sabemos a lo que nos exponemos al revelar tan graves secretos, pero de no hacerlo habríamos renunciado a los más altos principios de autenticidad y alegría natural que por más de un siglo ha representado esta bebida universal, hoy por desgracia, en peligro de extinción.


PARA MÁS INFORMACIÓN: EL LECTOR DE AMANAQUES.

lunes, 29 de febrero de 2016

Inclítas razas ubérrimas (XII)

En capítulos anteriores...
Capitulo XI: aquí
Capitulo X: aquí
Capítulo IX: aquí
Capítulo VIII: aquí
Capítulo VII: aquí
Capítulo VI: aquí 
Capitulo V: aquí 
Capítulo IV: aquí 
Capítulo III: aquí 

Capítulo II: aquí.
Capítulo I: aquí


A través de las sombras crucé el atrio del recinto. El edificio estaba flanqueado por dos torres barrocas, como campanarios de estilo colonial, que ensartaban la noche con sus altos pináculos, donde se desdibujaban, entre columnas salomónicas y remates grotescos, centinelas de yeso, ciegos y crueles. Desde lo alto de la fachada, sustentado por dos emplumados atlantes en posición reverente, un cóndor de piedra asía con sus garras el blasón restaurado de la Gran Colombia. Sus ojos milenarios me escrutaban mientras mis piernas temblorosas se aproximaban al umbral alentadas por la curiosidad y el remoto ardor –o eso creía yo- de la sangre de mis ancestros. Mi corazón latía al ritmo de los tambores, cuyo ritmo e intensidad creció hasta detenerse súbitamente en el instante en el que alcancé la linde señalada por dos breves monolitos con forma de serpiente enroscada que nacían del suelo. Frente a mí, cercada por dos esfinges hieráticas de senos poderosos, se abría una cancela de hierro forjado, erizada como las fauces de un leviatán. Al fondo ardía una hoguera que apenas revelaba más sombras estremecedoras. En mitad de un silencio solemne franqueé la entrada del pabellón como quien cruza la puerta del infierno, mientras musitaba una oración y –pero ¿qué otra cosa podía hacer?- encomendaba mi vida al abolengo de mi antepasado Vasco Núñez de Balboa.
Apenas traspasé la puerta, dos brazos de acero, a izquierda y a derecha, frenaron mi paso y me sostuvieron en el aire mientras se reanudaba, aún con más fuerza, el redoble de los tambores, acompañados esta vez por un coro de voces tribales e instrumentos musicales primitivos. En cuanto mis ojos se aclimataron a aquella temblorosa oscuridad, pude ver, apostada sobre una galería superior, soportada por una balaustrada de columnas toscanas, toda una muchedumbre semidesnuda y emplumada, con máscaras de oro y el cuerpo pintarrajeado de estridentes colores e ignotos jeroglíficos cuya sincopada vocinglería componía una plegaria  a una deidad desconocida: “¡Bachué, Bachué, Bachué, Bachué, Bachué!”.
El ruido me aturdía hasta el desmayo, pero alguien  hizo sonar una suerte de bocina y nuevamente se instauró un silencio sagrado, solamente interrumpido por el gorgoteo de una fuente ubicada en el centro de aquel patio sin nadie al que se asomaba la tribu. Bachué debía de ser aquella Venus de granito negro que, con las piernas enroscadas como las serpientes del umbral, nacía del centro de las aguas y ascendía, erguidos los senos y juntos los brazos como una flecha, coronada por los rayos del sol, igual que una madre nutricia.
Justo entonces pude oír de nuevo aquella voz amada y conocida:
-¡Extranjero, ha llegado tu hora! Demuestra ante los bravos guerreros y los venerables sacerdotes del Zipazgo que eres digno sucesor de aquella estirpe que cruzó los océanos para ultrajar la memoria sagrada de El Dorado. El destino ha querido que nuestros pueblos, a pesar de la sangre derramada a través de los siglos, se fundan en una nueva dinastía que alumbre con su vigor renovado, esta era moderna de imperios y de reyes.
Por la escalera imperial descendía la princesa Aquiminza, desnuda, cubierta solo de una fínisima película de polvo de oro. Y los grandes bucles negros caían otra vez sobre sus hombros y dos grandes esmeraldas eran sus grandes ojos fijos, fosforescentes. A su lado, un hombre de menor estatura y rostro aindiado, seguramente un sacerdote, cuidaba de que no tropezara. Se detuvieron a mitad de los escalones donde permanecieron un instante en silencio hasta que, de repente, se produjo una extraña descarga, como un relámpago. Desde allí, con los ojos en blanco, y señalando a la fuente el hombre exclamó:
-¡He ahí a Bachué, nacida de la mar y madre de los hombres, altar de las vírgenes más bellas a quien nuestros padres y los padres de nuestros padres consagraron a los niños nacidos por la gracia del Sol!
Aquel acento me era conocido, como también me resultaban familiares los rostros de los dos ayudantes emplumados que aún me sujetaban, no había duda de que formaban parte de la troupe galvánica que se había subido a las tablas al principio de la función de la noche anterior y que esta misma mañana se las habían ingeniado para procurarme los horarios del tren de miniatura junto al pabellón de Chile. ¿Pero, de dónde podría haber salido todo aquel tropel de gente, que de nuevo prorrumpía en una algarada sin fin desde los palcos del pabellón?:
-¡Bachué, Bachué, Bachué, Bachué, Bachué!
Decidido a cumplir con mi alto destino intenté desasirme de los esbirros que me atenazaban para abrazar a Aquiminza, pero me resultó imposible. El sacerdote chibcha mandó callar con un gesto a la multitud mientras tomaba de nuevo la palabra:
-Para asumir el honor de ser el padre del Zipa y heredero temporal del legado milenario del tres veces grande Tisquesusa, el pretendiente deberá demostrar primero el valor de su sangre ejecutando con sus manos el sacrificio ritual en la laguna.
Dicho lo cual se acercó a mí y puso en mis manos un cuchillo afilado  de obsidiana –momento en el que fui liberado por mis captores- y me quedé solo frente a la fuente de Bachué que otra vez gorgoteaba en solitario a la espera de acontecimientos. Recuerdo que en aquel momento se apagaron las hogueras y un aire gélido recorrió los patios: mi cuerpo y mi alma temblaron. ¿Qué o quién habría de ser sacrificado?
En la galería superior se oyó el llanto de un niño de pecho. Entonces decidí que ya era suficiente y mandé al cuerno a Balboa y a toda su progenie, cayendo desmayado a los pies de la diosa.
Pabellón de Colombia, 1929
"Bachué", de Rómulo Rozo,(1925) expuesta en 1929 en el Pabellón de Colombia en Sevilla
Pabellón de Colombia en la actualidad. Avda de la Palmera.
Pabellón de Colombia iluminado.

"Ran", BSO de Tōru Takemitsu

martes, 23 de febrero de 2016

Lisboa antiga - canción



Esta fue la sorpresa emocionante del viernes pasado en la presentación en Cáceres de "Gusanos de seda": el gran contrabajista cubano Yelsy Heredia ha compuesto este tema, al son del fado, sobre el poema "Lisboa Antiga". A la voz de Yelsy se suma la guitarra y la voz al portugués de David Tavares.

¡Qué bonito que en el primer poema que le traducen y musican a uno aparezca la palabra "saudade"!

Obrigado.

martes, 16 de febrero de 2016

Ínclitas razas ubérrimas (XI)

Capitulo X: aquí
Capítulo IX: aquí
Capítulo VIII: aquí
Capítulo VII: aquí
Capítulo VI: aquí 
Capitulo V: aquí 
Capítulo IV: aquí 
Capítulo III: aquí 

Capítulo II: aquí.
Capítulo I: aquí

[Interludio nocturno]


Se habían apagado los pabellones, pero en el parque aún perduraba una penumbra sentimental. Cándidas e incandescentes, las guirnaldas nocturnas promovían un fulgor misterioso. Hacía apenas un instante que el ímpetu azulado de los arcos voltaicos había dejado de lanzar a la noche los sus rayos jupiterinos y ahora la calma descendía a los palacios. Entre los árboles, hilvanados por un hilo invisible de luna, los globos de vidrio soplado, como las cuentas de un collar de perlas, trazaban el arco parabólico de una honda melancolía que corría a refugiarse en los estanques y glorietas, junto al monumento a Bécquer, donde aún se escuchaba el frufrú de las sedas y el latido jadeante de los abanicos del siglo XIX. Así, como esas luces, debían de ser las luciérnagas que aparecían en nuestros poemas y que nunca habíamos visto, brillantes y recónditas como los sonoros nenúfares de nuestro Villaespesa, a quien ya no admirábamos, pero al que todavía imitábamos los jóvenes poetas de la cuerda alcohólica. ¡Quién pudiera volver a aquellas horas! ¡A aquella noche mágica segunda en la que solitario y perdido en un parque romántico aguardaba la venida del tren de la aventura! Pero no, querido amigo, pasó ya la incauta juventud y solo me resta, al son remoto de las cuerdas del arpa y bajo la noche lejana del recuerdo, contarte así, como escribíamos entonces, que aullando entre las sombras al fin llegó la audaz locomotora, y que nadie más venía en los vagones que pararon ante mí -único pasajero de aquel ferrocarril fantasma- a la hora convenida, para luego otra vez precipitarse bajo el túnel del monte Gurugú y aceleradamente surcar aquel mapa de sombras y lejanas repúblicas, sobre rectas amplísimas y angostos corredores de verjas y de hojas hasta llegar en zig-zag, echando chispas los raíles, al innombrable Pabellón de Colombia. 
La gran Cundinamarca vestía sus galas más salvajes. De la puerta principal, entreabierta, surgía un halo rojizo, casi sangriento y un incesante golpe de tambores hacía retumbar la jungla de la Exposición.


Alcázar de Sevilla, Estanque

"Claro de Luna", Debussy

jueves, 11 de febrero de 2016

Presentación de "Gusanos de Seda" en Cáceres

Por muchas razones, todas afectivas, y no la menor de ellas el hecho de que mi padre -a quien pertenece este libro- naciera y muriera en esta vieja y tranquila ciudad del Oeste, la première universal de Gusanos de Seda será el próximo viernes 19 a las 20.30h en la librería Baba-Yaga de Cáceres, en la Calle Roso de Luna nº 20.

Abrirá plaza el Maestro Santos Domínguez y confirmará la alternativa el "impagable" amigo Pablo Pámpano, luego yo os echaré unos versos y nos iremos a tomar unas hojas de morera.

No deberías perderte este evento, una oportunidad única para hacerte con el libro, tanto es así que en los mentideros literarios ya es conocido como el SILK FRIDAY.

viernes, 5 de febrero de 2016

10 juguetes 10

No son todos, sí la mayoría, del 2015, pero en cualquier caso estos han sido -y son- mis diez juguetes favoritos del año pasado:

"Sésamo y lirios" de John Ruskin, Ed. Cátedra.
"Cuentos completos" de Marcel Schwob Ed. Páginas de Espuma.
"Rilke, el vidente y lo oculto" de M. Wiesenthal Ed. Acantilado.
"Los orígenes del Doktor Faustus" de Thomas Mann Ed. Dioptrías.
"Cuentos completos", Chéjov. Tomo III, Ed. Páginas de Espuma.
"Lo que nos cuentan las imágenes", E. H. Gombrich Ed. Elba
"Civilización", Kenneth Clark Ed. Alianza
"El Reino", Emmanuel Carrère Ed. Anagrama.
"Goethe" de Rüdiger Safranski, Ed. Tusquets.
"Perpetuar la belleza", Ingres, Ed. Casimiro.
(Excluyo, salvo en el caso de Wiesenthal, autores españoles y libros de poesía: otro día)

Ingres, "La condesa de Haussonville", 1845

lunes, 25 de enero de 2016

Ínclitas razas ubérrimas X

En capítulos anteriores:
Plaza de España
Capítulo IX: aquí
Capítulo VIII: aquí
Capítulo VII: aquí
Capítulo VI: aquí 
Capitulo V: aquí 
Capítulo IV: aquí 
Capítulo III: aquí 

Capítulo II: aquí.
Capítulo I: aquí


La prudencia  aconsejaba descansar en prevención de las emociones que aquellas citas nocturnas hubieran de depararme, pero la juventud es intrépida y una vez liberado por mi afortunada incompetencia de los programas oficiales no pude renunciar a pasar toda la tarde entre los pabellones de la exposición, dejando nuevamente para mejor hora la cuestión de mi alojamiento. Si había sobrevivido a un parapsicólogo, a una princesa Muisca y a una conspiración internacional no era cosa ahora de perder el tiempo en menudencias. Que los dioses de las junglas me amparasen.
Antes de aventurarme por aquel muestrario exuberante de edificios, apenas vislumbrados en mi raudal carrera hacia el vacío, sentía no obstante la necesidad casi fisiológica, de volver a poner un pie en tierra conocida.
La plaza de España, bajo el sol impetuoso de aquel día, abría sus brazos como una columnata ibera de Bernini que pretendiera abarcar a toda América, pero dados mis recién adquiridos conocimientos geopolíticos aquellas masas brillantes de ladrillo y cerámica se me antojaban dos inmensas pinzas de cangrejo rojo, inquietantemente imperiales. Frente al romántico parque de María Luisa, de altas copas y parterres secretos, la inmensidad de aquel espacio, solo interrumpido por una fuente triunfante, era inaudita y uno se sentía transportado a un palacio de otro mundo, lejano y misterioso, como los escenarios que aparecían en las novelas de Julio Verne[1]. Asustado o decepcionado por el pujante vigor de la patria me marché pronto de allí y deambulé de uno a otro pabellón, esparcidos sin un criterio claro a lo largo y a lo ancho de los terrenos más cercanos al río, lo que obligaba a acometer una larguísima caminata cada vez que se cambiaba de frontera.
No me atreví a acercarme siquiera al de Colombia, un terror sagrado me frenaba, yo era plenamente consciente de mis limitaciones y aunque no puedo negar que me atraía la libidinosa expectativa de cumplir con la misión encomendada por la raza como orgulloso descendiente de Balboa, solo la noche y sus embelecos, profusamente acompañados de licores, podría infundirme el ánimo preciso para continuar esta empresa misteriosa. Disculpará acaso mi lector por esta causa que apenas guarde recuerdo de lo visto en la exposición, las impresiones tan fuertes que luego me abordaron, sumadas a las que ya son conocidas, borraron para siempre memoria de esa mañana.  Apurando la niebla de las evocaciones sé que estuve frente a la gran fragata Sarmiento de Argentina, espiando de lejos los corrillos militares cuyos ojos sentía clavados en mi alma. Muy parecido a un velero, e igual en blancura y ligereza, era el alcázar que habían levantado los poderosos hermanos de la Pampa, si bien vacío por dentro como casi todos los edificios, en los que lo más interesante siempre parecía suceder fuera. No faltaba un tipo singular o extraño, cuando no toda una tribu -en el sentido exacto de la palabra- alrededor de las construcciones, algunos ejecutando danzas selváticas, otros ofreciendo por un precio inmoderado, chocolates y brebajes capaces de romper cualquier estómago. Cerca del pabellón de Chile, una mole rocosa y rosácea, como un Aconcagua en miniatura, crucé algunas palabras con un guardia de la facción andina, cuyo rostro me resultaba extrañamente conocido, pero que pese a mi insistencia negaba haberme visto antes:
-Lo siento amigo, yo soy un cóndor de paso, nací en Valparaíso y espero volverme a mi tierra cuanto antes, no hay quien se entienda con estos sevillanos, que apenas nos visitan. Yo creo que por eso los países se han ido llevando las colecciones de arte y los objetos preciosos. Para que no los vea nadie, mejor que se vuelvan a casa. ¿No le parece? Ahora, no se puede imaginar –añadió confirmando mis sospechas- cómo eran estos palacios hace apenas cinco meses, cuando las inauguraciones: en todos los pabellones rebosaban el oro y la plata precolombinos, como si no hubiera más cosas preciosas que exhibir y todos nos hubiéramos puesto de acuerdo en traer nuestro oro a la Torre del Ídem. Pero en nuestras salas, usted ya lo habrá visto, no queda ni el cobre.
En mitad de nuestra conversación se escuchó un fuerte silbido y hubimos de apartarnos precipitadamente, una pequeña y trepidante máquina de tren, a la que había engarzados varios vagones en miniatura de perfecta ejecución con seis o siete personas apretadas en cada uno, pasó junto a nosotros  arrojando octavillas al suelo. En los pasquines figuraban horarios y paisajes, como en un pequeño Baedeker.
Ustedes comprenderán que esbozara una sonrisa, mezcla de miedo y beatitud, cuando comprobé la hora del último convoy, con parada a las 23:30 en el Monte Gurugú.





[1] Cfr. Star Wars

Plaza de España de Star Wars

Ravel, La alborada del gracioso. Dir. Barenboim, Orquesta West–Eastern Divan 

domingo, 24 de enero de 2016

Rosa damascena

Ha florecido el rosal de Damasco
en el jardín colgante de mi casa,
partió de Samarcanda hace mil años
y permanece intacto su perfume.

Hechas de seda rosa y cachemira
¿son turbantes o cúpulas las flores?
La lenta rotación de las corolas
se asemeja a la danza de un derviche.

Desde el Oriente ignoto su misterio
atravesó desiertos y cruzadas:
las profundas espinas de sus tallos
han besado la sangre de los reyes.

En la penumbra de las abadías
alabaron al Dios de los ejércitos
y dijeron el nombre de María
sobre el libro de horas de los siglos.

Ahora colman de aroma mi balcón,
henchidas como frutos, silenciosas.

La rosa en mi balcón, abril de 2015













Rosal de Damasco, abril de 2015


 
/* Use this with templates/template-twocol.html */