martes, 8 de julio de 2014

Burladero Baudelarie (II)


Bajo el letrero, sentado en una silla de anea floreada, un gitano español, mal encarado y renegrido, alargaba una mano retorcida y huesuda como la pezuña de un chivo. Dejé caer sobre ella un puñado de francos y avancé todavía un largo trecho en tinieblas interrumpido solo por el chasquido lunar de algunas navajas no del todo invisibles. Un halo escarlata reverberaba al fondo desde donde me llamaban, entre risas y maldiciones, las dos satiresas a las que había vendido mi alma.

Amparo y Ondine, suyas habían sido las precisas indicaciones que me habían hecho descender a esta sima que por fin franqueaba bajo el ingrávido dosel del humo que nacía de sus largos cigarros egipcios. Y así, enredado en sus brazos salomónicos, crucé las puertas del templo donde toda esperanza se pierde.

Una gran sala circular, revestida de colgaduras carmesíes y alumbrada por una inmensa araña de cristal tembloroso, se abría a nuestro paso. Muy al fondo, un decorado desvaído de vagos motivos andaluces se alzaba sobre lo que parecía la tarima de un tableau vivant, quizá en desuso; pero lo que más llamaba la atención eran las innumerables y descomunales cabezas de toro que rasgaban la seda roja de las paredes con la disecada bravura de sus ojos de vidrio y los cuernos afilados como la aguja de Notre Dame.

Friso Beethoven (Klimt): detalle
¿Continuará...?

domingo, 6 de julio de 2014

Burladero Baudelaire (I)


¡Ah, París! Ante la negra silueta de Aristide Bruant pintada por el tullido Lautrec -larga chalina roja como un brochazo de sangre sobre los cielos humeantes de la Comuna-, la libélula verde de la absenta revoloteaba por los viñedos de la colina de Montmatre, aleteaba en los abanicos pintarrajeados de las coristas y bendecía la noche sobre los turgentes y erizados senos blancos del Sacré-Cœur.


Pero no fue bajo las aspas del Molin Rouge, que levantaban las enaguas de las sombras con el rugido diabólico de los cancanes y el lúbrico carmín posado en las copas ahítas del champán, donde se forjó la leyenda de aquellos tiempos mórbidos. Ni en esa barraca de feria que, tras el pomposo nombre de l’Enfer con su puerta de yeso, mitad cetáceo, mitad gárgola viciosa, devoraba con sus conjuros teatrales los corazones timoratos de los estudiantes y de los aplicados funcionarios que las prefecturas enviaban de paso a la Ciudad de la Luz.

No, no fue  tampoco en los cabarets del Lapin Agile o la Cigale. Ni siquiera en el Chat Noir, cuyas cornucopias doradas y espejos gastados de azogue habían presenciado la iniciación teosófica de tantos prohombres a la luz temblorosa de los velones y bajo la mirada reprobatoria de los santos  policromados del siglo de Rabelais.

Es unánime la opinión de que las opalescentes alucinaciones del ajenjo, arpegiadas por las fantasmagorías de Erik Satie, terminaron con un disparo en el riñón salvaje de Austria, cuando la niebla fosforescente del gas mostaza abrazó a sus hijos en las trincheras del Somme; pero nadie o casi nadie conoce o parece haber conocido la existencia del local de Europa donde con más fuerza arraigaron las flores del mal.


Pasada la Gran Guerra muchas cosas se olvidaron para siempre, otras se alteraron o mixtificaron pero yo aún recuerdo con horror la primera vez que traspuse el umbral de aquel antro de perversión: se accedía a través de un estrecho pasadizo, tras una puerta falsa al final de una calle encajonada, maloliente y húmeda de orines, al pie de la colina. Un primer compartimiento, de tierra compacta, daba paso a una puerta batiente sobre la que caía una cortina de cañas. De un techo invisible y lejano colgaba un cartel de letras grandes y rojas, perfiladas en negro, donde podía leerse: BURLADERO BAUDELAIRE.



¿Continuará...?

sábado, 28 de junio de 2014

El mundo en guerra (29-VI-1914)

Han apagado las luces en el pabellón de caza y las verdes cúpulas de bronce, con el último bramido de las trompas del ocaso, se están hundiendo en el estanque real, constelado de hojas caídas. Agujas rojas de los alerces, vaho en los hocicos del lebrel: es otoño en los bosques de Viena, ¡violín, no dejes de sonar! Tu melancólica y dulce melodía trae un rastro de rosas imperiales a este mundo de ayer despedazado. Entonces, ah, entonces, paseábamos en carroza a la sombra de árboles espléndidos y sabíamos pintar las oscilantes fronteras de las viejas naciones en los mapas de Europa. Entonces, en los salones nublados del café, Gustav Mahler jugaba al ajedrez con Sigmund Freud. Pero se han borrado del cielo las águilas de Schönbrunn, igual que la nube de pólvora que abatió al jabalí por la mañana. Unser Kaiser und Herr. ¿Qué sombras pardas, qué furias rojas, qué masas uniformes se apelmazan  bajo las ménsulas de los palacios? ¡Violín, no dejes de sonar! Que tu melancólica y dulce melodía gire y gire en los salones de baile como un canto de réquiem, que tu luz no se apague en mitad de la inmensa cacería.

"Cúpulas y Capiteles", Siltolá 2011.


lunes, 23 de junio de 2014

A un naranjo chino

Parece un planetario en miniatura
constelado de soles acidísimos,
en las órbitas verdes de sus ramas
la belleza es hermana de la fuerza.

Absorto como el niño que en la cuna
mira girar un móvil, acaricio
el equilibrio áureo de los frutos
y suenan silenciosas las esferas.

Yo soy ahora el dueño de la lluvia
que dócilmente moja sus raíces
como en el patio emir de los naranjos.

Cuando la luz de luna lo ilumina,
un mandarín tañe el laúd de jade
por orden del Emperador de China.























domingo, 8 de junio de 2014

El escondite inglés

Un remoto coro de voces infantiles contaba hasta cien mientras yo me perdía entre los setos de boj, más allá de la oscura hilera de cipreses. No quería defraudarlos y cuando llegué a la acequia seguí corriendo con todas mis fuerzas procurando ocultarme entre los carrizos. De cuando en cuando aún me sobresaltaba alguna voz, pero la algarabía sonaba cada vez más distante. ¿Por qué me habrían invitado con tanto entusiasmo a jugar con ellos si a menudo me hacían burla o me rehuían? Recuerdo que entonces no lo pensé: yo me sentía feliz de que me hubieran aceptado en sus corrillos e incluso concedido el privilegio de ser la primera en buscar un escondite. Casi tambaleándome por la tortuosa senda del agua llegué a un molino en ruinas y allí me refugié, segura de que no me encontrarían hasta que yo no saliera. Pero nadie venía y ya no se oía nada que no fuera el chapoteo de los animales silvestres. Entre aquellas paredes hacía un frío húmedo y pronto caería la noche. Quizá me quedé dormida, entre tinieblas vi las amarillentas sombras de unas antorchas y oí un eco muy apagado de voces que repetían mi nombre. A la mañana siguiente creo que comí mi primer pájaro crudo aunque no es esta mi única dieta: en otoño, si no hiela antes, salen unas bayas moradas y abundantes en los arbustos, son dulces, pero no sé cómo se llaman. Con estos guijarros afilados como cuchillos también me corto los cabellos. De cuando en cuando se oye el tiro suelto de un cazador o los jadeos de alguna pareja extraviada. Salen siempre corriendo si acaso llegan a verme. Aunque ya casi nadie se acerca. Algunas veces me despiertan en sueños sonidos de otro mundo que me llaman llorando, como en un susurro. Pero no son las voces de los niños y yo solo los espero a ellos.

El mundo de Cristina Andrew Wyeth

miércoles, 28 de mayo de 2014

Cabeza de monje (un poema de Santos Domínguez)

La que pintó Zurbarán y que me viene dedicada, retallada por la palabra de Santos Domínguez en el envío que cierra El dueño del Eclipse, el libro de poemas publicado por Algaida y con el que ha ganado el Premio de Poesía Ciudad de Badajoz. 

Lo presentamos este jueves en Sevilla junto con José Antonio Ramírez Lozano y Miguel Veyrat en la Casa de la Memoria de la Calle Cuna a las 19:30h.


Cabeza de monje

Ese rostro en ayunas,
de frente demacrada y pómulos agudos,
se olvida de su nombre
y arde sin llama viva en un lugar secreto.

Esos ojos cerrados que miran hacia dentro,
hacia una sombra ardiente que arrasa el corazón,
hacia una luz que abrasa al fondo del olvido,
anegan el silencio hondo del claroscuro
y se hunden en el mar del último naufragio.




lunes, 26 de mayo de 2014

Isaak Babel




Aplastado por Stalin, que no le perdonó su sarcástica declaración en el primer Congreso de Escritores Soviéticos: "el partido y el gobierno nos lo han dado todo sin quitarnos más que un privilegio: el de escribir mal", Isaak Babel (1894-1940) es, junto con Kafka, Borges y Hemingway, el gran hacedor del relato corto del siglo XX. El maestro argentino, en un lacónico pero contundente prólogo, remarcó: “la música de su estilo contrasta con la casi inefable brutalidad de ciertas escenas”

"Caballería Roja", que sucede en las devastadas soledades de Ucrania y Polonia, durante la gran guerra civil entre los rusos blancos y bolcheviques que ahora remedan los esbirros del imperial Putin, es una acumulación de violencia y belleza, de alucinación e iluminaciones, preñada de la más intensa emoción lírica, aunque solo apta para quienes no teman cortar la flor azul sobre las vísceras de los caballos. 

Quiso ser un gran canto épico a la revolución y así se publicó, pero Stalin no podía ignorar que bajo la máscara sórdida de la roja epopeya alentaba el irónico catálogo de los horrores, la reducción al absurdo de la gran maquinaria de miseria y destrucción moral que había activado el camarada Lenin y cuyo guión, tan bien pautado, solo tuvo que seguir treinta y cinco años más. 

El 23 de mayo de 1920 la gloriosa Caballería Roja cargó contra Polonia y, con tal motivo, en EL LECTOR DE ALMANAQUES remedamos el estilo purísimo de Isaak Babel, este judío de Odessa, cuya patria es, al fin, otra Babel, la de la infinita traducción de su escritura.



23 de mayo La “Caballería Roja” marcha hacia Polonia


La ubre tumefacta de la luna se derramaba sobre las jenízaras barbas de la noche. En los ensortijados bucles negros brillaban las estrellas inmisericordes. Mañana entraríamos en la arcaica ciudad, pero al sargento lo devoraba la impaciencia y no dejaba de atizar con la fusta al viejo, que yacía a sus pies como un cardo aplastado sobre un charco de sangre y aguardiente. “Guarda tu odio para el amanecer”, le decíamos. No quería oírnos y resoplaba como una locomotora asmática con las calderas al rojo vivo: “el camarada Lenin ha dicho que a los terratenientes hay que sacarles las ideas a golpes”. Y siguió apaleándolo al menos otra media hora más. Aunque me fascinaba el odio de aquel sayón me alejé para respirar la brisa metálica de la hora. A lo lejos restallaban fogonazos púrpuras sobre las cúpulas de las sinagogas. De pronto sentí una fuerte emoción en el pecho al pensar en la carga de nuestra gran caballería, me imaginaba el universo como una inmensa llanura que Dios había bruñido para el bello galope de nuestros tristes y famélicos caballos y lloré. Lloré como aquel sabbat en Odessa cuando la hija de nuestro rabino me miraba con sus grandes ojos de hebrea que cobijaban todas las desolaciones. 

"Así es como acaban las ideas de los terratenientes."
Primera Edición de "Caballería Roja".
"Caballería Roja", marcha del ejército de la URSS.





Este jueves: eclipse de luna en la calle Cuna


lunes, 19 de mayo de 2014

Morante: Tratado de Armonía

El próximo jueves acudimos Morante y yo a las Ventas, José Antonio torea por la tarde, yo en la función matinal. 

Me cabe el honor de participar en la presentación del libro "José Antonio Morante de la Puebla. Tratado de Armonía", que han escrito y fotografiado al alimón Lorenzo Clemente y Andrés Lorrio, en la estela de su obra sobre José Tomás, que en su día comenté.

Todos los detalles del libro, aquí: 

http://www.esferalibros.com/libro/morante-de-la-puebla/ 

Tengo la inmensa suerte de haber escrito el prólogo, porque yo los admiro mucho a los tres: a Lorenzo, a Andrés y a Morante, claro. 

Que Dios reparta suerte. 

Nos vemos allí a las doce y media en punto de la tarde.

lunes, 5 de mayo de 2014

Gusanos de seda

Era una caja de cartón,
ahora es el Valle de los Reyes.

Un silencio solemne ha desplazado
el chasquido tenaz de las  mandíbulas.

Como el tiempo tritura los relojes
devoraron las hojas de morera
que unas manos traían cada tarde.

Ahora yacen inertes en la densa necrópolis
que ellos mismos tejieron
con un hilo de oro.

Bajo el mudo sarcófago,
que cobija su sueño
¿acaso aguardan la resurrección de la carne?

Dicen que el hombre es un ser para la muerte.

En esta caja de cartón termina
la Ruta de la Seda.





martes, 22 de abril de 2014

Donde empieza el Caribe

(In memoriam G. G.-M.)

Triana era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas…


Foto: Viernes Santo 2014, Virgen del Patrocinio (Cofradía del Cachorro)
sobre el Puente de Triana.




jueves, 17 de abril de 2014

Semanas Santas (Trujillo-Cáceres-Sevilla)

No conoce "uno" la Semana Santa de Trujillo, pero sí y mucho, la ciudad (es un decir), por los tantísimos años vividos en Cáceres, de la que, ¡qué cosas!, tampoco conoce uno -otro- su Semana Santa, por los muchos años nacido en Sevilla, donde, a pesar de los casi veinte años ya vueltos a vivir aquí, se sigue uno moviendo (laus Deo!) como Kipling en Londres o John Wayne en Innisfree, esto es: inglés del exilio, irlandés de ultramar. Puede así disfrutar de todo lo bueno y ver con más distancia haberes y deberes, virtudes y lo otro.

Vaya este preámbulo por la mucha ilusión que me ha hecho que tanto de Trujillo, como de Cáceres, me hayan pedido este año poemas para distintos actos y libros sobre sus respectivas Semanas Santas. Yo, que soy autor de un libro sobre toros, y otro que se llama, no te digo más, "Cuaresma", no acepto -sin más- la cruz del casticismo, la chapela que alguno, más hortera, más cateto y en definitiva, más parecido a Gabriel y Galán (en fin: ni eso, ya quisieran) puedan poner a esta materia poética. Como en los poemas de amor el riesgo es doble o triple, pero hay que subir este ochomil, tirarse del trapecio, como lo hicieron Lorca, Machado (los dos) o Girondo, en su arte cada cual.

En Trujillo, han publicado “Semana Santa (2014)”, un antología de poemas que ha coordinado el Coro de Santa María de la Victoria de Trujillo y ha publicado el Ayuntamiento.


En Cáceres, el sábado llamado de Pasión se celebró el acto de exaltación a la Semana Santa y la saeta: “Aún mueve las piedras”, coordinado no por el Ayuntamiento en este caso, sino por “La Tortuga Producciones”. Mi compadre, Pablo Pámpano, es autor del cartel y creo que en el díptico daban mi poema sobre la noche de los crucificados, que fue ayer, el miércoles santo, de Sevilla.



Aquí, en Sevilla, después de cuatro días en la calle y un preámbulo que me concedí soy ya, aunque sea fea la comparación, un eccehomo en las últimas a la espera de ser transportado en su urna, nos queda sin embargo lo más grande: por la doble vía, la del inmenso gozo en las calles de Sevilla y por la Vía Dolorosa de Nuestro Señor Jesucristo, única Luz del Mundo.

Aquí, los poemas, con una coda a lo Oliverio Girondo, que añado para hoy, Jueves Santo, que sale en Sevilla el popular paso de “los caballos” (La Exaltación de Santa Catalina).

SEMANA SANTA (Trujillo-Cáceres-Sevilla)

Trujillo

MIÉRCOLES DE CENIZA

Alta viene la muerte por el hacha del frío y no ha salido nadie a combatirla. Los soldados huyeron con el joven monarca y su excéntrico séquito de bufones y magos. 

Fuerte viene la muerte por la estepa de hielo y los verdes pantanos del insomnio. Los gallos degollaron a la aurora y ahora la luna ondea como un cráneo sobre el estandarte de la noche. 

Larga viene la muerte como un río y sus viejos arqueros han tensado la sangre. Las huestes mercenarias ocupan la muralla y fuerzan las puertas de la ciudad. 

Inermes, vestidos con harapos, salimos a su encuentro ungidos de ceniza.

Dicen que no tenemos esperanza, pero en la frente llevamos una punta de fuego.



Cáceres 

MIÉRCOLES SANTO

Las manos transparentes de los niños muertos atraviesan la crestería cerrada de los balcones  para tocar la madera, pero tú no los ves. Hay un rumor continuo de abanicos románticos en la calle vacía, pero tú no los oyes. Es la hora alta de los crucificados, cuando crece la tristeza de los patios y florece la angustia rota de las cancelas, cuando la piedra lunar atrae a los desaparecidos; pero tú solo percibes el desamparo dulce  de su congregación, la estela melancólica de la ciudad. Hijo del limo, ¿por qué estás ciego? ¿Adónde huiste la noche de Getsemaní?




CALCOMANÍA DEL JUEVES SANTO 

-Plaza de la Encarnación, Sevilla-

                                                 (Con Oliverio Girondo)


Bajo el arco fungoso de “Las Setas”,
pasan dos jacos de picar sin peto,
una nube -apuntalada por grietas-
y la “Crucifixión” de Tintoretto.

Como el paso no cabe en el cuarteto;
la muchedumbre –vulgo: bulla- aprieta,
-Los Negritos se alejan in the Ghetto-
entre las sogas Cristo es un atleta.

Enfila la calle Orfila la fila
de nazarenos blancos y violetas,
y –de pronto- una gota, luego un rayo,

que a los cielos airados desfibrila,
y galopan sin freno Los Caballos,
y mueren de bronquitis las saetas.


Fotografía: http://corrientedesantiago.blogspot.com.es/



martes, 15 de abril de 2014

La del Tiro de Línea (lunes santo)

Cazos de caracoles vivos, manojos de puerros, claveles reventones y geranios puntillistas, merluzas y sardinas de plata, huevos esmaltados de corral, vetas de pórfido o ternera roja, tanque de salmuera, matas de perejil. En el mercado de abastos, sobre las descoloridas imágenes de vírgenes y cristos que tapizan los puestos -almanaques gastados por el tiempo y el dolor- rueda la lágrima de miel de la torrija. Bajo una luz de acuario y yerbabuena el barrio, como un enjambre hondo, se arremolina en la calle con las manos atadas de una misma pasión. A las esquinas traen el cáncer, la hipoteca, los estudios partidos, el infinito paro y la alegría que lleva siempre consigo la pobreza cuando sube al balcón de los cielos perdidos. Y en este mundo antiguo de vecinos y especias, es el Cautivo, ahora, en toda su soledad, la esperanza del pueblo y del planeta.
Imagen: http://cofrades.pasionensevilla.tv/

domingo, 13 de abril de 2014

La Borriquita

Blancas como las azoteas de Moguer pasan las túnicas cándidas de los niños nazarenos de Sevilla. Han bajado las nubes de los cielos que ahora rozan con las palmas amarillas de luz. Y Dios está azul. Solo la espina roja de Santiago, clavada al corazón del transparente lienzo de sus antifaces, evoca acaso la sangre del Cordero mientras descienden por la rampa cubista de la plaza. Rompeolas de la memoria, la Iglesia del Salvador levanta contra el mundo, el demonio y la carne, la gran muralla bermeja de la inocencia. Sale Platero y una lluvia de luz alumbra al mundo, hecha de rosas rosas y de rosas de oro. Lleva en su lomo al Cristo juanramoniano de los Evangelios y todos somos niños otra vez, a la busca del tiempo soñado.



domingo, 30 de marzo de 2014

Aguilas, 14

[Sevilla]

"Tantos, nunca creí que la muerte hubiera deshecho a tantos"
(T.S. Eliot, "La Tierra baldía")

Llueve sobre la casa de mi madre.
El agua descuartiza las paredes.
De pie, bajo la lluvia, ante el umbral contemplo
cómo pasan las sombras,
cómo pasan las sombras de las sombras,
a través de los siglos y los siglos.

Este solar,
que alguna vez fue huerta, cuadra,
horno de pan, taller de alfarería,
vio desfilar las águilas de Roma
y ya llevaba mil años habitado.
Desde aquel remotísimo fenicio
que atravesó la niebla y los pantanos
y cobijó sus sueños tras un muro
en el siglo, ¿cuál?, antes del tiempo.

En su recinto
hubo alegría y duelo;
en primavera, flores y, en el invierno, lumbre.
Engendrados y muertos en la casa
se sucedieron hombres y mujeres
bajo los alminares y los galeones
como las hojas de los árboles.

Acaso pudo dar refugio
a un soldado de Urbina
o alojar a una escuadra de dragones franceses,
y escuchó –esto es seguro-
las radiadas arengas de Queipo de Llano
(“y nadie se atrevía a asomarse a las ventanas”) .

Sentados a la mesa cuatro niños
atienden a sus juegos.
Mi madre borda y canta,
junto al balcón su padre lee
y una luz cereal ilumina la estancia.
Es una tarde clara de verano.
La última. 

Pasajeros terrestres de la casa.

http://sevilladailyphoto.blogspot.com
La calle Águilas, en el centro del centro de Sevilla, y que ya ha aparecido aquí en otras ocasiones. De hecho el poema que sigue no es sino una larga paráfrasis de lo que dije entonces, en el aniversario de la muerte de M. G.-P.




lunes, 10 de marzo de 2014

Miércoles de ceniza

Alta viene la muerte por el hacha del frío y no ha salido nadie a combatirla. Los soldados huyeron con el joven monarca y su excéntrico séquito de bufones y magos. 

Fuerte viene la muerte por la estepa de hielo y los verdes pantanos del insomnio. Los gallos degollaron a la aurora y ahora la luna ondea como un cráneo sobre el estandarte de la noche. 

Larga viene la muerte como un río y sus viejos arqueros han tensado la sangre. Las huestes mercenarias ocupan la muralla y fuerzan las puertas de la ciudad. 

Inermes, vestidos con harapos, salimos a su encuentro ungidos de ceniza.

Dicen que no tenemos esperanza, pero en la frente llevamos una punta de fuego.







viernes, 7 de marzo de 2014

Completa la serie

MCMXIV --- WWI
MCMXXXIX --- WWII
MCMLXXXIX – WWW
MMXIV---¿?



lunes, 3 de marzo de 2014

Enero en la Isla León


Ese avión bimotor que anunciaba la muerte
bajo las nubes bajas de un pinar amarillo.

Ese campo de tiro y tranvías de niebla,
de cañones hundidos que disparan al cielo.

Esa plaza aguanosa de salitre y de piedra
sobre un foso de fango y arsenales remotos.

Esa negra laguna donde crece el encaje
de la sal y la cal como un hueso de luna.

Esa anfibia tristeza que golpean las olas,
osamentas de barcas y veleros varados.

Esa ancla clavada en el fondo del pecho
tatuada de herrumbre y de heces de vino.

Ese quejido amargo tras las tapias de nieve,
ortiga en la garganta y raspas de pescado.






miércoles, 26 de febrero de 2014

Hoy

GUITARRA ESPAÑOLA

Ciprés y palisandro,
potrillo de madera taraceada,
clavijero de dientes y cabeza partida,
brida y freno del llanto.
Una azumbre de vino y una baraja rota,
la mano tabernaria sobre las crines tersas,
el relincho cubista de la alborada gris.
Al borde del barranco,
el trémolo del naipe y de la gruta,
al borde del barranco,
el agua clara:
una Alhambra prendida de cristal en las cuerdas,
un manantial punzado por navajas y pitas,
el alma rasgueada de la patria.
Guitarra,
caballo de los blancos desiertos españoles,
Rocinante vencida que cabalgas
-solitaria y fatal-
bajo la luna.

(Una Copa de Haendel, Siltolá 2013)

Imagen: Pablo Pámpano

martes, 18 de febrero de 2014

Dos en la carretera


Sé que debería dar parte a las autoridades administrativas o científicas, pero no encuentro la hora de hacerlo. La cosa empezó así: yo hacía el trayecto entre Sevilla y Cáceres por la autovía cuando a la altura de la Sierra de Huelva se me encendió el piloto de la gasolina. Llovía y era de noche, así que renuncié a desviarme en busca de una estación de servicio por alguna de las carreteras secundarias que serpean entre esas remotas estribaciones de Sierra Morena, atestadas de bandidos y caníbales. No me puse nervioso: calculé que en el peor de los casos el motor se pararía cien kilómetros más tarde siempre que no corriera demasiado. Tiempo suficiente para encontrar dónde repostar. La lluvia dio paso a una niebla espesa y salvaje que me impedía leer los carteles y pronto perdí la cuenta de cuántas poblaciones me había saltado. A la altura de Mérida vi que la luna se deshacía como una pastilla efervescente sobre el Guadiana. Entonces aceleré y decidí no detenerme, aunque quizá hubiera debido hacerlo cuando pasé junto al accidente, pero me pareció que alrededor de los coches volcados y los heridos había ya gente de sobra. He perdido ya la cuenta de las veces que le he dado la vuelta al cuentakilómetros del coche. Tampoco estoy seguro de si cruzo o no los mismos lugares. Podría pedir ayuda a la chica que casi todas las noches me hace señales desesperadas sentada en el arcén, pero ya me acostumbrado tanto a ella, como a los ciervos que saltan la mediana en el otoño o a los bruscos jabalíes de los amaneceres.

Doctor, la pesadilla, por llamarla de algún modo, porque a mí me parece una escena real, es recurrente. Me levanto cerca de un quitamiedos, rodeada de cuerpos inertes, llevo un vestido blanco o rosa, manchado de sangre, pero no estoy herida. Me arrastro por la cuneta y se me rompen las medias. Me araño las rodillas. Cuando consigo llegar a la autovía me pongo a andar sin rumbo haciendo señales. No sé dónde estoy ni que ha pasado. A veces me despierto aquí, envuelta en sudor, pero la mayoría de las noches continúo en el sueño. No pasa ningún coche y yo sigo deambulando, parece que no fuera a despertarme nunca. Entonces me invade una honda desesperación de y me digo que ya no puedo más y me siento en el arcén y me echo a llorar. Justo en ese momento, un poco antes o un poco después la escena se repite invariablemente: el coche blanco con matrícula de Sevilla que se dio a la fuga aparece a lo lejos echando chispas y cuando llega a mí me embiste lanzándome al vacío hasta que me recoge el colchón. Yo comprendo que esto es una secuela lógica del accidente, pero ya no puedo más, doctor. Estoy cansada de la pastilla. No me hace nada y ya ni me la tomo. La dejo disolverse en el vaso de agua y solo miro las hipnóticas burbujas hasta que me derrota un sueño efervescente.




domingo, 16 de febrero de 2014

Mars Attacks!

El platillo volante, que no era mayor que la pila de un lavabo, se había materializado en el centro de mi biblioteca. Tras un breve pero estridente zumbido se abrieron dos compuertas y una escalera telescópica se desplegó hasta el suelo. Un segundo después descendía por ella un diminuto alienígena con la acostumbrada testuz dolicocéfala, los ojos almendrados y saltones y la piel verdosa por añadidura. Se llegó hasta mi sitio. Entre los dedos largos y viscosos traía un pen drive que dejó sobre la mesa antes de iniciar su parlamento:

-Hay que reconocer que esto del USB os ha salido bien, pero de lo demás mejor ni hablamos, no hay forma de poneros de acuerdo, esta noche destruiremos vuestro planeta y vuestra civilización, por llamarla de algún modo, se perderá en el tiempo como lágrimas en la lluvia, etc., ya sabes de lo que te hablo que para eso eres un poeta culturalista.

Lo que me estaba sucediendo era tan inconcebiblemente kitsch que no albergué ninguna duda sobre su verosimilitud, ni me engañaban ni los sentidos ni me engañaba la droga con la que habitualmente me consuelo de mi bohemio spleen. Al parecer habían contactado conmigo, por indicación de sus jefes, para que les preparara un resumen de 4GB sobre la Historia de la Cultura que incorporarían a su gran archivo interestelar.

-Bueno, majo, volvemos en dos horas y ya sabes, nada de anatomía ni de ADN, ni de disquitos dorados como los de vuestras sondas de pacotilla, que de eso sabemos más que tú. Películas, queremos películas, musicales, a ser posible y del Oeste. Ah y déjate de poesías o música sinfónica, que ya nos conocemos. De esto no se tiene que enterar nadie, tú cumple tu parte del trato y ayúdanos a completar la misión que nosotros cumpliremos la nuestra.

No me quedó claro el beneficio que podría yo sacar de esto ante la inminente destrucción de la Tierra, pero hay que reconocer que los marcianos (por entendernos) eran unos tipos simpáticos y me puse manos a la obra, comprometido con la grave tarea de preservar la dignidad de nuestra especie.

Sospechosamente no funcionaba internet y en el disco duro de mi portátil el género no se correspondía con la demanda que tan específicamente me habían encargado. Entonces me acordé del lote de películas de Pedro Almodóvar que había saldado EL PAÍS y que equilibraban una de las repisas de mi sección de clásicos grecolatinos.


Acabé pronto. El resto de la tarde, después de que recogieron lo suyo, la pasé leyendo a Homero y aguardando el apocalipsis que finalmente llegó en forma de magnífica explosión nuclear. Ignoro si este resto de pensamiento que se mece en el éter era la parte del pacto que me correspondía, pero confío en que no. No temo tanto la venganza de los marcianos como el sufrimiento al que podría someterme mi conciencia en caso de que la recuperase. Después de todo, ¿no decía Nabokov que nuestra existencia no es más que un cortocircuito de luz entre dos eternidades de oscuridad? Y además, si ya a casi nadie le interesaban ni el Partenón ni las películas de John Ford, ¿no es cierto?




Encuentros en la Tercera Fase
 
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