jueves, 23 de abril de 2015

Un libro ideal para san Jorge

Aquí mi recomendación para el día del libro en el cuaderno de Noches Áticas: 
Caballería Roja de Isaak Babel.

Recupero, igualmente, el homenaje que desde EL LECTOR DE ALMANAQUES hicimos en su día a Babel:




Y lo dicho en este mismo cuaderno:

jueves, 2 de abril de 2015

El jardín prodigioso

[La Candelaria en los Jardines de Murillo]

Ha despertado la bella durmiente y en el jardín que selló la maleza hay un clamor de luz vegetal. Espinos, zarzas, cardos y acantos enroscados en las verjas con su escuadra inextricable de púas y corazas de leño, ceden ahora el paso a una lluvia malva de glicinias, de guirnaldas de rosas y pámpanos de oro. Las campanillas tintinean y un ascua de plata azul reverbera en la gruta prerrafaelita. A lo lejos aún ruge el dragón abatido. Bajo el encantamiento de una luna creciente somos caballeros del Grial y entramos en el templo ungidos de pureza, con la cota de malla y la espada de fuego.


(Estampados, William Morris, 1834-1896)

Entre viento y madera

Oigo lo que veo, dijo Stravinsky, y Miles Davis levantaba el largo alambique de su saeta. La inverosímil arquitectura de la ciudad excesiva te ha atraído a esta esquina, a este juego de espejos y callejas cubistas, para que veas la música. Suena la noche y su campana fúnebre, suena el naranjo y su dulce fagot, suena la cera de los clarinetes y el fuego salvaje de los saxofones, suena el balcón vacío como arpa del tiempo. En el hondo equilibrio de sonidos y espacios, con su amplia tramoya de casas encaladas y prodigiosas máquinas igual que galeones, otra vez te preguntas por la obra de arte y buscas un sentido a la lágrima hueca que te vela los ojos. Quieres ver más allá de las puertas del mundo, más allá del teatro y escenario barroco que te ocultan la luz. Pero no te está permitido cruzar al otro lado de las sombras porque aún te veda el paso la música exaltada de la vida.



Sevilla, 1921. El coreógrafo ruso Diaghilev y al compositor Igor Stravinski asisten a los defiles procesionales de la Semana Santa. 

miércoles, 1 de abril de 2015

Air Requiem

El hermano de un amigo muy querido de la familia ha perdido la vida en el vuelo 4U9525. Estas palabras van dedicadas a su memoria y a las de todas las víctimas.

AIR REQUIEM

[4U9525]


Ingrávidos,
durmientes,
eternamente ajenos,
transitáis el abismo de las nubes.

Como un planeta,
a la deriva entre las cumbres
y los hielos perpetuos,
surcáis el horizonte hacia el ocaso.

Pasajeros del cielo.

Así la tierra que os recibe
orbita por los siglos de los siglos
bajo la bóveda radiante,
entre un rayo de sol
                             y otro rayo.

Y aunque nada sabemos,
aguardamos la luz.




"Ven dulce muerte", J. S. Bach orquestado por Leopold Stokowski


En el concierto del jueves pasado, el Maestro Halffter incluyó esta propina, creo yo que como homenaje a las víctimas del 4U9525, a mí me conmovió en lo más hondo, por su solemnidad, espiritualidad y recogimiento.

domingo, 29 de marzo de 2015

Capricho ruso del Domingo de Ramos

Para el Doctor Lutgardo Zhivago, que abrió las puertas del tiempo.


El azahar de todas las rusias impera en callejas y patios. Ungida por la nieve, la ciudad narcótica alza las cúpulas de sus naranjos al ortodoxo cielo de la plaza. Aún penden de las ramas los luminosos frutos como esmaltados huevos de Fabergé, pero pronto la noche blanca anunciará la aurora sobre el farallón de ladrillo rosa cortado a plomo en San Basilio. La iglesia del Divino Salvador hará tañer la balalaika inmensa de su fachada y tronarán los campanarios de la estepa: mañana se va abrir la gran puerta de Kiev y a lomos de un pollino el Cristo de la taiga bendecirá desde la rampa del icono la tierra colmada de almendros en flor.

Y acaso la belleza salve al mundo.[1]





[1] (Cfr. “El Idiota”, Dostoivesky)













sábado, 14 de marzo de 2015

El terremoto de Lisboa (II)

El otro día se decía...


Agachado junto a la reja, mientras lanzaba piedrecitas contra el ventanuco de María, podía escuchar al coro de mujeres que trajinaban cerca del pozo:

-Pues ha pintado su nombre en la barca.
-Y tú qué sabrás, si no bajas nunca a la playa.
-Yo solo sé que esa mosquita muerta lleva ya tres días encerrada y que aquí faltan manos para tanta faena.
-Pero el ama dice que está enferma.
-¿Enferma? ¡Ja! La única enfermedad que tiene esa tonta es haber mordido el anzuelo.
-Como se entere su padre la mata.
-¿Y cómo no se va a haber enterado, si todo lo que aquí se dispensa lo lleva la brisa a Villamanrique en un decir "Jesús"?
-¿Sabéis que el padre de María y el padre de Rodrigo se acuchillaron hace diez años en la almadraba de Torre Higuera?
-Niña, ¿y a ti quién te cuenta esas cosas?
-Es que esta también anda en tratos con el guardián.
Todas rieron, el guardián de la finca, medio ciego y sordo, rondaba ya los setenta años, todos los días se sentaba a dormitar en la puerta trasera del palacio, junto a su perro, casi tan viejo como él, como una parte más y no la menos importante del encalado y desgastado blasón de los Sidonia
-¡Pero qué jaleo es este!– La guardesa irrumpió en mitad de la faena, atraída por las sonoras carcajadas que a través de los pasillos y bóvedas habían resonado en las habitaciones de los señores, donde dirigía las labores de  guardarropía.
-¡Mirad que os quedáis mañana sin fiesta! Venga sacad agua ya de una vez.
Pero ni aún así cesaron las risas, el joven Rodrigo que se había apartado prudentemente del muro hacia las plantas más altas del huerto, veía a las muchachas a través de la tupida red púrpura de las últimas buganvillas del año, como un siglo y medio después hubiera podido ver Proust a las muchachas en flor en el balneario de Balbec.  
Un grito sordo y el unísono estallido de un cántaro rompieron la felicidad de la mañana.
-¿Qué te pasa Lucía? Estás temblando.
-¡No hay agua en el pozo, madre! Yo lo he visto, se ha ido a lo hondo. ¡Es como si la hubiera sorbido el diablo!
Sorolla, "Alberca del Alcázar"



miércoles, 11 de marzo de 2015

Spiegel im Spiegel

[Arvo Pärt, "Espejo en un espejo"]


No puedes poner nombre a la tristeza
cuando es tan clara y pura que parece alegría.

Mira ahora tu vida
suspendida en la música
como en una película.

Todos los rostros que te amaron,
                                                y que amaste,
aparecen, de pronto,
en el tiempo sin tiempo del sonido.

La caricia segura de tu padre,
tus hermanos, riendo en la escalera,
los besos de tu madre y de tu novia,
la mirada de asombro de tus hijas.

Sobre el lento obstinado de las notas
se revela la vida,
frágil como una lámina de hielo
y, al mismo tiempo, eterna.

Así ve Dios el mundo, de una vez.

Espejo ante el espejo, geometría
de instantes y  memoria, dime
¿qué nombre pongo ahora a la tristeza?[1]




[1] No puedes poner nombre a la tristeza
cuando es tan clara y pura que parece alegría.

Mira ahora tu vida
suspendida en la música
como en una película.

Todos los rostros que te amaron,
                                                y que amaste,
aparecen, de pronto,
en el tiempo sin tiempo del sonido.

La caricia segura de tu padre,
tus hermanos, riendo en la escalera,
los besos de tu madre y de tu novia,
la mirada de asombro de tus hijas.

Sobre el lento obstinado de las notas
se revela la vida,
frágil como una lámina de hielo
y, al mismo tiempo, eterna.

Así ve Dios el mundo, de una vez.

Espejo ante el espejo, geometría
de instantes y de memoria, dime
¿qué nombre pongo ahora a la tristeza?[1]

viernes, 6 de marzo de 2015

El terremoto de Lisboa (I)

Como los duques habían partido para Sevilla por la mañana temprano para acudir al oficio divino al día siguiente en la catedral y solo permanecían en el palacio la guardesa con su cuerpo de servicio, no tuvo dificultad alguna para internarse por el amplio patio hacia las cocinas y alacenas.  

Al pasar junto a los pabellones aún pudo admirar, alineadas por especies, las piezas cobradas por los señores y sus ilustres invitados los días anteriores. Durante dos semanas no habían dejado de atronar los arcabuces en el coto, ahuyentado incluso a la pesca. Ahora, ya entrado el otoño y a punto de llegar el frío, que aún se resistía, pues el sol seguía luciendo extrañamente radiante, vendrían días más sosegados para los nativos, aunque menos provechosos para la bolsa. 

La víspera de Todos los Santos era el último día de aprovisionamientos, había que acudir al rayar el alba para recibir el último pago, incrementado, con un poco de suerte, por la prodigalidad de los amos. Mientras el séquito se alejaba al galope por la Raya Real levantando una polvareda de oro, repasó mentalmente su plan. Había apartado un canasto de pescado fresco para los padres de María Niña, esta sería la excusa si alguien le daba el alto. Ahora tenía ya la última cancela a la vista, atrás quedaban las cabezas de jabalí con sus colmillos retorcidos, más afilados que sus anzuelos, y las cuernas repetidas de los ciervos y gamos, espectrales, como un bosque de árboles secos.






sábado, 28 de febrero de 2015

Heideggeriana

Viento del ser, condúceme hasta el claro
del bosque por senderos de palabras y hojas
tamizadas de luz y de conciencia pura.

Viento del ser, concédeme el lenguaje
ligero de los pájaros, la rama
donde mirar al sol para aguardar la noche
y hundirme en el crepúsculo de Dios.

Derriba la cabaña del pensar,
viento del ser, que todo sea acción,
acción y voluntad fundadora del mundo.

Tú que agitas las copas de los árboles
sacude nuestra angustia al filo de la muerte
y extiende nuestro tiempo más allá del abismo.






Ya Rabbi Yasou

[Libia, 21 de febrero de 2015]

Habíamos borrado
el nombre de Jesús de Nazaret
y su bonita historia:
ese cuento de hadas
que arrullara a Pascal en las noches de abismo,
ese film de la Disney
que entretuvo a Descartes
e inquietaba a Unamuno.

Cosas, en fin, de niños y de bobos…

Que por algo teníamos pantallas,
pantallas y pantallas de pantallas,
toda una gran pirámide de luz
a mayor gloria de Horus.

Y he aquí, de repente, ante nosotros,
con la veste naranja de los condenados,
ventiún hombres justos.

No miréis a la Bestia detrás de la pantalla,
mirad sus labios puros,
cómo dicen el Nombre que atravesó el desierto
desde los días de Atanasio
-no digas que fue un sueño, Alejandría-
sobre lenguas de fuego.

El mar de Galilea recoge vuestra sangre
como un cáliz inmenso y un sudario infinito,

Oigo, mientras escribo, la carcajada,
la carcajada truena desde antes del mundo,
pero miro la sangre,
cómo entra la sangre por la puerta de casa.

La risa es un cuchillo para cortar cabezas.

Ventiún hombres justos,
ventiuna coronas sobre el cielo de Egipto.



domingo, 15 de febrero de 2015

Canción triste de Hill Street

Érase
            una ciudad de provincias
gremial y mesetaria,
de toda la vida.

Monumental a cachos,
un sí es no es levítica,
con dos cines y medio
y un aire a Rumanía.

Las tardes de domingo
-transistores y misa-
volvíamos a casa
por calles amarillas. 

(Gol en las Gaunas,
penalti en la Condomina). 

Luego, en la cena,
huevo y patatas fritas,
mirábamos la tele
como quien mira la vida.

-Tengan cuidado ahí fuera.

Pero fuera crujía
la gran rueda del tedio
y la monotonía.

A menudo me acuerdo
de la ciudad tranquila,
en el lejano oeste
vieja y dormida.






domingo, 25 de enero de 2015

Castillo de la Calahorra

[Sierra Nevada] 
Una rapaz gravita
en torno de las torres silenciosas
y en el paisaje inscrita
queda la luminosa
elipse de sus alas poderosas.

La soledad del alma
como el castillo erguido en el otero:
la eterna nieve en calma,
los sillares severos,
labrados por la luz dura de enero.

Castillo de la Calahorra desde la A-92 (Granada, 9 de enero de 2015) 


Castillo de la Calahorra (Granada) Fotografía: www.otroscaminos.es

Castillo de la Calahorra (Granada). Fotografía: www.ocholeguas.com


viernes, 26 de diciembre de 2014

Burladero Baudelaire (XII y FIN)

Capítulo V
Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I 

Regresé por fin a París una mañana de mayo. Entré por la parte norte, pero, pese al brillo calcáreo aunque algo más desvaído de las cúpulas del Sacré-Cœur,- siempre en la cúspide de los panoramas-, tardé en reconocer aquellas vistas queridas en las que el camino rural se transforma en calleja primero y las casas van sucediendo a las parcelas y molinos emparrados. Habían arrancado la mayoría de los viñedos y las callejuelas de tierra eran mucho más anchas y estaban empedradas.

No había casi nadie en las calles, de cuando en cuando pasaba una camioneta militar repleta de soldados, pero con un uniforme que yo no conocía. Rodeado de la bruma persistente que me precedía, tampoco en la ciudad resultaba yo visible para nadie. Di varias vueltas alrededor de la colina hasta que, movido por el dolor o la curiosidad, encontré o creí encontrar el lugar donde, al menos, podría, ya que había perdido toda esperanza, reclamar alguna explicación.

El oscuro y ciego callejón estaba tapiado, en su lugar una puerta alta y estrecha de madera, sin timbre ni aldaba y pintarrajeada de blanco, exhibía un cartel mal clavado cuya tipografía no me era desconocida, en letras grandes y rojas, perfiladas en negro, podía leerse: PCF S. XVIIIE A.[1] 

Llamé varias veces, pero no hubo respuesta.

Evité pasar junto a la casa de mi madre. Un andamio horrible enfundaba el campanario y las vidrieras de Saint Germain l'Auxerrois y en los almacenes de la Samaritaine, también vacios de gente, había crecido una pátina óscura y decadente sobre los mosaicos.

Crucé al otro lado del río por el Pont Neuf. Al asomarme al Sena, que aún discurría plácido y sereno, como en mañana de domingo, me pareció percibir un tumulto lejano. Subí camino de la Sorbona por Saint Michael, como en mis primeros años de estudiante. En los balcones de los edificios colgaban banderas rojas y negras cuyo significado se me escapaba y enormes sábanas blancas en las que podían leerse frases absurdas para alguien recién llegado del frente como “Debajo de los adoquines está la playa”.

La lejana algarabía creció hasta convertirse en un tropel que corría en todas direcciones gritando consignas, coreando estribillos y lanzando octavillas de papel. Más lejos se adivinaban los cascos de algunos caballos y el inconfundible y perfeccionado aroma del gas lacrimógeno.

Entonces lo vi.

Envuelto en un apretado jersey morado de cuello alto, rodeado de alumnas bellísimas y discípulos desgreñados, siempre apoyado en su bastón, avanzaba en volandas por el bulevar dando órdenes precisas a unos y a otros. La gendarmería no se atrevía a rozarlo por su calculado aire de maestro o filosófo que extendía ante él y los suyos un halo protector. La comitiva tenía el aire de aquellas fiestas que yo tan bien conocía, a su paso se sumaban más y más jóvenes que, como en el cuento de Hamelín, arrasaban con todo y eran ya legión.

Al pasar junto a mí la niebla se disipó y yo me estremecí esperando lo peor (¿y qué podría ser ya lo peor?), sin dejar de atender a la cuidada puesta en escena de su parada clavó en mí sus ojos vidriosos mientras con la punta del estoque, que para él hacía las veces de bastón, señalaba la enorme pintada a mi espalda: " Yo decreto el estado de felicidad permanente." 

Y me fui tras él.

FIN


[1] Parti Communiste Français Section du 18E Arrondisement.  Partido Comunista Francés, sección del distrito XVIII. NOTA DEL EDITOR.



Burladero Baudelaire (XI)

Capítulo V
Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I 

Entonces lloré amargamente y caí desmayado sobre el barro...

Deserté.

Durante la noche deambulaba por los páramos y rondaba granjas solitarias o abandonadas para robar comida. Por el día me ocultaba en alguna hondonada al resguardo de la caliginosa neblina que no se había separado de mí desde el ataque que determinó mi huida.

Había decidido no encaminarme a París, al menos mientras en el horizonte aún latieran los resplandores rojizos de la Gran Berta y no cesara el estruendo sordo de los morteros. De lejos veía desfilar, una tras otra, las grandes columnas de los ejércitos, cuyo uniforme cambiante pero unánime tristeza confundía mi valoración de los hechos, ¿eran alemanes o franceses? De cuando en cuando surcaban el cielo, atronando el paisaje, aviones de una solidez y envergadura para mí desconocidas. ¿Y qué significaban aquellas insignias rojas, con una cruz gamada en su centro, tan semejantes a algunos de los símbolos esotéricos con que me había iniciado?

Pasadas algunas semanas y tras algunos altercados con los campesinos, que invariablemente huían ante mi presencia, llegué a convencerme de mi invisibilidad e incluso me acerqué a las líneas de ataque, pero nada aclaraba mi confusión: aquellos carros de combate, despiadados, como un cruce de elefante y oruga, debían ser el arma secreta de la que tanto se había hablado al principio de la guerra. Desesperado, abría a veces al azar el libro maldito y fiel que era, todavía, mi única compañía bajo los astros:

Homme libre, toujours tu chériras la mer![1] 

Como cada vez me resultaba más difícil encontrar víveres, me dirigí hacia las playas. Se acercaba el verano. Quizá en algún puerto de pescadores podría encontrar el anhelado sosiego que me estaba vedado.

Una mañana, muy temprano, ya cerca de las costas, asistí a un espectáculo no menos inesperado que sublime: el cielo se pobló de un enjambre de hombres que bajaban del lo alto iluminados por el sol. Unas alas  inmensas ralentizaban su vuelo  de Ícaro, sin embargo, apenas se hubieron posado en el suelo, fue atrozmente ametrallado desde unas oscuros fortines enterrados que asomaban su amorfa cabeza de paquidermo. La visión de aquellos cuerpos desangrándose, que un instante antes habían formado parte del coro de los ángeles, superaba en horror a todo lo que había visto hasta entonces.

Comprendí que daba igual hacia dónde caminara, la destrucción era mi compañera y el infierno mi morada.


¿Continuará...?




[1] Hombre, libre, siempre querrás el mar. L’homme et la mer, Ch. Baudelaire (Op. Cit).

martes, 16 de diciembre de 2014

Burladero Baudelaire (X)

Capítulo V
Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I 

Y yo solo anhelaba morir.

Aceptaba o me presentaba voluntario a todas las misiones sin importarme el riesgo. A los mandos no se les escapaba esta tendencia aniquiladora y eludieron condecorar mi temeridad que era el verdadero nombre del valor. Mi reputación no era la del héroe, sino la del villano que retorna indemne del último cercado mientras una compañía entera yace esparcida como las tripas de un caballo de picar sobre un terreno aguanoso y calcinado. A medida que el espanto se apoderaba de los hombres crecía el odio que regularmente me profesaban. Salía solo a las exploraciones y batidas. ¿Quién se hubiera atrevido a acompañarme a la busca de una muerte cierta?

Pero no moría.

En el invierno de 1917 me trasladaron a Verdún. Allí la gran maquinaria del Maligno estaba reventando su carro. No era la primera vez que cambiaba de batallón, mi actitud huraña e irascible provocaba el malestar de la tropa. Hubieran debido fusilarme, pero tampoco se atrevieron, así que optaban por cambiarme de líneas; para algunas funciones suicidas era insuperable. Como una sombra errante fui recorriendo todo el frente occidental. Una fama abominable me precedía: en Artois un obús había estallado a dos pasos de mí enterrando a diez hombres; en Cambrai un tanque volcó sobre una zanja aplastando y mutilando a otros tantos; en Arrás, en el silencio de la noche, un proyectil silbó e impactó contra mi casco, pero un funesto rebote destrozó la frente de nuestro sargento.

Desde los fortines de la ciudadela se divisaba una irregular sucesión de colinas, las hileras de los chopos elevaban sus raquíticos esqueleto negros sobre la tierra removida en la que se dibujaba un mapa amorfo de empalizadas de hueso: la cartografía de una gusanera. Bajé pronto a las trincheras: la madera podrida por el agua ciega, las importadas ratas de las villas, las chinches y las pendencias entre los soldados por un mal trago de aguardiente turbia eran el espejo perfecto de mi alma vacía.

No sentí llegar el gas.

Un fogonazo me deslumbró, abrí los ojos a una niebla densa y fosforescente, las sombras de mis compañeros se desplomaban entre espasmos y gritos. A mí al principio el dolor me desconcertó, un fuego abrasador quemaba mis pulmones y mi garganta. Me temblaban las piernas y los brazos. No podía escapar del halo verdoso de la bruma, hipnótico como la absenta. Las convulsiones dieron pronto paso a un sentimiento de anómala beatitud. Ante mis ojos, como en la linterna mágica de mi niñez, se fueron proyectando sobre la pantalla del humo todos los horrores en los que había participado desde que traspuse el umbral de la casa de des Saintes. Entonces lloré amargamente y caí desmayado sobre el barro.






lunes, 15 de diciembre de 2014

Burladero Baudelaire (IX)

Capítulo V
Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I 

Entonces, claro, estalló la guerra.



¿Quién hubiera podido vaticinar la magnitud de la hecatombe? Los horrores del frente, sin embargo, resultan menos atroces o al menos más inteligibles que la memoria jubilosa y festiva de aquellos días. Las calles y balcones de París se llenaron de banderas como en el catorce de julio. Tanto en los primeros distritos como en los últimos suburbios columnas de niños y niñas con cascos de papel, bayonetas de madera y cañones de hojalata jugaban a la guerra en los jardines. Las oficinas de alistamiento no daban abasto y las tropas formaban en las plazas y bulevares. Antes de partir a la frontera las mujeres sacaban aún brillo a las guerreras de sus hombres quienes, investidos con el uniforme de Francia, destilaban ímpetu y ardor. Aquellos pobres incautos creían que estarían de vuelta en casa con un casco prusiano por trofeo antes del invierno. Habían usurpado la gloria  de forma temeraria, como corderos llevados al matadero.

Ignoro si había un lugar para la conflagración en los planes de Faustin de Saintes, aunque no debía resultarle del todo ajena, pues una tupida red de informadores, de Madrid a Estambul, recalaba regularmente en nuestro local. Tampoco sé a ciencia cierta si aquello servía favorablemente a sus propósitos o si, sometido a otros dictámenes más altos, simplemente cumplía su parte como envilecedor de las costumbres, condición sin duda necesaria para la desmedida tarea que habría de ocupar a gobiernos y naciones durante los siguientes cuatro años.

No hubo una institución académica o mercantil que no rindiera honor a sus héroes antes de la despedida y el BURLADERO no fue una excepción. Nunca la Marsellesa ha derramado un torrente más ebrio de sangre en las gargantas que aquella noche impura en que el redoble de los tambores hizo tronar la inmensa bóveda de Montmartre hasta hacer tambalear sus cimientos. Sobre el tableau toda una orden súcuba de Mariannes apenas enfundadas en banderas de la República cantaban a coro jaleadas por los hondos cantaores de la madrugada y el brillo dorado de los trombones americanos que recientemente habían inyectado a nuestras noches el agua densa y ponzoñosa del Mississipi. Cambiando su acostumbrado sombrero cordobés por el gorro frigio, de Saintes hizo un brindis por la victoria de Francia. Como súbdito extranjero, viejo y lisiado, él no podía acompañarnos al frente, pero habríamos de sentir su presencia, sus alas baudelerianas de albatros protector. Recuerdo que pensé con alivio que, con un poco de suerte, no lo volvería a ver.

En este punto me falla la memoria, recuerdo nuevamente el estremecedor redoble de los tambores y los rostros difusos de Amparo y Ondine, de quienes llegué a despedirme apropiadamente, pero poco más. Acaso la vaga imagen de una guillotina de attrezzo -¿o era quizá verdadera?- y siempre un coro pertinaz que reclamaba con creciente entusiasmo la sangre del káiser Guillermo si no cualquier sangre.


Por fin era libre, libre para marchar al frente, pero yo no compartía (no podía compartir) el júbilo de mis camaradas. En las almas de los condenados no existe la alegría, ni tampoco la tristeza, solo el tedio, un tedio indefinible y agotador. Me enviaron al Marne. En mi petate llevaba únicamente, además del equipaje reglamentario, un ejemplar mustio de “Las flores del mal”. 

Y yo solo anhelaba morir.



 
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