miércoles, 2 de septiembre de 2015

Trafalgar


Con Santos y Rosalía

Aquel día hubo bruma, pero hoy yo puedo verlos
gravitar sobre el agua como cuerpos celestes,
como lentos castillos de maderas y nubes.

Ante el hondo estruendo de dos siglos de pólvora
enmudecen las aguas y los barcos emergen,
espectrales y fríos, de la niebla y el sueño.

En los acantilados truenan las andanadas
y una larga humareda de salitre y azufre
acompaña el viraje de estos monstruos marinos.

De pie frente a la Historia miro pasar los buques
las escuadras de cuerdas y violines podridos
atacando un scherzo de madrépora y sangre.

(Los muertos sin orilla arriban siempre a la playa
con las cuencas vaciadas por gaviotas insomnes
y un sudario de algas que espanta a los bañistas.)

Se alejan las fragatas por el cabo del tiempo
y otra vez vuelve el mar y otra vez vuelve el mar,
en vano interrogarse por la gloria o la patria. 

Pero que cada hombre cumpla con su deber.




Imágenes:

(1) Trafalgar desde el Cabo Roche, 15 de agosto 2015.
(2) Auguste Mayer: Batalla de Trafalgar.
(3) Acantilados de Conil, 15 de agosto 2015.
(4) Batalla de Trafalgar, A. K. JOHNSTON  

Véase: https://es.wikipedia.org/wiki/England_expects_that_every_man_will_do_his_duty

  

viernes, 28 de agosto de 2015

Queridos profesores

Queridos profesores,
ya siento el sudor frío en vuestros espinazos y, creedme, no sabéis cuánto lo lamento, ¿dónde está ahora aquella fiesta de fin de curso que prometía la felicidad perpetua? En una taquilla os aguardan, como en una cápsula del tiempo, los últimos folios que dejasteis preparados y ya hace varios días que vuestro sueño, asediado por las pesadillas, ha dejado de ser plácido. Pero no os anticipéis, os quedan aún cuatro días y eso, para los trabajadores de otros gremios, no deja de ser la eternidad. Ánimo y no os angustieis antes de tiempo.
Ya estamos aquí...



jueves, 27 de agosto de 2015

Summer street view


                      “Mi alma quiere tener las claras rectas…”

                                                              (Julio M. Mesanza*)

Me admira ver las calles desiertas del verano,
tan claras y tan rectas si la calor agobia
como un fresco de Urbino, Quattrocento italiano,
donde la perspectiva padece agorafobia.

Las largas avenidas despobladas de coches
aguardan a la tarde, cuando cae la fresca
y descienden las sombras dudosas de la noche
sobre un alucinado Piero della Francesca.

¡Oh ciudad ideal, tan pulcra, tan simétrica,
feliz con sus rotondas y planos sin arrugas,
urbanismo de agosto, prisionero en la tétrica

telaraña vacía de los puntos de fuga
y aprobado en el pleno con la pasión geométrica
de las cenas con ostras y caviar de beluga!

(* Pérdoname, Julio)

Ciudad Ideal, Piero della Francesca


jueves, 13 de agosto de 2015

Bodegón

Una vara de mimbre con jilgueros,
algunas hortalizas, las perdices
suspendidas del cielo, cicatrices
de parda luz, y el sol del limonero.

A un cordel amarrados siete peros,
otros dos pajarillos, las raíces
del rábano y el cardo que bendice
con su clara estameña este tablero.

En el silencio negro del atril
donde habitan la muerte y la blancura,
el cardo, alabeado como un cuerno

o un colmillo tallado de marfil,
hiende la carne de la noche oscura 
asomado al abismo de lo eterno.

Sánchez Cotán, Bodegón de caza, hortaliza y frutas, Museo del Prado






lunes, 3 de agosto de 2015

Blue moon

LUNA I

Aérea y tenue
como marca de agua
del horizonte.
                                [tarde]
                               
LUNA II

Grávida y fría
como dracma de plata
para Caronte.
                                [noche]


Fotografía: Alejandro Facal
Fotograf(r)ía: jmj



jueves, 30 de julio de 2015

"Pulp" fiction


Lóbrego Lovecraft, a ti te culpo,
tus sombrías y densas pesadillas
pusieron en mis sueños la semilla,
me condenaron al horror del pulpo.

No el redondo y dorado calamar
que colma los grasientos bocadillos
de la villa manchega, cuyos brillos
fulgen de Atocha al Barrio del Pilar.

Ni tampoco la sepia escurridiza
en campos de lechuga y de limón,
emblema del verano, digestión
de las playas de Huelva a las de Ibiza.

Menos aún las láminas gallegas
con cristales de sal y pimentón,
esmeraldas lucientes de Padrón
y amarillas patatas de la vega.

Sino el pulpo irreal cuyos tentáculos,
armados suciamente con ventosas,
instilan la simiente tenebrosa
a las doncellas sobre el tabernáculo.

Lóbrego Lovecraft, te he derrotado
una tarde de ocaso a la parrilla:
acechabas, taimado, en mi sombrilla
y acabaste tostado y loncheado.

Honor, en fin, a este inmortal molusco
que de las aguas claras de Samoa
vino a morir a nuestra barbacoa
servido con cebolla y con lambrusco.

Lóbrego Lovecraft, nieto de Poe,
¡cómo temo tu cósmica venganza!
Todo Cthulhu se atisba en lontananza
y es la culpa la pulpa del pulpo que me roe.


Punta Umbría, 28 de julio


Museo de Ciencias Naturales, Madrid, 18 de julio.

Museo Arqueológico Nacional, Madrid, 18 de julio.

Zoo de Madrid, 16 de julio


martes, 30 de junio de 2015

El terremoto de Lisboa (VII y FIN)

CAP VI
CAP. V
CAP. IV
CAP. III
CAP. II
El viento y la arena golpeaban sus rostros en fuga raudal de cabo a fin. El panorama oscilante de praderas y dunas, de corrales y sotos, de lucios y caños abrasados o henchidos, el eterno mudar de los paisajes del Coto, idéntico siempre en su perpetuo cambio, habíase visto apremiado por el temblor de la tierra y ahora, adonde quiera que miraran, crecía un nuevo mundo que tras el terror inicial parecía más libre. Bramaban los venados. Las bandadas de garzas y flamencos, unidas a la súbita estampida de todo lo creado, cubrían el cielo con sus vuelos erráticos. El camino a la playa, sometido al zarandeo implacable del planeta, a trechos no era más que una raya partida de la que emergía un fango negro y sulfuroso en cuyas arenas movedizas sucumbían los gamos y algún que otro lince por añadidura; a trechos un arenal imposible y montañoso que las mulas sobre las que cabalgaban apenas lograban evadir con más fortuna que instinto.
Árboles partidos, troncos sepultados, escombros de alguna choza y vestigios ya remotos de la antigua llanura aún guiaban su vuelo de enamorados huidizos hacia la seguridad de los mares donde aguardaría la barca roja y verde, la de las letras azules y redondas que dicen el nombre de María Niña.
Exhaustas las monturas alcanzaron por fin a divisar el barranco de arena compacta, salpicada de cardos y matojos, que precedía al océano como la vieja muralla de una Atlántida hundida.
-¿Y la torre? ¿Dónde está la torre?-se decía Rodrigo.
Aquella almenara, atalaya de berberiscos y atunes, que en tiempos no lejanos había conocido junto a ella una almadraba y una factoría de salazones y donde aún se apiñaban los pescadores para pasar las noches de naipe y luna llena, se había volatilizado, quizá como el campanario de la ermita, si acaso no habían errado las mulas la ruta archisabida.
Llegados al farallón de arenisca se dilucidó sin más el misterio, la tierra se había abierto y la torre había basculado. Vuelta al mundo, hundía ahora su cima en la arena profunda y daba al sol sus cimientos anchos y redondos, como la grupa de un caballo. No había rastro de torreros ni pescadores, que habrían huido despavoridos Dios sabe dónde. Mar adentro quizá, pues más allá del horizonte las aguas se habían retirado al infinito y tras una superficie lisa y pulida aparecían ante sus ojos alucinados los fondos marinos sembrados de pecios ancestrales, blancos como huesos, y de bancos de peces que latían aún, haciendo vibrar la limpia plata de sus escamas bajo la luz inocente de la mañana.

Rodrigo y María lograron dar con la barca y aun la empujaron con muchísimo esfuerzo hacia el borde navegable del océano, rumbo a Sanlúcar. Pero ¿cómo llegó la ola? Primero fue un rugido, luego un golpe de viento, un huracán indeciso. Luego ya la montaña blanca de espuma, la alta cordillera desplomada, los ciervos arrastrados. La ola. La ola creciente remontándose más allá de los muros de la arena, anegando la tierra, subiendo por el río, arrastrando pantalanes, quebrando jarcias y cables, haciendo entrechocar los cascos de las naves del Puerto de Sevilla, donde los Duques, que han visto mecerse a la Giralda como un junco y retumbar la catedral como un dragón, asisten ahora bajo el sol al oficio divino del día de Todos los Santos en una plaza que cambiará su nombre por la del Triunfo, mientras yo, desde mi hotel para veraneantes en Matalascañas, perfectamente acodado en la terraza de una quinta planta con una taza de café en la mano, contemplo el mar esta mañana, las densas masas que pugnan, la marejada fugaz aplastadora de sueños que golpea una torre hundida en la arena mientras una barca pintada de rojo y verde, con letras azules y redondas, se aleja hacia el poniente a la deriva.

Torre de la Higuera, Matalascañas

lunes, 22 de junio de 2015

El terremoto de Lisboa (VI)

CAP. VI
http://lacolumnatoscana.blogspot.com.es/2015/06/el-terremoto-de-lisboa-v.html

CAP. IV
http://lacolumnatoscana.blogspot.com.es/2015/06/el-terremoto-de-lisboa-iv.html

CAP. III
http://lacolumnatoscana.blogspot.com.es/2015/05/el-terremoto-de-lisboa-iii.html

CAP. II
http://lacolumnatoscana.blogspot.com.es/2015/03/el-terremoto-de-lisboa-ii.html

CAP.I
http://lacolumnatoscana.blogspot.com.es/2015/03/el-terremoto-de-lisboa-i.html

Al cabo de una legua y poco más de una hora de camino por breñas y coscojares era completa la claridad del cielo, aunque el sol parecía mustio, velado por los cirros del otoño. Atrás habían dejado pasadizos de sauces y helechales en los pasos más angostos de los caños -siempre evitando el campo abierto- y cotos espesos de sabinas y alcornoques de cuya umbría y verdura hubiera podido apropiarse el Vizconde de Chateaubriand al colorear su Atalá cincuenta años más tarde. Llegaban ahora al Charco de la Boca como los expulsados del Paraíso, más allá de esta laguna solo había dos recorridos posibles hasta la playa, el intrincado y fangoso laberinto de los humedales o los calveros de dunas coronados de pinos. La llanura era infinita como el mar que anhelaban, a partir de aquí las monturas estarían más expuestas a indeseados avistamientos. Ahora no había vuelta atrás, ellos lo sabían y, movidos por una extraña punzada, mezcla de presentimiento y melancolía, unieron sus manos antes de proseguir y miraron en silencio la aldea desde detrás de los matorrales.
Algunas vacas famélicas ramoneaban entre los juncos y los carrizos de esta parte, algo más lejos, en la otra orilla, sobre la lámina de agua, verde y bruñida, espejeaban las humildes sombras de las chozas y las toscas empalizadas que guardaban a las yegüas que se contaban por cientos. Abrevaban en la Boca, pero hubiérase dicho que emergían de ella, elásticas y doradas, como animales mitológicos, dueñas de un secreto arcano e inexpresable, pero compartido por todos los habitantes -humanos, aves o fieras- de aquellas marcas pretéritas donde una vez creció el Jardín de las Hespérides.
-Déjame ir.
-No María, hoy hay Misa, el Capellán puede verte.
-No se ve a nadie, acerquémonos- dijo mientras besaba la medalla que se había sacado del pecho.
-No puede ser, María-. Y ambos se santiguaron al tiempo que fijaban sus ojos humedecidos en la ermita que, como un barco de ladrillo y azulejos, levantaba al cielo la vela de su espadaña y abrazaba como una madre los techos de ramas de los ranchos y el horizonte al que decían adiós para siempre.
Entonces sonó un campanazo seco, como el inmenso golpe de un martillo. Primero cedieron los arcos del campanario. Luego, entre una nube creciente de polvo, se derrumbó la techumbre del edificio y con ella los muros. Las mulas se encabritaron. Durante un instante eterno, un rugido subterráneo, igual que una serpiente ondulante levantó a los árboles y enturbió las aguas de la charca de donde las bestias salían, despavoridas y al galope, hundiéndose unas a otras en su ímpetu, ahogándose en la pugna por escapar del fango. No había rastro de las chozas, solo restos de troncos desmadejados. Amortiguados por el aire desde la aldea llegaban alaridos. El paso había quedado cortado por el agua que afloraba del suelo y no podían cruzar el vado para prestar ayuda. Arrastrados por la huida de los caballos galoparon también en dirección a las playas, muertos de miedo.




Ermita Primitiva


Ermita Primitiva en el antiguo simpecado de Villamanrique 

lunes, 15 de junio de 2015

El terremoto de Lisboa (V)

CAP. IV
http://lacolumnatoscana.blogspot.com.es/2015/06/el-terremoto-de-lisboa-iv.html

CAP. III
http://lacolumnatoscana.blogspot.com.es/2015/05/el-terremoto-de-lisboa-iii.html

CAP. II
http://lacolumnatoscana.blogspot.com.es/2015/03/el-terremoto-de-lisboa-ii.html

CAP.I
http://lacolumnatoscana.blogspot.com.es/2015/03/el-terremoto-de-lisboa-i.html


La luz rojiza del amanecer, húmeda y deshilachada, los acechaba por la espalda, caminaban aún bajo las sombras, hacia el soto de acebuches donde él había dejado atadas las mulas; lo bastante lejos del palacio como para no alertar a nadie con sus relinchos. Ella, como él le había rogado, apenas había preparado un pequeño fardo con sus cosas que ahora Rodrigo acarreaba con miedo y delicadeza. Nadie la había visto salir a través de las cancelas y galerías. Ambos habían sentido cómo el corazón les palpitaba cada vez más fuerte, casi a punto de estallar, hasta que por fin se reunieron en el lugar convenido, junto al viejo crucero en ruinas y bajo la inmensa noche estrellada. Las lechuzas ululaban en el olivar, espectrales y remotas. Estaba cayendo el rocío  y de la tierra subía, sobre la vocinglería de las aves nocturnas, una intensa mezcla de olores -el pasto mojado, el romero, el cantueso, el mirto, la jara- que el alambique incierto del horizonte, traspasado por la brisa salobre y marina del océano, iba destilando solo para ellos, únicos habitantes del planeta.
Las bestias estaban inquietas, un vaho intermitente salía de los ollares palpitantes, igual que el fuego de las fauces de los dragones que hacían las veces del diablo en los azulejos de la capilla, y les costó mucho acomodar las alforjas.  Puesto ya el pie en los estribos, vieron pasar una piara de jabalíes que corría asustada en dirección a las marismas y temieron que las mulas se desbocaran, pero no pasó nada, antes, al contrario, tras su paso se hizo un silencio hondo y unánime, pero que apenas duró un segundo. El día crecía tras ellos y como una flecha vieron surcar el cielo a una multitudinaria bandada de gansos silvestres que poblaron la mañana de estridentes graznidos, aunque el ímpetu y majestad de su vuelo era solemne como el paisaje.
Rodrigo, arreó a los animales y añadió levantando la vista:

- Vienen del norte. Huyen del frío, como nosotros.

[Continuará...]

Olivos, Van Gogh

domingo, 7 de junio de 2015

El terremoto de Lisboa (IV)


CAP. III
http://lacolumnatoscana.blogspot.com.es/2015/05/el-terremoto-de-lisboa-iii.html

CAP. II
http://lacolumnatoscana.blogspot.com.es/2015/03/el-terremoto-de-lisboa-ii.html

CAP.I
http://lacolumnatoscana.blogspot.com.es/2015/03/el-terremoto-de-lisboa-i.html


Sí, ella había leído su carta, una y otra vez, cientos de veces.
-¿No la habrá visto nadie más, verdad?
La muchacha no respondió, pero tampoco se sonrojó ni bajo la mirada. Era mucho lo que ambos se jugaban, prosperara su plan o no. Nada menos que un destino juntos, a miles de leguas de allí. Azuzado por la impaciencia Rodrigo quiso provocar una respuesta definitiva. La miró en silencio, fijamente a los ojos, pero ella apartó la vista hacia el cielo limpio, casi transparente. Entonces él apretó suavemente sus muñecas y ella sintió la piel áspera y firme de sus dedos, las manos seguras de un pescador, tan distintas, sin embargo, a las de su padre, que solo podía recordar con una  extraña mezcla de horror y compasión. Cuando  por fin habló, ella contestó con nuevas evasivas.
-¿Y tiene que ser  mañana?
-Mañana es fiesta, María, hay menos gente en los caminos, a primera hora todos duermen y tardarán más en darse cuenta.
-Pero hace más de un mes que no veo a mi madre, antes de que llegaran los señores… ¿Y mis hermanos, los pobres, qué será de ellos?
-No hay lugar para despedidas, María. Si no es ahora, ¿cuándo? El navío de aviso para la Habana está a punto de despacharse, al San Pedro lo están aprovisionando ya en Sanlúcar y sabes que Don Íñigo, su capitán, me debe la vida. No habrá otra ocasión como esta. Nunca.
-¿Y por qué no nos escondemos en Sevilla? Con el tiempo, quizá...
-¿Sevilla? ¿Quién nos casaría en Sevilla? ¿Y en qué podría emplearme yo honestamente allí? En menos de una semana me habrían enjaulado, si no muerto.  Además el Camino Real está todos los días atestado de arrieros y soldados, en cualquier caso siempre sería menos arriesgado subir por el río que pasar la muralla.
-¿Y los torreros? ¿Qué pasa si nos descubren los torreros?
-Mañana no hay oficiales, casi nadie vigila y todos me conocen, a mí y a mi barca, por eso no hay que preocuparse, en cuanto lleguemos a la playa de Arenas Gordas casi habremos puesto los pies en la Isla de Cuba. Además en  Torre Higuera apenas hay dos holgazanes que pasan la mitad de la guardia borrachos y la otra mitad dormidos.
El sonido de una esquila reverberó en los patios. Era ya la hora del Ángelus. Mientras le apretaba las manos en silencio María Niña le devolvió la mirada. Aunque ella era una mujer valiente y orgullosa Rodrigo podía leer en sus ojos el miedo, un miedo antiguo, azotado por las olas tristes del pasado y los presagios inciertos de la hora presente. Con todo, le pareció que una luz verde, como un faro remoto, brillaba en lo profundo. La esquila cesó su tintineo.
-Ven, ven mañana, a la hora prevista. Yo te espero- y dicho esto marchó corriendo hacia las cocinas.
Rodrigo temblaba, hubiérase dicho que no había nadie más solo en el mundo.
"El coto desde Sanlúcar", Carmen Laffón

El Ministerio del Tiempo


Digámoslo ya de una vez y sin rodeos, “El Ministerio del Tiempo” es la obra maestra de nuestra ficción televisiva. Una obra maestra española. No, no invocamos el adjetivo patrio por condescendencia, no es nuestra intención sugerir la incapacidad de nuestra industria para competir de igual a igual con la HBO.

No, “El Ministerio del Tiempo” es una obra maestra española, como lo es el Tenorio, dentro del teatro clásico o “La Verbena de la Paloma” en el repertorio lírico. Hablamos de composiciones cuyos fallos constituyen una parte, y no menor, de su éxito permanente, pues hemos aceptado disculpar cualquier error en su estructura, cualquier deslizamiento patético, con tal de que sigan ofreciéndonos el espejo melancólico de un pasado que se asemeje a la tiernamente ridícula realidad nacional, sin renunciar por ello a la aventura y la magia de lo puramente teatral.

Porque el “Ministerio del Tiempo” no es (o no solo) un artefacto calibrado para despertar en el espectador la fascinación por los viajes en el tiempo o por la Historia de España, que después de todo se nos muestra en su versión más esquemática y simple, sino que su propuesta no ha sido otra que la de trazar una radiografía nostálgica y  sentimental del fatalismo español, tal y como se nos ha enseñado en los libros de educación básica desde la instauración del régimen del 78.

No nos engañemos, los espectadores naturales de esta serie son los herederos emocionales de las noches vernáculas del “Un, dos, tres”, de los mensajes navideños del venerable Juancarlosprimero y de la mitológica e iniciática “Verano Azul”.  Esto explica la explosión de parodias y comentarios que los grandes momentos de la serie han suscitado en las redes sociales, asumiendo el papel amplificador que hubiera sido consustancial a la existencia solitaria y aglutinadora de la primera cadena y de la UHF.

Ahora que hemos cumplido ya todos los cuarenta y hemos de hacernos cargo de un país con costurones, es natural que la fatalidad genética se haya solidificado en nuestra médula. El Ministerio del Tiempo explota irónicamente esta fatalidad y para ello se apoya en varias premisas, que cabalgan, siempre, sobre un guion elástico y épico: sabemos desde Valle que, sin una trama, aunque sea la búsqueda de un billete de lotería por un Madrid bohemio y neblinoso, es imposible pintar el fresco de una época.


En primer lugar, la impecable labor en la composición del reparto, desde el eterno Jaime Blanchs como máximo responsable del Ministerio, que traza un arco parabólico entre esta serie y la prehistoria mitológica de nuestra ficción y su Estudio 1, a la incombustible Cayetana Guillén Cuervo, que ha navegado las sucesivas marejadas políticas de la Televisión Pública alcanzando cierta cuota de eternidad en la segunda cadena, solo superada por el inmortal Jordi Hurtado, cuyo cameo en uno de los capítulos resume la sustancia esencialmente irónica y sentimental de la propuesta. Este círculo lo cierra el magnífico Rodolfo Sánchez, como un Currro Jiménez redivivo, y la enorme presencia de Juan Gea (el consejero principal del Ministerio) y de Nacho Fresneda quien, en el papel de Alonso de Enterríos, aporta a la serie toda la dudosa mitología de espadachines barrocos que cierto escritor español se apropió de los libros de Dumas. Por su parte Aura Garrido, en el evanescente papel de Amelia Folch, incorpora el misterio victoriano de la Barcelona romántica y finisecular, ese mundo estremecedor, burgués y fantasmagórico de un Joan Perucho (“Las historias naturales”), largamente explotado a la sombra del viento por otro afamado autor de bestsellers.

Todos los secundarios, en su papel de eventuales personajes históricos o funcionarios más o menos chupatintas, refuerzan y dan credibilidad a una serie que consigue por la asombrosa vía de la naturalidad, levantar un mundo propio con unas coordenadas incuestionablemente asumidas por el espectador.

Hasta ahora, en el ámbito hispánico, yo solo había encontrado en Adolfo Bioy Casares esta forma tan sencilla de narrar lo fantástico, sin un átomo de retórica, aplicando el mismo procedimiento para reportar una tarde en las carreras que la destrucción del Cosmos.

En esas puertas del tiempo, que se abren y cierran como las puertas de nuestra casa, hay mucha genialidad, precisamente porque no lo parece.

Está, luego, la cuestión en sí de la Historia de España: no se puede cambiar. El Ministerio no pretende recuperar las glorias pretéritas de la patria, sino mantener un status quo, cuya consecuencia es, si bien se mira, más trágica que esperanzadora. El fatalismo español, que veníamos diciendo.

La Guerra de la Independencia, la Inquisición, la Armada Invencible, la movida de los 80, Franco y Hitler en Hendaya o la Residencia de Estudiantes, con ese Lorca que sueña con un futuro en el que la gente corre “con pijamas de colores”, ponen en evidencia que no hablamos de Historia, sino de ese carrusel de lugares comunes, de libro de EGB, de ritornello que agrade el cerebro de los cuarentones, pero no es preciso más: esa es la clave.

Y, finalmente, el Ministerio como institución y centro de trabajo. Esto roza lo excelso, pues apela a la natural aspiración que todo español medio tiene de ascender a esa forma de la grandeza de España que es una oposición, ya sea de ujier o de abogado del Estado.

En el mundo narrativo de la serie, donde los móviles y los ordenadores son una presencia activa en la trama, los espacios escénicos del Ministerio, desde la cantina a los despachos o la cartelería de los interminables corredores, se ajustan a la coreografía arquitectónica de hace cincuenta años, lo que no deja de ser una invocación al subsconsciente ibérico, con su nostalgia de pólizas, impresos y días moscosos.

Si me decidiera a opositar, ahora, en mitad del camino de la vida, optaría sin duda a una plaza en el cuerpo de guionistas de este Ministerio que imagino como una de las formas de la felicidad laboral.

Hay que agradecer a sus creadores, Javier y Pablo Olivares, tristemente fallecido en noviembre de 2014, la fundación de esta institución que nuestra memoria guardará en el mismo rincón donde sueñan su sueño el Quimicefa y los Juegos Reunidos.

La democracia de las redes sociales ha conseguido indultar la segunda temporada de esta serie, yo solo espero que en un bucle melancólico absoluto la Patrulla del Tiempo viaje hasta Nerja para salvar el barco de Chanquete.

Encadenados a las puertas de este ministerio de excelencia e imaginación: ¡No nos moverán!






Bajo las raíces (Homenaje a Antonio Colinas)

En 1979 mi tío Miguel (García-Posada) publicó en la editorial Kapelusz  la antología "40 años de poesía española", dedicada a la memoria de Blas de Otero. El primero de los nombres que figuraban en ella era el de Miguel Hernández, los tres últimos: Gimferrer, Antonio Colinas, Guillermo Carnero.


Este libro, que llegaría a mis manos hacia mis veintiún años, me causó una honda impresión, revisado hoy en perspectiva apenas detecto una ausencia o un error, entre sus muchas bondades podría señalar, por ejemplo, la significativa presencia de Juan Eduardo Cirlot o Carlos Edmundo de Ory, poetas orillados entonces por la imperante grisalla del realismo social o camuflados tras los matorrales de jaspe y serpentina del venecianismo emergente.

Lejos de ser un centón, convivían en la selección los nombres de un manual bien avisado con otros menos comunes ateniéndonos al año de publicación como los de Ricardo Molina, Fernando Quiñones  o incluso la más conmovedora y poeta (no poetisa ni infantilista) Gloria Fuertes.

De Antonio Colinas, de quien apenas había podido leer nada hasta entonces -yo estudiaba, perdonadme, la carrera de ingeniero- se daban tres poemas, los tres de "Sepulcro en Tarquinia": "Simonetta Vespucci", "Noviembre en Inglaterra"  y "Giacomo Casanova acepta el cargo de bibliotecario que le ofrece, en Bohemia, el conde de Waldstein".

Algunos años más tarde pude explorar en extensión y profundidad, pero ya como parte de sus primeras obras completas en Visor, aquel sepulcro fundacional y mítico. Porque aquellos poemas se habían integrado en mi conciencia lírica como solo lo pueden hacer las músicas amadas, hasta ser parte indisoluble de nosotros. 

Cuando Ben Clark me propuso participar en el libro-homenaje que la Isla de Siltolá iba a dedicar a los Cuarenta Años de "Sepulcro en Tarquinia", que coinciden, por cierto, con mis cuarenta años, y titulado finalmente "Bajo las raíces", 

[Toda la información AQUÍ]: 

volvieron a la memoria, otra vez y como siempre, aquellos poemas queridos, y quise imaginar a Casanova, (que no fue feliz la década larga que aún vivió en Bohemia, pues se enemistó con los lacayos y habitantes del palacio), encontrando, por casualidad, un ejemplar de "Sepulcro en Tarquinia", regresado de más allá del futuro para traerle, si no los serrallos de Estambul, al menos los cielos de Bérgamo y todo el azul de la Italia.



A continuación copio ambos poemas, pues no se entendería el homenaje sin tener presente el medallón que le da origen.

GIACOMO CASANOVA ACEPTA EL CARGO DE BIBLIOTECARIO QUE LE OFRECE, EN BOHEMIA, EL CONDE DE WALDSTEIN

Il vostro passo di velluto
E il vostro sguardo di vergine violata.

Dino Campana

Escuchadme, Señor, tengo los miembros tristes.
Con la Revolución Francesa van muriendo
mis escasos amigos. Miradme, he recorrido
los países del mundo, las cárceles del mundo,
los lechos, los jardines, los mares, los conventos,
y he visto que no aceptan mi buena voluntad.
Fui abad entre los muros de Roma y era hermoso
ser soldado en las noches ardientes de Corfú.
A veces he sonado un poco el violín
y vos sabéis, Señor, cómo trema Venecia
con la música y arden las islas y las cúpulas.

Escuchadme, Señor, de Madrid a Moscú
he viajado en vano, me persiguen los lobos
del Santo Oficio, llevo un huracán de lenguas
detrás de mi persona, de lenguas venenosas.
Y yo sólo deseo salvar mi claridad,
sonreír a la luz de cada nuevo día,
mostrar mi firme horror a todo lo que muere.
Señor, aquí me quedo en vuestra biblioteca,
traduzco a Homero, escribo de mis días de entonces,
sueño con los serallos azules de Estambul.

ANTONIO COLINAS




GIACOMO CASANOVA LEE “SEPULCRO EN TARQUINIA” EN LA BIBLIOTECA DEL CONDE DE WALDSTEIN, EN  BOHEMIA.
  
"Escuchadme, Señor, tengo los miembros tristes".

Por oscuras y umbrías galerías de libros,
bajo frescos heridos de salitres y grietas,
casi ciego y exhausto, como el sol en invierno,
aparto telarañas y acerco el candelabro
a este extraño volumen en octavo mayor.
Fuera cae la nieve sobre una tumba negra
y el bosque de Bohemia ya es cristal de Bohemia,
frágil como mis huesos, claro como mi vida
que día a día asiento en papel veneciano
sin saber aún la hora de tornar a Venecia.
Han pasado los años, los criados me humillan,
y un brochazo de sangre en los muslos de Francia
enturbia mi memoria de viejo libertino
iniciado en las logias del azar y el deseo.
Me miro en el espejo de azogues restaurados
que estas páginas nobles dispensan a mi espíritu:
de las altas colinas y las piedras de Bérgamo
desciende la armonía a mi pecho abrumado
y los cielos de Italia resurgen de los grises
paisajes que me cercan tras estos tristes muros.
Escuchadme, Señor: alguien sueña mi sueño.

JOSÉ MARÍA JURADO








martes, 2 de junio de 2015

Misa en la Soledad

Este viernes 5 de junio a las 20:30, la Misa de Hermandad de la Soledad de San Lorenzo, (Iglesia de San Lorenzo, Sevilla) será aplicada por el alma de mi padre, D. José María Jurado Prieto.



Gracias.

martes, 26 de mayo de 2015

Entre dos fotografías

La última vez que vi a mi padre, justo después de despedirme de él sin saber que nos separaba para siempre el triste Aqueronte, el insuperable [Borges], me encontré con el almendro en flor de la fotografía. Yo imploré para nosotros el milagro pagano de la primavera, el que nunca se ha verificado desde que Antonio Machado anotara la gracia verdecida de aquel olmo partido por el rayo, quiero decir desde que el hombre es hombre. Abril fue, luego, el mes cruel del que yo me había burlado otro año más, y bien que se vengó partiendo nuestra vida en dos mitades. T.S. Eliot no se equivoca nunca y en eso, bien mirado, radica también, gracias a Dios, nuestra esperanza: pues todo tiempo es presente, como nos recuerda la persistencia de la memoria y esa suplantación de la memoria que son las viejas fotografías.


Entre dos fotografías

                          José María Jurado Prieto, in memoriam
                          (27.VIII.1945-14.IV.2015)

Cáceres, marzo, 2015
Aquel almendro en flor ya lo sabía
y quiso bendecirte con sus rosas,
nadie debe morir en primavera.

Ahora tú eres ceniza y yo una sombra
que persigue tu luz en los retratos
bajo la ausencia en sepia del recuerdo:

nunca hubiera podido levantarte
con el amor con el que tú me alzabas
en el verano del setenta y cuatro.

Son sagrados los restos de la vida
y aunque nada hay de ti en esta urna,
pues gozas de la gloria de los justos,

yo la levanto al sol y digo padre,
padre mío que estás en los cielos
ahora y en la hora de mi muerte.

Sevilla, julio, 1974



 
/* Use this with templates/template-twocol.html */