martes, 26 de mayo de 2015

Entre dos fotografías

La última vez que vi a mi padre, justo después de despedirme de él sin saber que nos separaba para siempre el triste Aqueronte, el insuperable [Borges], me encontré con el almendro en flor de la fotografía. Yo imploré para nosotros el milagro pagano de la primavera, el que nunca se ha verificado desde que Antonio Machado anotara la gracia verdecida de aquel olmo partido por el rayo, quiero decir desde que el hombre es hombre. Abril fue, luego, el mes cruel del que yo me había burlado otro año más, y bien que se vengó partiendo nuestra vida en dos mitades. T.S. Eliot no se equivoca nunca y en eso, bien mirado, radica también, gracias a Dios, nuestra esperanza: pues todo tiempo es presente, como nos recuerda la persistencia de la memoria y esa suplantación de la memoria que son las viejas fotografías.


Entre dos fotografías

                          José María Jurado Prieto, in memoriam
                          (27.VIII.1945-14.IV.2015)

Cáceres, marzo, 2015
Aquel almendro en flor ya lo sabía
y quiso bendecirte con sus rosas,
nadie debe morir en primavera.

Ahora tú eres ceniza y yo una sombra
que persigue tu luz en los retratos
bajo la ausencia en sepia del recuerdo:

nunca hubiera podido levantarte
con el amor con el que tú me alzabas
en el verano del setenta y cuatro.

Son sagrados los restos de la vida
y aunque nada hay de ti en esta urna,
pues gozas de la gloria de los justos,

yo la levanto al sol y digo padre,
padre mío que estás en los cielos
ahora y en la hora de mi muerte.

Sevilla, julio, 1974



domingo, 3 de mayo de 2015

El terremoto de Lisboa (III)

En capítulos anteriores:

CAP.I
http://lacolumnatoscana.blogspot.com.es/2015/03/el-terremoto-de-lisboa-i.html

CAP. II
http://lacolumnatoscana.blogspot.com.es/2015/03/el-terremoto-de-lisboa-ii.html


María Niña salió de su celda cuando por fin se hubo disuelto la algarabía y pudo acercase a Rodrigo sin temor a ser vista por las otras mujeres, que ya se aprestaban a preparar la comida. La muchacha, que no llegaba a los veinte, era trigueña y de tez pálida, con grandes ojos negros y profundos, como una Inmaculada de Murillo. Y es verdad que había algo de aparición en su presencia: dulce, menuda y con propensión a las melancolías, su paso eran tan quedo que parecía atravesar los muros. Sus padres la habían traído al Palacio del Rey con la esperanza de que los señores la llevaran con ellos, a  servir al Alcázar de Sevilla o incluso a la Corte, lejos de aquellos lugares inficionados y lacustres.
Rodrigo era siete años mayor que ella; dos veces a la semana, y hasta cinco cuando los Duques organizaban partidas de caza, traía el pescado que apresaba en los caños y lucios o casi en la misma orilla del mar, donde siempre dejaba fondeada su barca en la que unas letras redondas y azules, mecidas por las aguas, repetían el nombre de la angelical criatura que desde hacía uno meses ocupaba todas las horas de su pensamiento. Durante la primavera se empleaba en las almadrabas y en general prefería vivir en las chozas que los pescadores tenían en la playa que en la abandonada y vieja casa familiar de Almonte, donde crecían las ortigas. Había quedado huérfano muy joven y al cargo de un hermano que, como toda la marinería del Condado, se enrolaba más o menos forzosamente en las irregulares flotas que pasaban a Indias, siempre menguadas de tripulación. Él mismo, cinco años atrás, había llegado al Panamá, pero aunque había tenido oportunidad, como tantos, de desertar tras muchas aunque no mal pagadas penalidades, había decidido regresar al coto con la idea de no embarcarse en un galeón nunca más, porque si en algún lugar se hallaba el paraíso del que hablaban los curas en sus sermones, no era en aquellas sierras exuberantes y volcánicas, colmadas de palmeras y animales extraños, sino en aquella llanura de plata, donde el sol se ponía más despacio, bajo las grandes bandadas de pájaros entre encinas y pinos.
Todo había cambiado, sin embargo, desde que había conocido a María. Ahora se encontraban bajo el arco discretamente oculto por las enredaderas, en el último patio del Palacio. Pronto las dudas de Rodrigo se despejaron para dar paso a otros vértigos mayores:
Sí, ella había leído su carta.
[Continuará...]
Sorolla, "Jardín"

martes, 28 de abril de 2015

La tauromaquia en los tribunales o Lorenzo Clemente en Sevilla

Si te gustan los toros o si te gusta el Derecho, e incluso y sobre todo, porque de todo hay en la Viña del Señor, si te gustan a la vez los toros y el Derecho, no deberías perderte al Gran Maestro Lorenzo Clemente que torea la tarde del jueves 30 en el Círculo de Labradores de Sevilla a las 20.00h.


http://www.realcirculodelabradores.com/index.php/noticias-culturales/663-conferencia-la-tauromaquia-en-los-tribunales


Conferencia | La Tauromaquia en los Tribunales

Para finalizar el mes de abril y, siguiendo la actividad cultural de esta primavera 2015, tendrá lugar la tercera conferencia promovida por el Real Círculo de Labradores de este año.
Con el título ‘La Tauromaquia en los Tribunales’D. Lorenzo Clemente Naranjo, abogado, disertará sobre la Tauromaquia desde un punto de vista jurídico y nos ilustrará con su experiencia en este ámbito no tan conocido por el gran público.
La ponencia se desarrollará el jueves, día 30 de abril en el Salón Real de Pedro Caravaca a las 20.00 horasEntrada libre y gratuita.

jueves, 23 de abril de 2015

Un libro ideal para san Jorge

Aquí mi recomendación para el día del libro en el cuaderno de Noches Áticas: 
Caballería Roja de Isaak Babel.

Recupero, igualmente, el homenaje que desde EL LECTOR DE ALMANAQUES hicimos en su día a Babel:




La rosa de San Jordi es roja como la caballería que cruza los desolados páramos de Ucrania y Polonia en la obra maestra de Isaak Babel. De la más alta brutalidad y destrucción moral que han conocido los siglos este judío de Odessa hizo brotar los últimos pétalos del simbolismo que son, al unísono, las aceradas puntas del primer metálico cardo suprematista. Un intelectual fatiga los devastados escenarios de la guerra ruso polaca y atiende y comprende la superioridad ética de quienes han aprendido el odio y han violado a la pobreza. Son poco menos que bestias, pero están en el hondón de lo humano. El más alto lirismo y la iluminación de la palabra cabalgan aquí sobre la grupa de la gran épica eslava, desde los abismos de Dostoievsky a los laberintos evangélicos de Tolstoi: Babel es un Chéjov irradiado por rayos gamma capaz de hacer fosforecer la belleza. Fiel al Partido y al Gobierno que no le arrebató “el privilegio de escribir bien”, firmó con estos cuentos su sentencia de muerte. Siempre que un poeta dice la verdad y la belleza, arden de sangre los colmillos de Stalin.


Y lo dicho en este mismo cuaderno:

jueves, 2 de abril de 2015

El jardín prodigioso

[La Candelaria en los Jardines de Murillo]

Ha despertado la bella durmiente y en el jardín que selló la maleza hay un clamor de luz vegetal. Espinos, zarzas, cardos y acantos enroscados en las verjas con su escuadra inextricable de púas y corazas de leño, ceden ahora el paso a una lluvia malva de glicinias, de guirnaldas de rosas y pámpanos de oro. Las campanillas tintinean y un ascua de plata azul reverbera en la gruta prerrafaelita. A lo lejos aún ruge el dragón abatido. Bajo el encantamiento de una luna creciente somos caballeros del Grial y entramos en el templo ungidos de pureza, con la cota de malla y la espada de fuego.


(Estampados, William Morris, 1834-1896)

Entre viento y madera

Oigo lo que veo, dijo Stravinsky, y Miles Davis levantaba el largo alambique de su saeta. La inverosímil arquitectura de la ciudad excesiva te ha atraído a esta esquina, a este juego de espejos y callejas cubistas, para que veas la música. Suena la noche y su campana fúnebre, suena el naranjo y su dulce fagot, suena la cera de los clarinetes y el fuego salvaje de los saxofones, suena el balcón vacío como arpa del tiempo. En el hondo equilibrio de sonidos y espacios, con su amplia tramoya de casas encaladas y prodigiosas máquinas igual que galeones, otra vez te preguntas por la obra de arte y buscas un sentido a la lágrima hueca que te vela los ojos. Quieres ver más allá de las puertas del mundo, más allá del teatro y escenario barroco que te ocultan la luz. Pero no te está permitido cruzar al otro lado de las sombras porque aún te veda el paso la música exaltada de la vida.



Sevilla, 1921. El coreógrafo ruso Diaghilev y al compositor Igor Stravinski asisten a los defiles procesionales de la Semana Santa. 

miércoles, 1 de abril de 2015

Air Requiem

El hermano de un amigo muy querido de la familia ha perdido la vida en el vuelo 4U9525. Estas palabras van dedicadas a su memoria y a las de todas las víctimas.

AIR REQUIEM

[4U9525]


Ingrávidos,
durmientes,
eternamente ajenos,
transitáis el abismo de las nubes.

Como un planeta,
a la deriva entre las cumbres
y los hielos perpetuos,
surcáis el horizonte hacia el ocaso.

Pasajeros del cielo.

Así la tierra que os recibe
orbita por los siglos de los siglos
bajo la bóveda radiante,
entre un rayo de sol
                             y otro rayo.

Y aunque nada sabemos,
aguardamos la luz.




"Ven dulce muerte", J. S. Bach orquestado por Leopold Stokowski


En el concierto del jueves pasado, el Maestro Halffter incluyó esta propina, creo yo que como homenaje a las víctimas del 4U9525, a mí me conmovió en lo más hondo, por su solemnidad, espiritualidad y recogimiento.

domingo, 29 de marzo de 2015

Capricho ruso del Domingo de Ramos

Para el Doctor Lutgardo Zhivago, que abrió las puertas del tiempo.


El azahar de todas las rusias impera en callejas y patios. Ungida por la nieve, la ciudad narcótica alza las cúpulas de sus naranjos al ortodoxo cielo de la plaza. Aún penden de las ramas los luminosos frutos como esmaltados huevos de Fabergé, pero pronto la noche blanca anunciará la aurora sobre el farallón de ladrillo rosa cortado a plomo en San Basilio. La iglesia del Divino Salvador hará tañer la balalaika inmensa de su fachada y tronarán los campanarios de la estepa: mañana se va abrir la gran puerta de Kiev y a lomos de un pollino el Cristo de la taiga bendecirá desde la rampa del icono la tierra colmada de almendros en flor.

Y acaso la belleza salve al mundo.[1]





[1] (Cfr. “El Idiota”, Dostoivesky)













sábado, 14 de marzo de 2015

El terremoto de Lisboa (II)

El otro día se decía...


Agachado junto a la reja, mientras lanzaba piedrecitas contra el ventanuco de María, podía escuchar al coro de mujeres que trajinaban cerca del pozo:

-Pues ha pintado su nombre en la barca.
-Y tú qué sabrás, si no bajas nunca a la playa.
-Yo solo sé que esa mosquita muerta lleva ya tres días encerrada y que aquí faltan manos para tanta faena.
-Pero el ama dice que está enferma.
-¿Enferma? ¡Ja! La única enfermedad que tiene esa tonta es haber mordido el anzuelo.
-Como se entere su padre la mata.
-¿Y cómo no se va a haber enterado, si todo lo que aquí se dispensa lo lleva la brisa a Villamanrique en un decir "Jesús"?
-¿Sabéis que el padre de María y el padre de Rodrigo se acuchillaron hace veinte años en la almadraba de Torre Higuera?
-Niña, ¿y a ti quién te cuenta esas cosas?
-Es que esta también anda en tratos con el guardián.
Todas rieron, el guardián de la finca, medio ciego y sordo, rondaba ya los setenta años, todos los días se sentaba a dormitar en la puerta trasera del palacio, junto a su perro, casi tan viejo como él, como una parte más y no la menos importante del encalado y desgastado blasón de los Sidonia
-¡Pero qué jaleo es este!– La guardesa irrumpió en mitad de la faena, atraída por las sonoras carcajadas que a través de los pasillos y bóvedas habían resonado en las habitaciones de los señores, donde dirigía las labores de  guardarropía.
-¡Mirad que os quedáis mañana sin fiesta! Venga sacad agua ya de una vez.
Pero ni aún así cesaron las risas, el joven Rodrigo que se había apartado prudentemente del muro hacia las plantas más altas del huerto, veía a las muchachas a través de la tupida red púrpura de las últimas buganvillas del año, como un siglo y medio después hubiera podido ver Proust a las muchachas en flor en el balneario de Balbec.  
Un grito sordo y el unísono estallido de un cántaro rompieron la felicidad de la mañana.
-¿Qué te pasa Lucía? Estás temblando.
-¡No hay agua en el pozo, madre! Yo lo he visto, se ha ido a lo hondo. ¡Es como si la hubiera sorbido el diablo!
Sorolla, "Alberca del Alcázar"



miércoles, 11 de marzo de 2015

Spiegel im Spiegel

[Arvo Pärt, "Espejo en un espejo"]


No puedes poner nombre a la tristeza
cuando es tan clara y pura que parece alegría.

Mira ahora tu vida
suspendida en la música
como en una película.

Todos los rostros que te amaron,
                                                y que amaste,
aparecen, de pronto,
en el tiempo sin tiempo del sonido.

La caricia segura de tu padre,
tus hermanos, riendo en la escalera,
los besos de tu madre y de tu novia,
la mirada de asombro de tus hijas.

Sobre el lento obstinado de las notas
se revela la vida,
frágil como una lámina de hielo
y, al mismo tiempo, eterna.

Así ve Dios el mundo, de una vez.

Espejo ante el espejo, geometría
de instantes y  memoria, dime
¿qué nombre pongo ahora a la tristeza?[1]




[1] No puedes poner nombre a la tristeza
cuando es tan clara y pura que parece alegría.

Mira ahora tu vida
suspendida en la música
como en una película.

Todos los rostros que te amaron,
                                                y que amaste,
aparecen, de pronto,
en el tiempo sin tiempo del sonido.

La caricia segura de tu padre,
tus hermanos, riendo en la escalera,
los besos de tu madre y de tu novia,
la mirada de asombro de tus hijas.

Sobre el lento obstinado de las notas
se revela la vida,
frágil como una lámina de hielo
y, al mismo tiempo, eterna.

Así ve Dios el mundo, de una vez.

Espejo ante el espejo, geometría
de instantes y de memoria, dime
¿qué nombre pongo ahora a la tristeza?[1]

viernes, 6 de marzo de 2015

El terremoto de Lisboa (I)

Como los duques habían partido para Sevilla por la mañana temprano para acudir al oficio divino al día siguiente en la catedral y solo permanecían en el palacio la guardesa con su cuerpo de servicio, no tuvo dificultad alguna para internarse por el amplio patio hacia las cocinas y alacenas.  

Al pasar junto a los pabellones aún pudo admirar, alineadas por especies, las piezas cobradas por los señores y sus ilustres invitados los días anteriores. Durante dos semanas no habían dejado de atronar los arcabuces en el coto, ahuyentado incluso a la pesca. Ahora, ya entrado el otoño y a punto de llegar el frío, que aún se resistía, pues el sol seguía luciendo extrañamente radiante, vendrían días más sosegados para los nativos, aunque menos provechosos para la bolsa. 

La víspera de Todos los Santos era el último día de aprovisionamientos, había que acudir al rayar el alba para recibir el último pago, incrementado, con un poco de suerte, por la prodigalidad de los amos. Mientras el séquito se alejaba al galope por la Raya Real levantando una polvareda de oro, repasó mentalmente su plan. Había apartado un canasto de peces para los padres de María Niña, esta sería la excusa si alguien le daba el alto. Ahora tenía ya la última cancela a la vista, atrás quedaban las cabezas de jabalí con sus colmillos retorcidos, más afilados que sus anzuelos, y las cuernas repetidas de los ciervos y gamos, espectrales, como un bosque de árboles secos.






sábado, 28 de febrero de 2015

Heideggeriana

Viento del ser, condúceme hasta el claro
del bosque por senderos de palabras y hojas
tamizadas de luz y de conciencia pura.

Viento del ser, concédeme el lenguaje
ligero de los pájaros, la rama
donde mirar al sol para aguardar la noche
y hundirme en el crepúsculo de Dios.

Derriba la cabaña del pensar,
viento del ser, que todo sea acción,
acción y voluntad fundadora del mundo.

Tú que agitas las copas de los árboles
sacude nuestra angustia al filo de la muerte
y extiende nuestro tiempo más allá del abismo.






Ya Rabbi Yasou

[Libia, 21 de febrero de 2015]

Habíamos borrado
el nombre de Jesús de Nazaret
y su bonita historia:
ese cuento de hadas
que arrullara a Pascal en las noches de abismo,
ese film de la Disney
que entretuvo a Descartes
e inquietaba a Unamuno.

Cosas, en fin, de niños y de bobos…

Que por algo teníamos pantallas,
pantallas y pantallas de pantallas,
toda una gran pirámide de luz
a mayor gloria de Horus.

Y he aquí, de repente, ante nosotros,
con la veste naranja de los condenados,
ventiún hombres justos.

No miréis a la Bestia detrás de la pantalla,
mirad sus labios puros,
cómo dicen el Nombre que atravesó el desierto
desde los días de Atanasio
-no digas que fue un sueño, Alejandría-
sobre lenguas de fuego.

El mar de Galilea recoge vuestra sangre
como un cáliz inmenso y un sudario infinito,

Oigo, mientras escribo, la carcajada,
la carcajada truena desde antes del mundo,
pero miro la sangre,
cómo entra la sangre por la puerta de casa.

La risa es un cuchillo para cortar cabezas.

Ventiún hombres justos,
ventiuna coronas sobre el cielo de Egipto.



domingo, 15 de febrero de 2015

Canción triste de Hill Street

Érase
            una ciudad de provincias
gremial y mesetaria,
de toda la vida.

Monumental a cachos,
un sí es no es levítica,
con dos cines y medio
y un aire a Rumanía.

Las tardes de domingo
-transistores y misa-
volvíamos a casa
por calles amarillas. 

(Gol en las Gaunas,
penalti en la Condomina). 

Luego, en la cena,
huevo y patatas fritas,
mirábamos la tele
como quien mira la vida.

-Tengan cuidado ahí fuera.

Pero fuera crujía
la gran rueda del tedio
y la monotonía.

A menudo me acuerdo
de la ciudad tranquila,
en el lejano oeste
vieja y dormida.






domingo, 25 de enero de 2015

Castillo de la Calahorra

[Sierra Nevada] 
Una rapaz gravita
en torno de las torres silenciosas
y en el paisaje inscrita
queda la luminosa
elipse de sus alas poderosas.

La soledad del alma
como el castillo erguido en el otero:
la eterna nieve en calma,
los sillares severos,
labrados por la luz dura de enero.

Castillo de la Calahorra desde la A-92 (Granada, 9 de enero de 2015) 


Castillo de la Calahorra (Granada) Fotografía: www.otroscaminos.es

Castillo de la Calahorra (Granada). Fotografía: www.ocholeguas.com


viernes, 26 de diciembre de 2014

Burladero Baudelaire (XII y FIN)

Capítulo V
Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I 

Regresé por fin a París una mañana de mayo. Entré por la parte norte, pero, pese al brillo calcáreo aunque algo más desvaído de las cúpulas del Sacré-Cœur,- siempre en la cúspide de los panoramas-, tardé en reconocer aquellas vistas queridas en las que el camino rural se transforma en calleja primero y las casas van sucediendo a las parcelas y molinos emparrados. Habían arrancado la mayoría de los viñedos y las callejuelas de tierra eran mucho más anchas y estaban empedradas.

No había casi nadie en las calles, de cuando en cuando pasaba una camioneta militar repleta de soldados, pero con un uniforme que yo no conocía. Rodeado de la bruma persistente que me precedía, tampoco en la ciudad resultaba yo visible para nadie. Di varias vueltas alrededor de la colina hasta que, movido por el dolor o la curiosidad, encontré o creí encontrar el lugar donde, al menos, podría, ya que había perdido toda esperanza, reclamar alguna explicación.

El oscuro y ciego callejón estaba tapiado, en su lugar una puerta alta y estrecha de madera, sin timbre ni aldaba y pintarrajeada de blanco, exhibía un cartel mal clavado cuya tipografía no me era desconocida, en letras grandes y rojas, perfiladas en negro, podía leerse: PCF S. XVIIIE A.[1] 

Llamé varias veces, pero no hubo respuesta.

Evité pasar junto a la casa de mi madre. Un andamio horrible enfundaba el campanario y las vidrieras de Saint Germain l'Auxerrois y en los almacenes de la Samaritaine, también vacios de gente, había crecido una pátina óscura y decadente sobre los mosaicos.

Crucé al otro lado del río por el Pont Neuf. Al asomarme al Sena, que aún discurría plácido y sereno, como en mañana de domingo, me pareció percibir un tumulto lejano. Subí camino de la Sorbona por Saint Michael, como en mis primeros años de estudiante. En los balcones de los edificios colgaban banderas rojas y negras cuyo significado se me escapaba y enormes sábanas blancas en las que podían leerse frases absurdas para alguien recién llegado del frente como “Debajo de los adoquines está la playa”.

La lejana algarabía creció hasta convertirse en un tropel que corría en todas direcciones gritando consignas, coreando estribillos y lanzando octavillas de papel. Más lejos se adivinaban los cascos de algunos caballos y el inconfundible y perfeccionado aroma del gas lacrimógeno.

Entonces lo vi.

Envuelto en un apretado jersey morado de cuello alto, rodeado de alumnas bellísimas y discípulos desgreñados, siempre apoyado en su bastón, avanzaba en volandas por el bulevar dando órdenes precisas a unos y a otros. La gendarmería no se atrevía a rozarlo por su calculado aire de maestro o filosófo que extendía ante él y los suyos un halo protector. La comitiva tenía el aire de aquellas fiestas que yo tan bien conocía, a su paso se sumaban más y más jóvenes que, como en el cuento de Hamelín, arrasaban con todo y eran ya legión.

Al pasar junto a mí la niebla se disipó y yo me estremecí esperando lo peor (¿y qué podría ser ya lo peor?), sin dejar de atender a la cuidada puesta en escena de su parada clavó en mí sus ojos vidriosos mientras con la punta del estoque, que para él hacía las veces de bastón, señalaba la enorme pintada a mi espalda: " Yo decreto el estado de felicidad permanente." 

Y me fui tras él.

FIN


[1] Parti Communiste Français Section du 18E Arrondisement.  Partido Comunista Francés, sección del distrito XVIII. NOTA DEL EDITOR.



Burladero Baudelaire (XI)

Capítulo V
Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I 

Entonces lloré amargamente y caí desmayado sobre el barro...

Deserté.

Durante la noche deambulaba por los páramos y rondaba granjas solitarias o abandonadas para robar comida. Por el día me ocultaba en alguna hondonada al resguardo de la caliginosa neblina que no se había separado de mí desde el ataque que determinó mi huida.

Había decidido no encaminarme a París, al menos mientras en el horizonte aún latieran los resplandores rojizos de la Gran Berta y no cesara el estruendo sordo de los morteros. De lejos veía desfilar, una tras otra, las grandes columnas de los ejércitos, cuyo uniforme cambiante pero unánime tristeza confundía mi valoración de los hechos, ¿eran alemanes o franceses? De cuando en cuando surcaban el cielo, atronando el paisaje, aviones de una solidez y envergadura para mí desconocidas. ¿Y qué significaban aquellas insignias rojas, con una cruz gamada en su centro, tan semejantes a algunos de los símbolos esotéricos con que me había iniciado?

Pasadas algunas semanas y tras algunos altercados con los campesinos, que invariablemente huían ante mi presencia, llegué a convencerme de mi invisibilidad e incluso me acerqué a las líneas de ataque, pero nada aclaraba mi confusión: aquellos carros de combate, despiadados, como un cruce de elefante y oruga, debían ser el arma secreta de la que tanto se había hablado al principio de la guerra. Desesperado, abría a veces al azar el libro maldito y fiel que era, todavía, mi única compañía bajo los astros:

Homme libre, toujours tu chériras la mer![1] 

Como cada vez me resultaba más difícil encontrar víveres, me dirigí hacia las playas. Se acercaba el verano. Quizá en algún puerto de pescadores podría encontrar el anhelado sosiego que me estaba vedado.

Una mañana, muy temprano, ya cerca de las costas, asistí a un espectáculo no menos inesperado que sublime: el cielo se pobló de un enjambre de hombres que bajaban del lo alto iluminados por el sol. Unas alas  inmensas ralentizaban su vuelo  de Ícaro, sin embargo, apenas se hubieron posado en el suelo, fue atrozmente ametrallado desde unas oscuros fortines enterrados que asomaban su amorfa cabeza de paquidermo. La visión de aquellos cuerpos desangrándose, que un instante antes habían formado parte del coro de los ángeles, superaba en horror a todo lo que había visto hasta entonces.

Comprendí que daba igual hacia dónde caminara, la destrucción era mi compañera y el infierno mi morada.


¿Continuará...?




[1] Hombre, libre, siempre querrás el mar. L’homme et la mer, Ch. Baudelaire (Op. Cit).

 
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