martes, 16 de diciembre de 2014

Burladero Baudelaire (X)

Capítulo V
Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I 

Y yo solo anhelaba morir.

Aceptaba o me presentaba voluntario a todas las misiones sin importarme el riesgo. A los mandos no se les escapaba esta tendencia aniquiladora y eludieron condecorar la temeridad que era el verdadero nombre de mi valor. Mi reputación no era la del héroe, sino la del villano que retorna indemne del último cercado mientras una compañía entera yace esparcida como las tripas de un caballo de picar sobre un terreno aguanoso y calcinado. A medida que el espanto se apoderaba de los hombres crecía el odio que regularmente me profesaban. Salía solo a las exploraciones y batidas. ¿Quién se hubiera atrevido a acompañarme a la busca de una muerte cierta?

Pero no moría.

En el invierno de 1917 me trasladaron a Verdún. Allí la gran maquinaria del maligno estaba reventando su carro. No era la primera vez que cambiaba de batallón, mi actitud huraña e irascible provocaba el malestar de la tropa. Hubieran debido fusilarme, pero tampoco se atrevieron, así que optaban por cambiarme de líneas, para algunas funciones suicidas era insuperable. Como una sombra errante fui recorriendo todo el frente occidental. Una fama abominable me precedía: en Artois un obús había estallado a dos pasos de mí enterrando a diez hombres; en Cambrai un tanque volcó sobre una zanja aplastando y mutilando a otros tantos; en Arrás, en el silencio de la noche, un proyectil silbó e impactó contra mi casco, pero un funesto rebote destrozó la frente de nuestro sargento.

Desde los fortines de la ciudadela se divisaba una irregular sucesión de colinas, las hileras de los chopos elevaban sus raquíticos esqueleto negros sobre la tierra removida en la que se dibujaba un mapa amorfo de empalizadas de hueso: la cartografía de una gusanera. Bajé pronto a las trincheras: la madera podrida por el agua ciega, las importadas ratas de las villas, las chinches y las pendencias entre los soldados por un mal trago de aguardiente turbia eran el espejo perfecto de mi alma vacía.

No sentí llegar el gas.

Un fogonazo me deslumbró, abrí los ojos a una niebla densa y fosforescente, las sombras de mis compañeros se desplomaban entre espasmos y gritos. A mí al principio el dolor me desconcertó, un fuego abrasador quemaba mis pulmones y mi garganta. Me temblaban las piernas y los brazos. No podía escapar del halo verdoso de la bruma, hipnótico como la absenta. Las convulsiones dieron pronto paso a un sentimiento de anómala beatitud. Ante mis ojos, como en la linterna mágica de mi niñez, se fueron proyectando sobre la pantalla del humo todos los horrores en los que había participado desde que traspuse el umbral de la casa de des Saintes. Entonces lloré amargamente y caí desmayado sobre el barro.






lunes, 15 de diciembre de 2014

Burladero Baudelaire (IX)

Capítulo V
Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I 

Entonces, claro, estalló la guerra.



¿Quién hubiera podido vaticinar la magnitud de la hecatombe? Los horrores del frente, sin embargo, resultan menos atroces o al menos más inteligibles que la memoria jubilosa y festiva de aquellos días. Las calles y balcones de París se llenaron de banderas como en el catorce de julio. Tanto en los primeros distritos como en los últimos suburbios columnas de niños y niñas con cascos de papel, bayonetas de madera y cañones de hojalata jugaban a la guerra en los jardines. Las oficinas de alistamiento no daban abasto y las tropas formaban en las plazas y bulevares. Antes de partir a la frontera las mujeres sacaban aún brillo a las guerreras de sus hombres quienes, investidos con el uniforme de Francia, destilaban ímpetu y ardor. Aquellos pobres incautos creían que estarían de vuelta en casa con un casco prusiano por trofeo antes del invierno. Habían usurpado la gloria  de forma temeraria, como corderos llevados al matadero.

Ignoro si había un lugar para la conflagración en los planes de Faustin de Saintes, aunque no debía resultarle del todo ajena, pues una tupida red de informadores, de Madrid a Estambul, recalaba regularmente en nuestro local. Tampoco sé a ciencia cierta si aquello servía favorablemente a sus propósitos o si, sometido a otros dictámenes más altos, simplemente cumplía su parte como envilecedor de las costumbres, condición sin duda necesaria para la desmedida tarea que habría de ocupar a gobiernos y naciones durante los siguientes cuatro años.

No hubo una institución académica o mercantil que no rindiera honor a sus héroes antes de la despedida y el BURLADERO no fue una excepción. Nunca la Marsellesa ha derramado un torrente más ebrio de sangre en las gargantas que aquella noche impura en que el redoble de los tambores hizo tronar la inmensa bóveda de Montmartre hasta hacer tambalear sus cimientos. Sobre el tableau toda una orden súcuba de Mariannes apenas enfundadas en banderas de la República cantaban a coro jaleadas por los hondos cantaores de la madrugada y el brillo dorado de los trombones americanos que recientemente habían inyectado a nuestras noches el agua densa y ponzoñosa del Mississipi. Cambiando su acostumbrado sombrero cordobés por el gorro frigio, de Saintes hizo un brindis por la victoria de Francia. Como súbdito extranjero, viejo y lisiado, él no podía acompañarnos al frente, pero habríamos de sentir su presencia, sus alas baudelerianas de albatros protector. Creo, aunque no estoy seguro, que aquella fue la última vez que lo vi.

En este punto me falla la memoria, recuerdo nuevamente el estremecedor redoble de los tambores y los rostros difusos de Amparo y Ondine, de quienes llegué a despedirme apropiadamente, pero poco más. Acaso la vaga imagen de una guillotina de attrezzo -¿o era quizá verdadera?- y siempre un coro pertinaz que reclamaba con creciente entusiasmo la sangre del káiser Guillermo si no cualquier sangre.


Por fin era libre, libre para marchar al frente, pero yo no compartía (no podía compartir) el júbilo de mis camaradas. En las almas de los condenados no existe la alegría, ni tampoco la tristeza, solo el tedio, un tedio indefinible y agotador. Me enviaron al Marne. En mi petate llevaba únicamente, además del equipaje reglamentario, un ejemplar mustio de “Las flores del mal”. 

Y yo solo anhelaba morir.



martes, 9 de diciembre de 2014

La dolce vita



















El día en que cumplí cuarenta años
me senté en un café de vía Veneto
a pedir un martini con ginebra.

Aunque yo no acostumbro a llevar gafas
de sol y, en general, bebo muy poco,
quería ser Marcelo Mastroianni.

Era dulce la vida esa mañana
bajo el cielo de Roma arrebatado
deslumbrante de luz y de belleza.

Cuando al pasar una mujer hermosa
que subía de Plaza Barberini
(donde trenza el Tritón la crin del agua)

lancé el primer piropo de mi vida
-oh, el baño en la fontana, Anita Ekberg-.
Ella giró su larga cabellera

y con la gran guadaña de sus ojos
segó mi corazón: “aún no es tu hora”,
me dijo entre sonoras carcajadas.

Roma, 15 de julio de 2014




lunes, 8 de diciembre de 2014

Presentación de "La Vida Navegable"

El sábado a las 12.30, en la Casa del Libro de Sevilla, navegaremos sobre la poesía de Santos Domínguez. Me cabe a mí el honor de hacer la botadura de esta buque que corta las olas al impulso de los vientos visionarios de la palabra. La Isla de Siltolá, en su colección Arrecifes, no ha querido ser ajena a la marea verbal y magnética de un poeta que mira el horizonte de Cádiz, pero también al Guadalquivir de las Estrellas, quiero decir al mar del mundo.

Me he colado de polizón en el prólogo del libro, pero en lugar de imantar una brújula o calibrar un sextante, he escrito una variación sobre el poema del capitán de la nave, que más abajo transcribo.

Y es que yo veo así a Santos, como un monje solitario frente a un mar inhóspito y terrible, predicando por dentro la verdad y la belleza.





MONJE A LA ORILLA DEL MAR
Se tiene la impresión al contemplarlo de que le hubieran cortado a uno los párpados.
Heinrich von Klei
st

Todo es frágil aquí, todo es niebla de asombro 
bajo el silencio blanco de la nieve 
o en el abismo azul de los acantilados. 

Como un pájaro herido, 
la lluvia se ha posado mansamente 
en la orilla del mar. 
Su música de sombra silenciosa 
desciende blanda y tibia 
a la arena sin pájaros. 

Desciende blanda y tibia 
desde este cielo turbio al turbio mar sin peces 
y allí se desdibuja, 
se disuelve en el agua 
de otro mar más profundo sin temblor ni oleaje. 

En la precaria orilla, sobre una leve duna 
soy un cuerpo en penumbra, una interrogativa 
silueta que contempla el horizonte incierto, 
perplejo frente al mar vacío de veleros. 

Y pienso en el desorden nevado de la muerte. 

SANTOS DOMÍNGUEZ RAMOS 

miércoles, 3 de diciembre de 2014

El tiempo recobrado en Moguer


Hoy se presenta en Moguer "Platero y yo, el tiempo recobrado", de Rocío Fernández Berrocal. Ayer salía en "El Norte de castilla" la reseña de Antonio Colinas que enlazo más abajo.





lunes, 1 de diciembre de 2014

Burladero Baudelaire (VIII)

Capítulo V
Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I 

Como un vórtice ciego nuestro antro arrastraba cada noche muchas almas, aunque por el día todos guardaban silencio. Des Saintes abría a los pies de sus víctimas un maelstrom de perdiciones, pero a cambio halagaba su vanidad y multiplicaba sus potencias creativas. Pienso ahora en un enclenque y jovencísimo Eliot con ojos de lechuza fascinada, recitando a la luz cadavérica de una vela los poemas de Laforgue. Que yo recuerde es de los pocos que huyó a tiempo, o al menos de los pocos que, aun habiendo huido, no fracasó después. Nada original hay en su célebre ensayo sobre Baudelaire, nada en sus estudios de Dante que no le hubiéramos enseñado aquí, donde le regalamos, en premio a su traición, toda la angustia de su Tierra Baldía,—Hypocrite lecteur, — mon semblable, —mon frère![1]Todos volvían y todos callaban, porque el silencio era la gran consigna, el segundo mandamiento de nuestra fraternidad. El primero era el miedo, un terror sagrado que Faustin sabía inocular como nadie, primitivo conocedor de los misterios de Eleusis y de las arcanas magias de las treinta y tres dinastías de Egipto.

Mi misión, ya se ha apuntado, era de naturaleza proselitista. Cuando el crepúsculo trazaba sus zarpazos de sangre sobre el cielo de París, ofrecía, como habían hecho conmigo, la ponzoñoso crátera de nuestra absenta a cualquier jovencito con ínfulas bohemias en algún tugurio de Montmartre. Junto Amparo y Ondine recorríamos los quais a la caza de los desesperados que se asomaban al Sena, había que impedir que sobre las luces oscilantes del río pudieran atisbar el último semblante de la esperanza. No más de media hora después, apenas advertían el otro aviso que, tras el anuncio del “BURLADERO” rezaba, es un decir: Lasciate ogni speranza, voi ch'entrate[2]

¡Ah París! Nuestro ruedo giraba igual que una pista de circo, que un inmenso carrusel impulsado por los caballos del averno. Y al son vertiginoso del can-can del Orfeo en los Infiernos de Offenbach, al estrépito del primer fuego de los negros saxofones de Nueva Orleáns, al ritmo furioso de las castañuelas, bajo el mágico capote de Faustin de Saintes -obispo y oro- se sucedía un frenesí nocturno en el que convivían las fantasmagorías plateadas de Eugène  Atget con la sincopada música de Satie, las coreografías silvestres y eslavas de Diáguilev y las primeras excentricidades de Cocteau, las sesiones vienesas de psicoanálisis y las primeras proyecciones sicalípticas sobre la pantalla luminosa de los Lumière. Hicimos tantas cosas que si se las relatara detalladamente, pienso que no bastaría todo el mundo para contener los libros que se escribieran.[3]

Sí, había vendido mi alma al diablo. Y, aunque no era infeliz porque la noche acudía a mi auxilio encendiendo sus guirnaldas de gas, una amargura retráctil como la lengua de una serpiente lamía mi corazón condenado. El spleen me invadía y la mirada turbia de Baudelaire alumbraba mis pasos desnortados por los últimos arrabales, sabedor de que ningún demiurgo, ningún encantamiento alemán, podría deshacer mi pacto con Satanás.

Entonces, claro, estalló la Guerra.




[1] “Hipócrita, lector, mi semejante, mi hermano”. Son los versos finales del Primer Movimiento de “The Waste Land”,  proceden del poema “Au Lecteur”, del seráfico Charles Baudelaire. NOTA DEL EDITOR.
[2] “Abandona toda esperanza si entras aquí “ (Inferno, Canto III) NOTA DEL EDITOR
[3] Cfr. Final del Evangelio según San Juan. NOTA DEL EDITOR.



lunes, 24 de noviembre de 2014

Burladero Baudelaire (VII)

Capítulo V
Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I 

Pero había otra pregunta, aún más severa, que yo evitaba hacerme entregado en cuerpo y alma a aquellos voluptuosos aquelarres. ¿Cuál era el verdadero interés de des Saintes? ¿Por qué se había fijado en mí y me había abierto de par en par las puertas de sus paraísos artificiales? Desde luego mi posición social no le era indiferente, y no por mi fortuna, saneada, pero no demasiado briosa, sino como un honorable habitante del Primer Distrito, huérfano de un embajador plenipotenciario de Napoleón III. Pues ni guillotinas ni barricadas han podido jamás derribar los muros, más altos que tronos, que separan los barrios de París. Faustin sabía bien cómo barajar las cartas del tarot y no le faltaba ninguna figura de la baraja. Sin la indolente anuencia de algunos burgueses respetables, de algunos clérigos descarriados  y el brillo estrafalario de ciertos militarotes no podría apuntalar la telaraña que cada día hilaba con más precisión alrededor de aquel hervidero de artistas, de aquel enjambre de polillas ciegas que revoloteaban por salones, galerías y cabarets.

Quizá por una pura cuestión biográfica guardaba una especial predilección por los expatriados a quienes meticulosamente lograba rebautizar como perfectos parisinos, apoyándose para ello en su guardia de corps de pura sangre gala en la que yo me había integrado inopinadamente, inmerso en el exotismo oriental de nuestro BURLADERO. Así encajaban las piezas de es este puzzle diabólico, cuyas más brillantes adquisiciones últimas eran el andaluz Picasso y el semipolaco Apollinaire.

Estaba fascinado y obsesionado con Picasso a quien sabía destinado a los más altos y perversos objetivos, lo adoraba y lo temía. “Superará a Baudelaire”, me decía con devoción, “tendrá al mundo a sus pies”. Sin embargo ningún historiador del arte ha acertado jamás a explicar -aunque quizá esto también forma parte del triunfo de des Saintes- la verdadera raíz de la tauromaquia picassiana. Los cuernos del minotauro y los cuernos de la cabra, y toda esa explosión de llanto y sangre que siempre los acompañan, significan otra cosa, son el mejor souvenir, de aquellas kermeses heroicas.


“Tenemos que hacer algo, pinta demasiado bien”. Este fue el primer encargo que me hizo  des Saintes, asustado por los cuadros rosas y sentimentales de saltimbanquis y arlequines con los que Picasso estaba “perdiendo el tiempo”. Durante varias noches me apliqué a la tarea de componer una coreografía salvaje sobre el tableau con la ayuda de nuestras amiguitas. La genialidad de las máscaras africanas fue del propio Faustin. A mí aún me pueden ver en uno de los bocetos que se han conservado, yo soy el estudiante que sale por la izquierda, separando los telones de seda roja, con algo parecido a unos libros o una calavera. El resultado nos dio a todos un poco de miedo y el cuadro se escondió un tiempo. Yo desaparecí, por fortuna, de la versión final. Pero el objetivo se había conseguido. Para entretenernos empezamos a maquinar luego el robo de la Gioconda. A fin de cuentas el Louvre estaba al lado de casa, en el Primer Distrito de París.

[Continuará...]





lunes, 17 de noviembre de 2014

Let it be

“When I find myself in times of trouble,
 Mother Mary comes to me” 

Fueron tres años de éxitos,
tocábamos el cielo con las manos,
la multitud nos aclamaba
y llenábamos siempre.

Nuestra presentación en una boda
extendió nuestra fama:
nos llamaban de todas las ciudades
y no cabía un alfiler
ni en plazas, ni explanadas.

Hasta la playa se quedaba chica.

Nos tiraban de la ropa,
nos seguían los niños y los jóvenes.

Era cosa de locos.

No faltaron los críticos
ni el escándalo público,
pero poco importaba,
porque por fin habíamos alcanzado la gloria.

A veces discutíamos sobre tal o cual tema,
pero nunca temimos
que aquello se nos fuera de las manos.

Nuestro sonido era puro.

¿Y cómo acabó todo?

No estoy aún muy seguro:
antes de la gran noche
crecía la tensión
y la cosa se fue poniendo peligrosa,
alguien pidió dinero
y quiso abandonar el grupo.

Pasamos tres días horribles,
algunos escondidos,
otros de calabozo en calabozo.

El resto de la historia es conocida:
yo me enteré camino de Emaús.

martes, 11 de noviembre de 2014

"Platero y yo, el tiempo recobrado" en el Ateneo el viernes

Este viernes 14 de noviembre, a las 20.00h se presenta el libro de Rocío Fernández Berrocal"Platero y yo, el tiempo recobrado", un conjunto de ensayos sobre el Platero de JRJ, publicado por "La Isla de Siltolá". Será en la sala "Sales y Ferré" del Ateneo de Sevilla, en la calle Orfila. 





lunes, 3 de noviembre de 2014

Ébola

[Variación africana sobre "El Gigante Egoísta" de Oscar Wilde]

Habían declarado la capital libre del virus. Tras cinco años de desolación y otro año más de prudente cuarentena una gran conferencia internacional había escenificado el final de la plaga. Jefes de gobierno, ejecutivos de empresas farmacéuticas y una babel de gerifaltes de todas las oenegés del mundo habían posado ante los flashes del planeta. La efectividad de la vacuna era absoluta. Ahora era hora de coger el avión y de volver a casa. La carretera de tierra fangosa que conducía al aeropuerto era un hervidero atascado de coches viejos y carros tirados por animales casi prehistóricos. Una columna informe de mercancías salvajes, arrastradas por hombres y mujeres semidesnudos avanzaba por las cunetas. Había que armarse de paciencia. A uno y otro lado los palmerales se reflejaban sobre los humeantes tejados de zinc de las chabolas, aún mojados por la lluvia. El calor resultaba sofocante, pero con un poco de suerte en un par de horas, tres como mucho, estaría sobrevolando el Atlántico. Fin de la pesadilla. Para aplacar su impaciencia intentó consultar las cotizaciones, pero, como siempre, no había cobertura. Entonces lo vio. Aunque quizá viera antes el vacío. El espacio enorme alrededor del niño. No más de siete años. Avanzaba tambaleándose, con el vientre hinchado y el rostro consumido por la fiebre. Desde el coche oficial y a pesar de los cristales tintados podía incluso distinguir las indudables pústulas. Pobre, pensó, al tiempo que azuzaba al conductor para que aligerase el tránsito. Volvió a mirar. Ahora yacía en el suelo solo, exánime. Alrededor el gran vacío, la nada. Por un caso no habrá que preocuparse, se dijo. El zumbido de un mensaje lo atrajo mecánicamente otra vez a la pantalla. Sobre la negra y fría superficie, como una pieza de obsidiana, vio el reflejo impoluto del cuello de su camisa, la perfecta corbata con la que había abandonado la convención.  Cerró los ojos y sintió la sequedad en su garganta. Ahora tenía cinco años y una enfermera le ponía un termómetro, mientras su madre sonreía y, un poco más apartados, veía llorar a su padre y sus abuelos. Era extraño, nunca había recordado esos días que tanta angustia provocaron a los suyos y que, como una ola, volvían de repente remontando el tiempo tan llenos de amor. El coche apenas avanzaba, parado junto al gran vacío del niño que apenas pugnaba por alzarse del suelo. Entonces abrió la puerta de repente y salió en su busca. Nadie en el mundo sabía o podía saber mejor que él lo que aquel abrazo implicaba y, mientras acunaba al niño sobre su regazo aguardando la muerte, grandes flores blancas caían de las palmeras.




lunes, 27 de octubre de 2014

Última Navidad en la Mengstraße


                                           [Cfr. Buddenbrooks, Parte VIII, Cáp VIII]

Todos han muerto, pero están aquí,
como los dulces de mazapán
o la hilera de velas que arde en el salón.

Porque es el nuestro, sabemos el final,
aún así, honremos a Jesús.

Elisabeth tenía lacitos de satén,
y en los ojos de Gerda, rodeados de azul,
brillaban las hogueras rojas de Tristán.

Hija de Sión, regocíjate.

(Alguien lee en la Biblia familiar
el Evangelio de la consolación.)

Ahora que la nieve ha ungido la ciudad
con un manto de luz
cantemos reunidos otra vez
bajo el árbol sagrado de la Navidad.
Todos han muerto, pero están aquí,
también aquí el teatro de cartón
y las carpas regadas con los vinos del Rhin.

O Tannenbaum.

Este coro de sombras te está llamando a ti,
sube de lo profundo con una sola voz,
pregunta por la puerta que nadie puede abrir.

Porque es el nuestro, sabemos el final,
el vacío y la nada y la aniquilación.

O Tannenbaum.
O Tannenbaum.







miércoles, 22 de octubre de 2014

El jueves JRJ en la Casa de la Provincia


La Asociación Colegial de Escritores de España, sección autónoma de Andalucía, ACE-Andalucía, dentro de la Programación de Otoño 2014 "Espacios de pensamiento y literatura" en Sevilla, organiza la mesa redonda bajo el título: 

Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí: fuego y sentimiento. Compromiso y exilio. De la ética a la estética

Día 23 de octubre, jueves, 19h 30m, Casa de la Provincia, Plaza del Triunfo, 1. Sevilla

Con la participación de Rocío Fernández Berrocal, Ana Recio Mir, Manuel Ángel Vázquez Medel y Carlos Vaquerizo. Presenta y modera Pedro Luis Ibáñez Lérida. Organiza ACE-Andalucía. Entrada libre.


miércoles, 8 de octubre de 2014

Ciclo de conferencias sobre "Platero y yo" en el Ateneo de Sevilla

Mañana a las 20:00h en la Calle Orfila, en Sevilla.
Jueves, 9 de octubre
Rocío Fernández Berrocal
Platero y yo: "burro robado". Primeras ediciones.


Más información aquí:

http://www.ateneodesevilla.es/index.php/programacion-cultural-ateneo-sevilla/item/1334-ciclo-de-conferencias-sobre-platero-y-yo-coordinado-por-jose-vallecillo-lopez

lunes, 6 de octubre de 2014

Burladero Baudelaire (VI)

Capítulo V
Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I 

Como ya he adelantado había una pregunta que se cernía sobre la figura de des Saintes y que toda su corte de aduladores tratábamos de evitar en público para no ser víctimas de su desprecio o su ira. Una pregunta inquietante para la que ninguno de nosotros lograba una respuesta satisfactoria que, en caso de existir, resultaría no menos inquietante que la pregunta en sí: ¿cómo era posible que el hijo de un matarife de la campiña de Sevilla, prácticamente un analfabeto, sin más educación que la de su brutal ministerio de banderillero, pudiera ejercer tan amplia autoridad sobre la inteligencia francesa? ¿Y cómo era posible, además, que esta influencia se pudiera extender unas décadas atrás en el tiempo? Pues a menudo hablaba con familiaridad de escritores y artistas desaparecidos en días en los que él aún no habría podido ser más que un ambicioso y negligente becerrista por los resecos campos de España.

Porque desde su fantástico antro de de perdición se determinaban no solo las modas literarias y pictóricas, de las que apenas divisábamos la punta del iceberg en el pequeño barrio bohemio en las alturas de Montmartre, sino que también se dispensaban despachos y sinecuras, obispados y abadías.

Todo era oscuridad y tiniebla alrededor de des Saintes desde la tarde aciaga en que el toro lo apartó del mundano cogollito de París, donde ejercía de amante a tiempo parcial de las más frívolas y casquivanas hijas de la aristocracia exiliada o de la burguesía emergente, la misma que abarrotaba los teatros donde Sarah Bernhardt entornaba los ojos hasta el éxtasis romántico revestida de pedrería bizantina.

Había un indicio, sin embargo, un mínimo vestigio que enlazaba al gallardo Faustino con el lisiado Faustine: poco después de la tragedia, una joven modistilla del Barrio Latino, de nombre Marguerite, había aparecido muerta en el atrio de la iglesia de Saint Sulpice. Los noticieros especularon dos o tres semanas sobre el hecho y el nombre de des Saintes, con quien al parecer había convivido, volvió a sonar en los cafés y mercados de París. La Gendarmería no llegó a confirmar, como se rumoreaba, si la muchacha estaba embarazada o no, pero a todas luces parecía un caso claro de suicidio por despecho erótico y el juez no dio más relevancia a la nota que encontraron en sus manos, la transcripción del célebre poema XXVI de las Flores del Mal: “Sed non Satiata”[2]. El asunto, según costumbre, se deshizo en la espuma de los días y nada se volvió a saber por un tiempo largo de des Saintes.

Cuando mucho después supe de esa historia empecé a entender algunos fenómenos que hasta la fecha, si no había dado por naturales, los había atribuido al desorden verdoso de la absenta. Aunque aún estaba lejos de la verdad pues me cegaba la insaciable concupiscencia que el BURLADERO alimentaba cada día con su aparatosa puesta en escena: algunas veces, en algún momento en mitad de la fiesta se apagaban de repente las luces y una brisa fría cortaba la estancia. Dos o tres copas se rompían contra el suelo y un silencio helador, que contrastaba con la jauría de voces que un instante antes había aullado sin tasa, se adueñaba de todos nosotros. Solo una lúgubre vela iluminaba las cabezas de los toros que parecían alzar la testuz y mugir desde el fondo de los siglos. En el viejo tablado sonaba una guitarra y una voz invisible crecía cargada de cuchillos. No era de este mundo. ¿De dónde procedía aquel cactus erguido que hendía sus espinas contra la carne mortal y miserable como un veneno puro? ¿Y qué puerta se abría hacia qué círculo hondo allí donde una hoguera de fósforo y ceniza proclamaba la angustia y la heredad de la pena? Yo oía el llanto de los niños, yo veía pasar pequeños animales y serpientes de hielo, yo podía ver el espectro alucinado de Baudelaire, sus cabellos de fuego y de hachís, su faz desencajada, su llanto milenario.

Amanecía entonces y un rocío extraño nos mojaba, aparecíamos sentados en corro, bajo los árboles del bosque de Bolonia y un sol extraño hermano del azufre. Sentíamos vergüenza. Nos quitábamos los disfraces que arrojábamos al fuego casi extinto y en silencio nos marchábamos, cada cual por su camino y en silencio.

[Continuará...]




[2] Incluimos el soneto de Baudelaire y su traducción según la edición más arriba citada.

Sed non satiata

Bizarre déité, brune comme les nuits,
Au parfum mélangé de musc et de havane,
Oeuvre de quelque obi, le Faust de la savane,
Sorcière au flanc d'ébène, enfant des noirs minuits,

Je préfère au constance, à l'opium, au nuits,
L'élixir de ta bouche où l'amour se pavane;
Quand vers toi mes désirs partent en caravane,
Tes yeux sont la citerne où boivent mes ennuis.

Par ces deux grands yeux noirs, soupiraux de ton âme,
Ô démon sans pitié! verse-moi moins de flamme;
Je ne suis pas le Styx pour t'embrasser neuf fois,

Hélas! et je ne puis, Mégère libertine,
Pour briser ton courage et te mettre aux abois,
Dans l'enfer de ton lit devenir Proserpine!

Sed non satiata
Rara deidad, oscura cual la noche, de aroma
mezclada de tabaco y de almizcle, que un obi
haya creado, Fausto de la sabana, oh bruja
de ébano, criatura de negras mediasnoches,

al opio y al constance, y al nuits siempre prefiero,
el licor de tu boca donde el amor se jacta;
cuando a ti mis deseos en caravana parten
tus ojos son la acequia donde bebe mi hastío.

Por tus ojazos negros, troneras de tu alma,
¡demonio sin piedad!, viérteme menos fuego,
no soy, para abrazarte nueve veces, La Estigia,

ni, ¡qué lastima!, puedo, oh lasciva Megera,
si quiero someter tu ardor y acorralarte,
en tu lecho infernal hacerme Proserpina.





Burladero Baudelaire (V)

Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I 

Creo que estuve a punto de perder el juicio. Sumido en una lenta y vaporosa embriaguez me despertaba mucho después del mediodía, acuciado por el campanario de la Iglesia de Saint Germain  l'Auxerrois que atronaba en mi cabeza como si llamara cada tarde a una nueva noche de San Bartolomé. No comía y apenas soportaba ver mi rostro en el espejo. Inyectados en sangre por el humo y el vicio, me parecía advertir en mis ojos un incómodo reflejo verde en el que mi madre o los sirvientes de la casa hubieran podido escrutar hasta el último detalle de nuestras nocturnas bacanales como en el cinematógrafo de los Lumière. Abandoné las clases de leyes en la Sorbona y hasta la puesta de sol me dedicaba a leer los libros herméticos que Faustine des Saintes había prescrito como materia primordial de mi noviciado.

Pero ni el mesmerismo o la telequinesia, con cuyo poder controlaba mi mentor a sus dulces y dóciles pupilas (y sospecho que a mí mismo), excitaban tanto mi imaginación como la Poesía, a la que atribuía yo el imperio de mis aventuras galantes y de la que me convertí en delirante y vehemente adorador. Yo, que apenas había pasado de puntillas por Víctor Hugo y reducido mis lecturas adolescentes a las francachelas de los mosqueteros de Alejandro Dumas. Yo, que creía que ya lo conocía todo de las humanas pasiones por haber aprendido par coeur el Código Civil…

Una letanía saturnal de poetas malditos, a algunos de los cuales Faustine des Saintes se jactaba de haber conocido e incluso iniciado (¿pero era esto posible?), orbitaba alrededor de mi cerebro hasta que los últimos rayos de sol se posaban sobre las góticas vidrieras de Saint Germain y los frisos dorados de los almacenes de la Samaritaine, cuyas guirnaldas de flores esmaltadas preludiaban los carnívoros misterios del crepúsculo que, a esta hora y desde mi cuarto, hacía reverdecer un humoso horizonte de buhardillas de zinc.

Me marchaba sin despedirme de nadie por la escalera de servicio aunque mi voz bajaba retumbando:

Entre tant de beautés que partout on peut voir,
Je comprends bien, amis, que le désir balance;
Mais on voit scintillier en Lola de Valence
Le charme inattendu d’un bijou rose et noir.

Pues entre los poetas míos tenía Charles Baudelaire un altar[1].




[1] “Entra tantas bellezas que por doquier se ven, / comprendo bien, amigos, que vacile el deseo; más brillar puede verse en Lola de Valencia / la gracia inesperada de un joyel negro y rosa”.  Este poema fue excluido expresamente por Baudelaire de “Las flores del mal”, a nuestro juicio evidencia el gusto castizo e indelicado de nuestro héroe que habrá que atribuir, en cualquier caso, al pernicioso influjo del señor des Saintes. La traducción es de Luis Martínez de Merlo, según la Edición de Cátedra de 2009, al cuidado de Alain Verjat y del propio Martínez de Merlo. NOTA DEL EDITOR.








lunes, 29 de septiembre de 2014

Burladero Baudelaire (IV)

Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I 

-Bienvenido a mi guarida, ¿Monsieur…? ¿A qué debemos su visita?

Sobre un rostro duro y enjuto, curtido por el sol, cristalizaba un rictus histriónico y mordaz que medía mi silencio a cuenta gotas.

-¿No tienes nada que decir? ¿Prefieres que pregunte a tus dos lindas amiguitas?

Más mundano que elegante, tocado con un largo sombrero de ala ancha bajo el que se afilaba una mirada tabernaria y turbia, aquel insólito petimetre hacía pasar junto a mi cuello, muy despacio mientras me hablaba, la afilada punta de un estoque que cumplía para él las funciones de bastón.

Volví atrás la vista en busca de ayuda o compasión, pero solo alcancé a divisar el chispazo fugaz de dos risas libidinosas. Ante mí, y cada vez más cerca, brillaba la levita morada, festoneada por imposibles arabescos y entorchados de oro debajo de la que brillaba un chalequillo de radiante moaré. El conjunto ejercía en mí un efecto hipnótico que mitigaba, por algún inexplicable mecanismo de compensación, el terror que me desolaba. 

Cada vez más lejano, durante un segundo me pareció que el retrato de Baudelaire me impartía su bendición.

- Évêque et or.

-¿Cómo?-Logré apenas balbucir.

-Obispo y oro. Parece que el joven tiene buen gusto –añadió mientras se giraba en una pirueta para mostrarme las filigranas de su casaca de seda-  Me has caído bien. Te perdono la vida.

¿Obispo y oro? Yo no comprendía nada, pero tuve razones para respirar aliviado cuando, a una palmada suya se estremecieron los techos y aun juraría que las bóvedas de la colina, mientras los tubos de un órgano siniestro e invisible repetían de forma obstinada y a manera de fuga los compases iniciales de “El Toreador” de Bizet, al tiempo que un ejército de máscaras grotescas, ataviadas con los más exóticos disfraces salía en procesión de las oscuridades, precedidas de una pareja de gigantes flabelos hechos con plumas de pavo real.

Cuando cesó la música, y como si de una salva de cañones se tratara, una tras otra empezaron a abrirse no menos de un centenar de botellas de champán cuya espuma se derramaba por los senos colosales de las sacerdotisas egipcias y los vientres febriles de las bayaderas indias cuyo insaciable contoneo se prolongaría más allá del amanecer.


Fue así cómo caí en las garras de Faustin des Saintes, acaso el hombre más depravado de París: Faustino de todos los Santos, natural de Fuentes de Andalucía, banderillero de Frascuelo y enrolado en todas las cuadrillas que desde el inicio de la Exposición Universal y más tarde en la plaza del bosque de Bolonia, habían toreado a la orilla del Sena para delicia de los franceses y de la exiliada corte española de Isabel II, con cuyas damas de compañía había compartido más de un desliz, hasta que, según se decía, un toro de la Camarga lo había dejado impedido, sumiéndolo en el más doloroso y tenaz de los olvidos.

[¿Continuará...?]



 
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