domingo, 25 de enero de 2015

Castillo de la Calahorra

[Sierra Nevada] 
Una rapaz gravita
en torno de las torres silenciosas
y en el paisaje inscrita
queda la luminosa
elipse de sus alas poderosas.

La soledad del alma
como el castillo erguido en el otero:
la eterna nieve en calma,
los sillares severos,
labrados por la luz dura de enero.

Castillo de la Calahorra desde la A-92 (Granada, 9 de enero de 2015) 


Castillo de la Calahorra (Granada) Fotografía: www.otroscaminos.es

Castillo de la Calahorra (Granada). Fotografía: www.ocholeguas.com


viernes, 26 de diciembre de 2014

Burladero Baudelaire (XII y FIN)

Capítulo V
Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I 

Regresé por fin a París una mañana de mayo. Entré por la parte norte, pero, pese al brillo calcáreo aunque algo más desvaído de las cúpulas del Sacré-Cœur,- siempre en la cúspide de los panoramas-, tardé en reconocer aquellas vistas queridas en las que el camino rural se transforma en calleja primero y las casas van sucediendo a las parcelas y molinos emparrados. Habían arrancado la mayoría de los viñedos y las callejuelas de tierra eran mucho más anchas y estaban empedradas.

No había casi nadie en las calles, de cuando en cuando pasaba una camioneta militar repleta de soldados, pero con un uniforme que yo no conocía. Rodeado de la bruma persistente que me precedía, tampoco en la ciudad resultaba yo visible para nadie. Di varias vueltas alrededor de la colina hasta que, movido por el dolor o la curiosidad, encontré o creí encontrar el lugar donde, al menos, podría, ya que había perdido toda esperanza, reclamar alguna explicación.

El oscuro y ciego callejón estaba tapiado, en su lugar una puerta alta y estrecha de madera, sin timbre ni aldaba y pintarrajeada de blanco, exhibía un cartel mal clavado cuya tipografía no me era desconocida, en letras grandes y rojas, perfiladas en negro, podía leerse: PCF S. XVIIIE A.[1] 

Llamé varias veces, pero no hubo respuesta.

Evité pasar junto a la casa de mi madre. Un andamio horrible enfundaba el campanario y las vidrieras de Saint Germain l'Auxerrois y en los almacenes de la Samaritaine, también vacios de gente, había crecido una pátina óscura y decadente sobre los mosaicos.

Crucé al otro lado del río por el Pont Neuf. Al asomarme al Sena, que aún discurría plácido y sereno, como en mañana de domingo, me pareció percibir un tumulto lejano. Subí camino de la Sorbona por Saint Michael, como en mis primeros años de estudiante. En los balcones de los edificios colgaban banderas rojas y negras cuyo significado se me escapaba y enormes sábanas blancas en las que podían leerse frases absurdas para alguien recién llegado del frente como “Debajo de los adoquines está la playa”.

La lejana algarabía creció hasta convertirse en un tropel que corría en todas direcciones gritando consignas, coreando estribillos y lanzando octavillas de papel. Más lejos se adivinaban los cascos de algunos caballos y el inconfundible y perfeccionado aroma del gas lacrimógeno.

Entonces lo vi.

Envuelto en un apretado jersey morado de cuello alto, rodeado de alumnas bellísimas y discípulos desgreñados, siempre apoyado en su bastón, avanzaba en volandas por el bulevar dando órdenes precisas a unos y a otros. La gendarmería no se atrevía a rozarlo por su calculado aire de maestro o filosófo que extendía ante él y los suyos un halo protector. La comitiva tenía el aire de aquellas fiestas que yo tan bien conocía, a su paso se sumaban más y más jóvenes que, como en el cuento de Hamelín, arrasaban con todo y eran ya legión.

Al pasar junto a mí la niebla se disipó y yo me estremecí esperando lo peor (¿y qué podría ser ya lo peor?), sin dejar de atender a la cuidada puesta en escena de su parada clavó en mí sus ojos vidriosos mientras con la punta del estoque, que para él hacía las veces de bastón, señalaba la enorme pintada a mi espalda: " Yo decreto el estado de felicidad permanente." 

Y me fui tras él.

FIN


[1] Parti Communiste Français Section du 18E Arrondisement.  Partido Comunista Francés, sección del distrito XVIII. NOTA DEL EDITOR.



Burladero Baudelaire (XI)

Capítulo V
Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I 

Entonces lloré amargamente y caí desmayado sobre el barro...

Deserté.

Durante la noche deambulaba por los páramos y rondaba granjas solitarias o abandonadas para robar comida. Por el día me ocultaba en alguna hondonada al resguardo de la caliginosa neblina que no se había separado de mí desde el ataque que determinó mi huida.

Había decidido no encaminarme a París, al menos mientras en el horizonte aún latieran los resplandores rojizos de la Gran Berta y no cesara el estruendo sordo de los morteros. De lejos veía desfilar, una tras otra, las grandes columnas de los ejércitos, cuyo uniforme cambiante pero unánime tristeza confundía mi valoración de los hechos, ¿eran alemanes o franceses? De cuando en cuando surcaban el cielo, atronando el paisaje, aviones de una solidez y envergadura para mí desconocidas. ¿Y qué significaban aquellas insignias rojas, con una cruz gamada en su centro, tan semejantes a algunos de los símbolos esotéricos con que me había iniciado?

Pasadas algunas semanas y tras algunos altercados con los campesinos, que invariablemente huían ante mi presencia, llegué a convencerme de mi invisibilidad e incluso me acerqué a las líneas de ataque, pero nada aclaraba mi confusión: aquellos carros de combate, despiadados, como un cruce de elefante y oruga, debían ser el arma secreta de la que tanto se había hablado al principio de la guerra. Desesperado, abría a veces al azar el libro maldito y fiel que era, todavía, mi única compañía bajo los astros:

Homme libre, toujours tu chériras la mer![1] 

Como cada vez me resultaba más difícil encontrar víveres, me dirigí hacia las playas. Se acercaba el verano. Quizá en algún puerto de pescadores podría encontrar el anhelado sosiego que me estaba vedado.

Una mañana, muy temprano, ya cerca de las costas, asistí a un espectáculo no menos inesperado que sublime: el cielo se pobló de un enjambre de hombres que bajaban del lo alto iluminados por el sol. Unas alas  inmensas ralentizaban su vuelo  de Ícaro, sin embargo, apenas se hubieron posado en el suelo, fue atrozmente ametrallado desde unas oscuros fortines enterrados que asomaban su amorfa cabeza de paquidermo. La visión de aquellos cuerpos desangrándose, que un instante antes habían formado parte del coro de los ángeles, superaba en horror a todo lo que había visto hasta entonces.

Comprendí que daba igual hacia dónde caminara, la destrucción era mi compañera y el infierno mi morada.


¿Continuará...?




[1] Hombre, libre, siempre querrás el mar. L’homme et la mer, Ch. Baudelaire (Op. Cit).

martes, 16 de diciembre de 2014

Burladero Baudelaire (X)

Capítulo V
Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I 

Y yo solo anhelaba morir.

Aceptaba o me presentaba voluntario a todas las misiones sin importarme el riesgo. A los mandos no se les escapaba esta tendencia aniquiladora y eludieron condecorar mi temeridad que era el verdadero nombre del valor. Mi reputación no era la del héroe, sino la del villano que retorna indemne del último cercado mientras una compañía entera yace esparcida como las tripas de un caballo de picar sobre un terreno aguanoso y calcinado. A medida que el espanto se apoderaba de los hombres crecía el odio que regularmente me profesaban. Salía solo a las exploraciones y batidas. ¿Quién se hubiera atrevido a acompañarme a la busca de una muerte cierta?

Pero no moría.

En el invierno de 1917 me trasladaron a Verdún. Allí la gran maquinaria del Maligno estaba reventando su carro. No era la primera vez que cambiaba de batallón, mi actitud huraña e irascible provocaba el malestar de la tropa. Hubieran debido fusilarme, pero tampoco se atrevieron, así que optaban por cambiarme de líneas; para algunas funciones suicidas era insuperable. Como una sombra errante fui recorriendo todo el frente occidental. Una fama abominable me precedía: en Artois un obús había estallado a dos pasos de mí enterrando a diez hombres; en Cambrai un tanque volcó sobre una zanja aplastando y mutilando a otros tantos; en Arrás, en el silencio de la noche, un proyectil silbó e impactó contra mi casco, pero un funesto rebote destrozó la frente de nuestro sargento.

Desde los fortines de la ciudadela se divisaba una irregular sucesión de colinas, las hileras de los chopos elevaban sus raquíticos esqueleto negros sobre la tierra removida en la que se dibujaba un mapa amorfo de empalizadas de hueso: la cartografía de una gusanera. Bajé pronto a las trincheras: la madera podrida por el agua ciega, las importadas ratas de las villas, las chinches y las pendencias entre los soldados por un mal trago de aguardiente turbia eran el espejo perfecto de mi alma vacía.

No sentí llegar el gas.

Un fogonazo me deslumbró, abrí los ojos a una niebla densa y fosforescente, las sombras de mis compañeros se desplomaban entre espasmos y gritos. A mí al principio el dolor me desconcertó, un fuego abrasador quemaba mis pulmones y mi garganta. Me temblaban las piernas y los brazos. No podía escapar del halo verdoso de la bruma, hipnótico como la absenta. Las convulsiones dieron pronto paso a un sentimiento de anómala beatitud. Ante mis ojos, como en la linterna mágica de mi niñez, se fueron proyectando sobre la pantalla del humo todos los horrores en los que había participado desde que traspuse el umbral de la casa de des Saintes. Entonces lloré amargamente y caí desmayado sobre el barro.






lunes, 15 de diciembre de 2014

Burladero Baudelaire (IX)

Capítulo V
Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I 

Entonces, claro, estalló la guerra.



¿Quién hubiera podido vaticinar la magnitud de la hecatombe? Los horrores del frente, sin embargo, resultan menos atroces o al menos más inteligibles que la memoria jubilosa y festiva de aquellos días. Las calles y balcones de París se llenaron de banderas como en el catorce de julio. Tanto en los primeros distritos como en los últimos suburbios columnas de niños y niñas con cascos de papel, bayonetas de madera y cañones de hojalata jugaban a la guerra en los jardines. Las oficinas de alistamiento no daban abasto y las tropas formaban en las plazas y bulevares. Antes de partir a la frontera las mujeres sacaban aún brillo a las guerreras de sus hombres quienes, investidos con el uniforme de Francia, destilaban ímpetu y ardor. Aquellos pobres incautos creían que estarían de vuelta en casa con un casco prusiano por trofeo antes del invierno. Habían usurpado la gloria  de forma temeraria, como corderos llevados al matadero.

Ignoro si había un lugar para la conflagración en los planes de Faustin de Saintes, aunque no debía resultarle del todo ajena, pues una tupida red de informadores, de Madrid a Estambul, recalaba regularmente en nuestro local. Tampoco sé a ciencia cierta si aquello servía favorablemente a sus propósitos o si, sometido a otros dictámenes más altos, simplemente cumplía su parte como envilecedor de las costumbres, condición sin duda necesaria para la desmedida tarea que habría de ocupar a gobiernos y naciones durante los siguientes cuatro años.

No hubo una institución académica o mercantil que no rindiera honor a sus héroes antes de la despedida y el BURLADERO no fue una excepción. Nunca la Marsellesa ha derramado un torrente más ebrio de sangre en las gargantas que aquella noche impura en que el redoble de los tambores hizo tronar la inmensa bóveda de Montmartre hasta hacer tambalear sus cimientos. Sobre el tableau toda una orden súcuba de Mariannes apenas enfundadas en banderas de la República cantaban a coro jaleadas por los hondos cantaores de la madrugada y el brillo dorado de los trombones americanos que recientemente habían inyectado a nuestras noches el agua densa y ponzoñosa del Mississipi. Cambiando su acostumbrado sombrero cordobés por el gorro frigio, de Saintes hizo un brindis por la victoria de Francia. Como súbdito extranjero, viejo y lisiado, él no podía acompañarnos al frente, pero habríamos de sentir su presencia, sus alas baudelerianas de albatros protector. Recuerdo que pensé con alivio que, con un poco de suerte, no lo volvería a ver.

En este punto me falla la memoria, recuerdo nuevamente el estremecedor redoble de los tambores y los rostros difusos de Amparo y Ondine, de quienes llegué a despedirme apropiadamente, pero poco más. Acaso la vaga imagen de una guillotina de attrezzo -¿o era quizá verdadera?- y siempre un coro pertinaz que reclamaba con creciente entusiasmo la sangre del káiser Guillermo si no cualquier sangre.


Por fin era libre, libre para marchar al frente, pero yo no compartía (no podía compartir) el júbilo de mis camaradas. En las almas de los condenados no existe la alegría, ni tampoco la tristeza, solo el tedio, un tedio indefinible y agotador. Me enviaron al Marne. En mi petate llevaba únicamente, además del equipaje reglamentario, un ejemplar mustio de “Las flores del mal”. 

Y yo solo anhelaba morir.



martes, 9 de diciembre de 2014

La dolce vita



















El día en que cumplí cuarenta años
me senté en un café de vía Veneto
a pedir un martini con ginebra.

Aunque yo no acostumbro a llevar gafas
de sol y, en general, bebo muy poco,
quería ser Marcelo Mastroianni.

Era dulce la vida esa mañana
bajo el cielo de Roma arrebatado
deslumbrante de luz y de belleza.

Cuando al pasar una mujer hermosa
que subía de Plaza Barberini
(donde trenza el Tritón la crin del agua)

lancé el primer piropo de mi vida
-oh, el baño en la fontana, Anita Ekberg-.
Ella giró su larga cabellera

y con la gran guadaña de sus ojos
segó mi corazón: “aún no es tu hora”,
me dijo entre sonoras carcajadas.

Roma, 15 de julio de 2014




lunes, 8 de diciembre de 2014

Presentación de "La Vida Navegable"

El sábado a las 12.30, en la Casa del Libro de Sevilla, navegaremos sobre la poesía de Santos Domínguez. Me cabe a mí el honor de hacer la botadura de esta buque que corta las olas al impulso de los vientos visionarios de la palabra. La Isla de Siltolá, en su colección Arrecifes, no ha querido ser ajena a la marea verbal y magnética de un poeta que mira el horizonte de Cádiz, pero también al Guadalquivir de las Estrellas, quiero decir al mar del mundo.

Me he colado de polizón en el prólogo del libro, pero en lugar de imantar una brújula o calibrar un sextante, he escrito una variación sobre el poema del capitán de la nave, que más abajo transcribo.

Y es que yo veo así a Santos, como un monje solitario frente a un mar inhóspito y terrible, predicando por dentro la verdad y la belleza.





MONJE A LA ORILLA DEL MAR
Se tiene la impresión al contemplarlo de que le hubieran cortado a uno los párpados.
Heinrich von Klei
st

Todo es frágil aquí, todo es niebla de asombro 
bajo el silencio blanco de la nieve 
o en el abismo azul de los acantilados. 

Como un pájaro herido, 
la lluvia se ha posado mansamente 
en la orilla del mar. 
Su música de sombra silenciosa 
desciende blanda y tibia 
a la arena sin pájaros. 

Desciende blanda y tibia 
desde este cielo turbio al turbio mar sin peces 
y allí se desdibuja, 
se disuelve en el agua 
de otro mar más profundo sin temblor ni oleaje. 

En la precaria orilla, sobre una leve duna 
soy un cuerpo en penumbra, una interrogativa 
silueta que contempla el horizonte incierto, 
perplejo frente al mar vacío de veleros. 

Y pienso en el desorden nevado de la muerte. 

SANTOS DOMÍNGUEZ RAMOS 

miércoles, 3 de diciembre de 2014

El tiempo recobrado en Moguer


Hoy se presenta en Moguer "Platero y yo, el tiempo recobrado", de Rocío Fernández Berrocal. Ayer salía en "El Norte de castilla" la reseña de Antonio Colinas que enlazo más abajo.





lunes, 1 de diciembre de 2014

Burladero Baudelaire (VIII)

Capítulo V
Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I 

Como un vórtice ciego nuestro antro arrastraba cada noche muchas almas, aunque por el día todos guardaban silencio. Des Saintes abría a los pies de sus víctimas un maelstrom de perdiciones, pero a cambio halagaba su vanidad y multiplicaba sus potencias creativas. Pienso ahora en un enclenque y jovencísimo Eliot con ojos de lechuza fascinada, recitando a la luz cadavérica de una vela los poemas de Laforgue. Que yo recuerde es de los pocos que huyó a tiempo, o al menos de los pocos que, aun habiendo huido, no fracasó después. Nada original hay en su célebre ensayo sobre Baudelaire, nada en sus estudios de Dante que no le hubiéramos enseñado aquí, donde le regalamos, en premio a su traición, toda la angustia de su Tierra Baldía,—Hypocrite lecteur, — mon semblable, —mon frère![1]Todos volvían y todos callaban, porque el silencio era la gran consigna, el segundo mandamiento de nuestra fraternidad. El primero era el miedo, un terror sagrado que Faustin sabía inocular como nadie, primitivo conocedor de los misterios de Eleusis y de las arcanas magias de las treinta y tres dinastías de Egipto.

Mi misión, ya se ha apuntado, era de naturaleza proselitista. Cuando el crepúsculo trazaba sus zarpazos de sangre sobre el cielo de París, ofrecía, como habían hecho conmigo, la ponzoñoso crátera de nuestra absenta a cualquier jovencito con ínfulas bohemias en algún tugurio de Montmartre. Junto Amparo y Ondine recorríamos los quais a la caza de los desesperados que se asomaban al Sena, había que impedir que sobre las luces oscilantes del río pudieran atisbar el último semblante de la esperanza. No más de media hora después, apenas advertían el otro aviso que, tras el anuncio del “BURLADERO” rezaba, es un decir: Lasciate ogni speranza, voi ch'entrate[2]

¡Ah París! Nuestro ruedo giraba igual que una pista de circo, que un inmenso carrusel impulsado por los caballos del averno. Y al son vertiginoso del can-can del Orfeo en los Infiernos de Offenbach, al estrépito del primer fuego de los negros saxofones de Nueva Orleáns, al ritmo furioso de las castañuelas, bajo el mágico capote de Faustin de Saintes -obispo y oro- se sucedía un frenesí nocturno en el que convivían las fantasmagorías plateadas de Eugène  Atget con la sincopada música de Satie, las coreografías silvestres y eslavas de Diáguilev y las primeras excentricidades de Cocteau, las sesiones vienesas de psicoanálisis y las primeras proyecciones sicalípticas sobre la pantalla luminosa de los Lumière. Hicimos tantas cosas que si se las relatara detalladamente, pienso que no bastaría todo el mundo para contener los libros que se escribieran.[3]

Sí, había vendido mi alma al diablo. Y, aunque no era infeliz porque la noche acudía a mi auxilio encendiendo sus guirnaldas de gas, una amargura retráctil como la lengua de una serpiente lamía mi corazón condenado. El spleen me invadía y la mirada turbia de Baudelaire alumbraba mis pasos desnortados por los últimos arrabales, sabedor de que ningún demiurgo, ningún encantamiento alemán, podría deshacer mi pacto con Satanás.

Entonces, claro, estalló la Guerra.




[1] “Hipócrita, lector, mi semejante, mi hermano”. Son los versos finales del Primer Movimiento de “The Waste Land”,  proceden del poema “Au Lecteur”, del seráfico Charles Baudelaire. NOTA DEL EDITOR.
[2] “Abandona toda esperanza si entras aquí “ (Inferno, Canto III) NOTA DEL EDITOR
[3] Cfr. Final del Evangelio según San Juan. NOTA DEL EDITOR.



lunes, 24 de noviembre de 2014

Burladero Baudelaire (VII)

Capítulo V
Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I 

Pero había otra pregunta, aún más severa, que yo evitaba hacerme entregado en cuerpo y alma a aquellos voluptuosos aquelarres. ¿Cuál era el verdadero interés de des Saintes? ¿Por qué se había fijado en mí y me había abierto de par en par las puertas de sus paraísos artificiales? Desde luego mi posición social no le era indiferente, y no por mi fortuna, saneada, pero no demasiado briosa, sino como un honorable habitante del Primer Distrito, huérfano de un embajador plenipotenciario de Napoleón III. Pues ni guillotinas ni barricadas han podido jamás derribar los muros, más altos que tronos, que separan los barrios de París. Faustin sabía bien cómo barajar las cartas del tarot y no le faltaba ninguna figura de la baraja. Sin la indolente anuencia de algunos burgueses respetables, de algunos clérigos descarriados  y el brillo estrafalario de ciertos militarotes no podría apuntalar la telaraña que cada día hilaba con más precisión alrededor de aquel hervidero de artistas, de aquel enjambre de polillas ciegas que revoloteaban por salones, galerías y cabarets.

Quizá por una pura cuestión biográfica guardaba una especial predilección por los expatriados a quienes meticulosamente lograba rebautizar como perfectos parisinos, apoyándose para ello en su guardia de corps de pura sangre gala en la que yo me había integrado inopinadamente, inmerso en el exotismo oriental de nuestro BURLADERO. Así encajaban las piezas de es este puzzle diabólico, cuyas más brillantes adquisiciones últimas eran el andaluz Picasso y el semipolaco Apollinaire.

Estaba fascinado y obsesionado con Picasso a quien sabía destinado a los más altos y perversos objetivos, lo adoraba y lo temía. “Superará a Baudelaire”, me decía con devoción, “tendrá al mundo a sus pies”. Sin embargo ningún historiador del arte ha acertado jamás a explicar -aunque quizá esto también forma parte del triunfo de des Saintes- la verdadera raíz de la tauromaquia picassiana. Los cuernos del minotauro y los cuernos de la cabra, y toda esa explosión de llanto y sangre que siempre los acompañan, significan otra cosa, son el mejor souvenir, de aquellas kermeses heroicas.


“Tenemos que hacer algo, pinta demasiado bien”. Este fue el primer encargo que me hizo  des Saintes, asustado por los cuadros rosas y sentimentales de saltimbanquis y arlequines con los que Picasso estaba “perdiendo el tiempo”. Durante varias noches me apliqué a la tarea de componer una coreografía salvaje sobre el tableau con la ayuda de nuestras amiguitas. La genialidad de las máscaras africanas fue del propio Faustin. A mí aún me pueden ver en uno de los bocetos que se han conservado, yo soy el estudiante que sale por la izquierda, separando los telones de seda roja, con algo parecido a unos libros o una calavera. El resultado nos dio a todos un poco de miedo y el cuadro se escondió un tiempo. Yo desaparecí, por fortuna, de la versión final. Pero el objetivo se había conseguido. Para entretenernos empezamos a maquinar luego el robo de la Gioconda. A fin de cuentas el Louvre estaba al lado de casa, en el Primer Distrito de París.

[Continuará...]





lunes, 17 de noviembre de 2014

Let it be

“When I find myself in times of trouble,
 Mother Mary comes to me” 

Fueron tres años de éxitos,
tocábamos el cielo con las manos,
la multitud nos aclamaba
y llenábamos siempre.

Nuestra presentación en una boda
extendió nuestra fama:
nos llamaban de todas las ciudades
y no cabía un alfiler
ni en plazas, ni explanadas.

Hasta la playa se quedaba chica.

Nos tiraban de la ropa,
nos seguían los niños y los jóvenes.

Era cosa de locos.

No faltaron los críticos
ni el escándalo público,
pero poco importaba,
porque por fin habíamos alcanzado la gloria.

A veces discutíamos sobre tal o cual tema,
pero nunca temimos
que aquello se nos fuera de las manos.

Nuestro sonido era puro.

¿Y cómo acabó todo?

No estoy aún muy seguro:
antes de la gran noche
crecía la tensión
y la cosa se fue poniendo peligrosa,
alguien pidió dinero
y quiso abandonar el grupo.

Pasamos tres días horribles,
algunos escondidos,
otros de calabozo en calabozo.

El resto de la historia es conocida:
yo me enteré camino de Emaús.

martes, 11 de noviembre de 2014

"Platero y yo, el tiempo recobrado" en el Ateneo el viernes

Este viernes 14 de noviembre, a las 20.00h se presenta el libro de Rocío Fernández Berrocal"Platero y yo, el tiempo recobrado", un conjunto de ensayos sobre el Platero de JRJ, publicado por "La Isla de Siltolá". Será en la sala "Sales y Ferré" del Ateneo de Sevilla, en la calle Orfila. 





lunes, 3 de noviembre de 2014

Ébola

[Variación africana sobre "El Gigante Egoísta" de Oscar Wilde]

Habían declarado la capital libre del virus. Tras cinco años de desolación y otro año más de prudente cuarentena una gran conferencia internacional había escenificado el final de la plaga. Jefes de gobierno, ejecutivos de empresas farmacéuticas y una babel de gerifaltes de todas las oenegés del mundo habían posado ante los flashes del planeta. La efectividad de la vacuna era absoluta. Ahora era hora de coger el avión y de volver a casa. La carretera de tierra fangosa que conducía al aeropuerto era un hervidero atascado de coches viejos y carros tirados por animales casi prehistóricos. Una columna informe de mercancías salvajes, arrastradas por hombres y mujeres semidesnudos avanzaba por las cunetas. Había que armarse de paciencia. A uno y otro lado los palmerales se reflejaban sobre los humeantes tejados de zinc de las chabolas, aún mojados por la lluvia. El calor resultaba sofocante, pero con un poco de suerte en un par de horas, tres como mucho, estaría sobrevolando el Atlántico. Fin de la pesadilla. Para aplacar su impaciencia intentó consultar las cotizaciones, pero, como siempre, no había cobertura. Entonces lo vio. Aunque quizá viera antes el vacío. El espacio enorme alrededor del niño. No más de siete años. Avanzaba tambaleándose, con el vientre hinchado y el rostro consumido por la fiebre. Desde el coche oficial y a pesar de los cristales tintados podía incluso distinguir las indudables pústulas. Pobre, pensó, al tiempo que azuzaba al conductor para que aligerase el tránsito. Volvió a mirar. Ahora yacía en el suelo solo, exánime. Alrededor el gran vacío, la nada. Por un caso no habrá que preocuparse, se dijo. El zumbido de un mensaje lo atrajo mecánicamente otra vez a la pantalla. Sobre la negra y fría superficie, como una pieza de obsidiana, vio el reflejo impoluto del cuello de su camisa, la perfecta corbata con la que había abandonado la convención.  Cerró los ojos y sintió la sequedad en su garganta. Ahora tenía cinco años y una enfermera le ponía un termómetro, mientras su madre sonreía y, un poco más apartados, veía llorar a su padre y sus abuelos. Era extraño, nunca había recordado esos días que tanta angustia provocaron a los suyos y que, como una ola, volvían de repente remontando el tiempo tan llenos de amor. El coche apenas avanzaba, parado junto al gran vacío del niño que apenas pugnaba por alzarse del suelo. Entonces abrió la puerta de repente y salió en su busca. Nadie en el mundo sabía o podía saber mejor que él lo que aquel abrazo implicaba y, mientras acunaba al niño sobre su regazo aguardando la muerte, grandes flores blancas caían de las palmeras.




lunes, 27 de octubre de 2014

Última Navidad en la Mengstraße


                                           [Cfr. Buddenbrooks, Parte VIII, Cáp VIII]

Todos han muerto, pero están aquí,
como los dulces de mazapán
o la hilera de velas que arde en el salón.

Porque es el nuestro, sabemos el final,
aún así, honremos a Jesús.

Elisabeth tenía lacitos de satén,
y en los ojos de Gerda, rodeados de azul,
brillaban las hogueras rojas de Tristán.

Hija de Sión, regocíjate.

(Alguien lee en la Biblia familiar
el Evangelio de la consolación.)

Ahora que la nieve ha ungido la ciudad
con un manto de luz
cantemos reunidos otra vez
bajo el árbol sagrado de la Navidad.
Todos han muerto, pero están aquí,
también aquí el teatro de cartón
y las carpas regadas con los vinos del Rhin.

O Tannenbaum.

Este coro de sombras te está llamando a ti,
sube de lo profundo con una sola voz,
pregunta por la puerta que nadie puede abrir.

Porque es el nuestro, sabemos el final,
el vacío y la nada y la aniquilación.

O Tannenbaum.
O Tannenbaum.







miércoles, 22 de octubre de 2014

El jueves JRJ en la Casa de la Provincia


La Asociación Colegial de Escritores de España, sección autónoma de Andalucía, ACE-Andalucía, dentro de la Programación de Otoño 2014 "Espacios de pensamiento y literatura" en Sevilla, organiza la mesa redonda bajo el título: 

Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí: fuego y sentimiento. Compromiso y exilio. De la ética a la estética

Día 23 de octubre, jueves, 19h 30m, Casa de la Provincia, Plaza del Triunfo, 1. Sevilla

Con la participación de Rocío Fernández Berrocal, Ana Recio Mir, Manuel Ángel Vázquez Medel y Carlos Vaquerizo. Presenta y modera Pedro Luis Ibáñez Lérida. Organiza ACE-Andalucía. Entrada libre.


 
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